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Título original The Company Men

Año 2010

Duración 109 min.

País USA

Director John Wells

Guión John Wells

Música Aaron Zigman

Fotografía Roger Deakins

Reparto Ben Affleck, Tommy Lee Jones, Kevin Costner, Maria Bello, Chris Cooper, Craig T. Nelson, Rosemarie DeWitt, Anthony O'Leary

Productora The Weinstein Company

Valoración 7

 

El debut cinematográfico de John Wells deja a las claras que nos hallamos ante un realizador muy pendiente del soporte dramático que sostiene su empresa, pero que, detrás de la cámara, todavía no demuestra la entereza suficiente que aquel le exige. THE COMPANY MEN es de esas películas que, en manos de otro director más bregado, hubiera podido llegar a ser excelente, pero que al recaudo de quien la ha concluido no ha sido exprimida ni encauzada con la contundencia reclamable. En cualquier caso, bienvenida sea esta notable producción norteamericana. La temática que aborda halla en su certero análisis una nítida expresión. Como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, el cine estadounidense no tiene los complejos que, cinematografías tan asustadizas como la nuestra, por ejemplo, sí demuestra para exponer fílmicamente discursos que cuestionan, critican o combaten determinados acontecimientos histórico-sociales que nos rodean.

The Company Men viene a centrar su foco de atención en esa dramática circunstancia que es la pérdida de un puesto de trabajo. El paro y sus circunstancias. Sus inesperadas circunstancias. El despido del lugar en el que alguien ha desarrollado una labor durante muchos años y, de pronto, sin previo aviso, debido a un informe que exige a las altas instancias de la compañía la toma urgente de medidas, es puesto de patitas en la calle, con la vida echa un reguero de desconcierto fluyendo hacia la alcantarilla más próxima.

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La película de Wells nos presenta a un personaje central bien reconocible. Un compendio de circunstancias vitales que bien podrían encarnar al prototipo de ser humano realizado, que, hasta hace bien poco, nos ha estado patrocinando mediáticamente nuestra aparente sociedad contemporánea de bienestares perecederos. A saber, un joven ejecutivo, casado y con dos hijos, situado en una posición más bien alta del organigrama de la gran empresa en la que trabaja, con una secretaria personal y toda una sección a su cargo, que conduce un coche caro, que juega al golf en un club de alta cuota, que tiene matriculados a sus hijos en un buen colegio, que vive en una casa de lujo pagada mediante una hipoteca, en fin, el modelo de persona a quien la gran crisis económica actual le ha convertido en añicos la frágil porcelana falsa de su alegre mentira de vivir.

The Company Men incide en los amargos días del después. Y, muy loablemente, lo hace descartando cualquier tentación altisonante, al tiempo que evitando el peligro del panfleto raquítico y tendencioso, sólo esforzado en discernir a los buenos de los malos, a las víctimas de los verdugos, a los angustiados y a los metódicos ocasionadores de esa angustia. No, el film de Wells viene pertrechado de una solidísima partitura dramática: el guión que la sostiene es formidablemente áspero, poliédrico y comedido. Hallamos en él un denodado esfuerzo por mirar a la cara incómoda de cada personaje. Porque a pesar de lo que pudiera deducirse de la explicación argumental del párrafo anterior, The Company Men va definiendo una compleja estrategia coral en la que cada uno de ellos aporta un oscuro razonamiento culpatorio. Cada vela aguanta el chaparrón que le fulmina su llama.

En el film hay muy pocos inocentes. La riqueza de situaciones, la imposición de unos diálogos más que certeros y la turbia serenidad con la que está narrada contribuyen a que la película exponga de forma muy pormenorizada que en el hundimiento de un edificio tanta culpa tiene la magnitud del seísmo que lo ha vapuleado como la mala calidad de los materiales empleados en su construcción. Tan hijo de la gran madre canina es quien, en aras de un posterior beneficio empresarial y propio, es capaz de fundir el futuro de un ser humano, como hijo de la gran fantasma quien ha hecho de su existencia cotidiana un espejismo de voluptuosidades más etéreas de lo que el mismo se ha encargado de creer.The_Company_men_2

Así tenemos que el joven ejecutivo con las patitas ya en la calle se niegue a prescindir de su cochazo sin pagar, porque le sirve para aparentar un poderío que ya no tiene; tenemos a quien lucha por la dignidad de sus empleados viendo como sus acciones en la bolsa cotizan al alza cuando aquella es más pateada y tenemos al hombre mayor incapaz de afrontar familiarmente un grave problema, porque esa verdad no debe ser dicha. El film se esfuerza continuamente en la detallada mostración de estas no diminutas miserias acumuladas.

Sin embargo, como ha quedado expresado al principio, si The Company Men no logra la gran altura que anuncia todo su férreo sustrato dramático, es por la escasa capacidad que muestra el director a la hora de capturar con más tensión, con más virulencia cinematográfica la angustiosa tesitura descrita. Wells se excede en tibio, en cauto, en neutro. La suya es una puesta en escena timorata, que jamás sabe apechugar con la contundencia del prolijo entramado de ensombrecimientos, turbiedades y rupturas que le impone el libreto de la función.

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Quizás le pase factura su preclaro empeño en la acumulación de voces y en el veto a cualquier asomo de maniqueísmo. Sea por lo que fuere, al director le viene un poco grande la tarea para la que es emplazado. Son muchos los momentos en los que esa frialdad casi telefílmica ahoga la potencialidad de la escena.

Por suerte, Wells tiene rostros que le salven del atolladero que le organiza su parca pericia cinematográfica. Salvando la mera corrección de un Ben Affleck más aplomado de lo que cabía augurarle a su acreditada sosería, el resto de peones actorales contratados para prestar temor y desesperación a las criaturas que convoca la historia da un auténtico recital interpretativo. Craig T. Nelson, Chris Cooper, María Bello y, sobre todo, la eterna implacabilidad del gran Tommy Lee Jones están sobriamente concentrados en cada uno de los planos en los que participan.

Todos prestan la garra enfadada e incierta que Wells no alcanza a dirimir visualmente. Al menos nunca los entorpece. De ahí que el mensaje último del film le llegue al espectador de modo tan meridiano. Esta película tan necesaria era lo mínimo que se merecía. Y ofrece más. Bastante más. Entre otras cosas, una lucidez que por otras geografías, tanto o más castigadas, parece no interesar a nadie.


 

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