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Jane-Eyre-portada


Título Original  Jane Eyre

Año 2011

Duración 115 min.

País U.K

Director Cary Fukunaga

Guión Moira Buffini (Novela: Charlotte Brontë)

Música Dario Marianelli

Fotografía Adriano Goldman

Reparto Mia Wasikowska, Michael Fassbender, Judi Dench, Jamie Bell, Sally Hawkins, Imogen Poots, Holliday Grainger, Tamzin Merchant, Craig Roberts

Productora BBC Films / Focus Features / Ruby Films

Valoración 7.5

Nueva adaptación de una de las cumbres literarias de la literatura europea decimonónica. El cenagoso universo pasional modelado por Charlotte Brontë en el clásico escrito ha dado pie a un buen número de traslados a la pantalla grande, y también a la televisiva. De entre todas ellas, la más famosa sea, quizás, la que en el año 1943 dirigió Robert Stevenson, con OrsonWelles y Joan Fontaineincorporando los roles principales.

La tormenta de contenciones afectivas que la escritora supo esculpir magistralmente en el libro funciona como un escarpado espacio emocional, cuya historia resulta bien proclive a una lectura en imágenes. Pasión imposible, lucha de clases, pasados con misterio y cruenta villanía moral se dan la mano, abrumada y cautelosamente, en una concatenación de hechos que suspiran siempre un tenso aliento romántico inigualable. Charlotte Brontë supo aunar magistralmente romanticismo decimonónico y tratamiento gótico novelesco.

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En esta ocasión, el nuevo adentramiento en la prosa de JANE EYRE nos llega de la mano de un realizador joven, que, hace unos años, causó una más que grata impresión mediante su debut en el terreno del largometraje. Éste se llamó SIN NOMBRE, y, entre otros reconocimientos, en el año 2009,CaryFukunaga logró el premio al Mejor Director Dramático en el Festival de Sundance.

Precisamente, en su adaptación a la novela de Brontë, queda bien acreditada su valía como personalísimo, competente profesional tras la cámara. No resulta fácil salir tan mesuradamente airoso, como él lo logra, de un lance tan complejo y proclive a la cobarde caligrafía de un mero copista. Su apropiación del insigne precedente literario queda legitimada por un jugoso afán modernizador, que, sin embargo, desde el punto de vista de la puesta en escena, no cesa de imponer un notable mimo realista, parco, del todo, en estilizamiento suntuoso, aquí innecesario.

La película comienza con la salida al exterior –un plano oscuro, iluminado por la luz de una puerta que ella abre- de una joven que huye, dejando atrás lo que parece la mansión principal de una gran posesión. Mediados del siglo XIX. Paisaje enlodazado, brumoso, verde, metereológicamente adverso de despoblada campiña británica. La joven se ve inmersa en una extenuante ruta a ningún lado. Sus fuerzas le van fallando. Su andar se hace cada vez más pesado y vacilante. Cuando parece que su desvanecimiento definitivo va a tener lugar, atisba la silueta de una vivienda. Acude allí y es acogida.

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La adaptación cinematográfica de Fukunaga decide arrancar exhibiendo, de esta forma, la vasta fortaleza física de su protagonista. Esos iniciales instantes angustiosos describen la pujante capacidad de sufrimiento que acumula su delgada fisonomía física. Jane es una mujer que sabe mantenerse firme en la adversidad: su resistencia ante el contratiempo queda escenificada en ese breve, pero directo prólogo fugitivo. Poco a poco, el espectador advertirá que, además de por esa entereza, el personaje estará caracterizado también por su bregativa decisión.

Estas primeras imágenes condensan, a su vez, las intenciones de la película. La principal de todas ellas, sin lugar a dudas, la de adherirse al itinerario que define la observación que la misma Jane hace de todos los hechos que ocurren en torno a ella. La argucia de situar el arranque del film en su escapada de Thornfield, ése es el nombre de la heredad por ella abandonada, provoca que el repaso de los hechos que la han obligado a la huida vengan urdidos por su memoria. Esto es, durante buena parte de su metraje, la película se estructura en torno a una suerte de urgente autobiografía.

JANE EYRE, el film, surge como repaso a una existencia, propiciado por la memoria exigente de un ser que siempre ha luchado por resistirse al acatamiento social que la vida no ha cesado de tratar de imponerle. El guión sobre el que se sostiene la presente adaptación, imponiendo esta elección, sutilmente lo que trata de recalcar es una de las razones por las cuales el texto de Charlotte Brontë rápidamente se convirtió, ya en su época, en un fenomenal éxito de crítica y público: la osadía de un retrato femenino tan liberado de ataduras sociales, tan severo en la firmeza de su callada voluntad.

Así lo vemos en su fundamental desavenencia con la pérfida mujer de su tío, en su paso por Lowood, el internado escolar al que ésta le obliga a ir, en su decisión de convertirse en profesora, en la de marcharse de allí prestando sus servicios como institutriz, y, sobre todo, en la relación personal que mantendrá con el propietario de Thornfield: el áspero, huidizo e indescifrable Sr. Rochester, el hombre que habrá de convertirse en el observado objeto de su amagado deseo.

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Fukunaga dirime para la observación de las muchas eventualidades suministradas por el retrato una apropiadísima fisicidad escenográfica, fundamentada, principalmente, en el recurso escénico de un jugoso realismo, estéticamente siniestro, perturbador, oscuro. A tal efecto, cabe resaltar la magnífica factura técnica que exhibe el film. Los decorados, el diseño de vestuario, el acicalamiento de los personajes definen unpictoricismo, casi prefotográfico, debido sobre todo al formidable manejo de la escasa iluminación, permiten una poderosa credibilidad ambiental.

El retrato que va emergiendo de la protagonista alcanza la plenitud de su complejidad, cuando entra en liza la figura del Sr. Rochester. Fukunaga sabe exprimir, de forma intensamente discreta, el hecho de que el esencial feminismo que subyace en el texto sea espoleado mediante la sorpresiva relación que mantendrán ambos personajes: sobre todo, en esa particularísima vertiente que dirime la mutua confianza, en apariencia profesional, que se establece entre amo y sierva de confianza, cuyo juicio es valorado por aquel.

El realizador se mueve con soltura por entre la espesa bruma de silencios, esperanzas y sigilos que impone esta atormentada encrucijada de anhelos afectivos ocultos. Fukunaga sabe exhibir esa secreta incomodidad afectiva, sin que el fluir de sus imágenes se quede desangelado. En ese sentido, la prestación de los dos actores principales es extraordinaria. La química, entre una impresionantemente atenta Mía Wasikovska y un impenetrablemente desolado Michel Fassbender, deviene en valioso aliado expositivo.

En definitiva, una válida revisitación de un texto que no cesa de reivindicar la honda solidez de su exquisita precisión.



 

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