La Calle.de Amargura Poster

 Título original: La calle de la amargura

Año: 2015

Duración: 99 min.

País: México

Director: Arturo Ripstein

Guión: Paz Alicia Garciadiego

Fotografía: Alejandro Cantú (B&W)

Reparto: Patricia Reyes Spíndola, Nora Velázquez, Silvia Pasquel, Arcelia Ramírez, Alejandro Suárez, Emoé de la Parra, Greta Cervantes, Alberto Estrella, Eligio Meléndez

Productora: Coproducción México-España; Productora 35 / Wanda Visión / Equipment & Film Design / Cinema Maquina / Alebrije Cine y Video

Género: Drama | Crimen. Prostitución. Basado en hechos reales

Nota: 8

Mientras algunos veteranos autores consagrados se muestran incapaces de seguir manteniendo apto para la concreción fílmica su particular engranaje autoral (véase KNIGHT OF CUPS, de Malick, EVERYTHING WILL BE FINE, de Wenders, o QUEEN OF THE DESERT, de Herzog), por fortuna, otros no cesan en salvaguardarlo con el temple de los mejores tiempos. Ripstein, desde luego, se encuentra entre ellos. LA CALLE DE LA AMARGURA no es sino la constatación de que el indispensable autor de PRINCIPIO Y FIN sigue blandiendo su sardónica crudeza expositiva como único protocolo desde el cual urdir la venenosa prontitud hiriente, afligida y acre que lo ha consagrado como el incisivo apaleador del melodrama clásico que es.

La excusa argumental para este lúcido, grotesco, abigarrado adentramiento en las entrañas de la capital de Méjico, en esta ocasión, viene brindada por uno de los múltiples acaecimientos homicidas que, cotidianamente, allí sobrevienen: el asesinato involuntario de una pareja de dos luchadores enanos a manos de una par de desvencijadas prostitutas, que son requeridas por aquellos para celebrar una victoria. El film escarba en la mugrienta habitualidad en la que todos ellos malviven, cada uno vejado por la terrible miseria existencial contra la que nada parece ser capaz de hacer: la cámara de Ripstein se apresta a ofrecerse de oxidado estilete impío mediante el cual diseccionar vitriólicamente ese magma harapiento, descosido, cruel, inmoral y abrasivo.La Calle De La Amargura 9

Huelga decir que ese pútrido espacio físico y humano se torna con celeridad víctima propicia del entusiasmo punzante y corrosivo con el que el creador de PROFUNDO CARMESÍ se apresta a descuartizarlo severamente, a someterlo a la virulenta sátira de su preclara voracidad buñueliana: la implacable asfixia exquisita de EL ÁNGEL EXTERMINADOR se torna aquí igualmente irrespirable y claustrofóbica, aunque, claro está mutándole la celda a los empecinados prisioneros: el marco refinado y lujoso de la mansión de los Nóbile deja paso aquí a la astrosa y asilada geografía de un mísero barrio de Ciudad de Méjico, en cuyo lobezno interior de pobrezas y villanías enzarzadas habitan Adela, Dora, la pareja de enanos luchadores y todos los adyacentes humanos que los rodean, y que, sórdidamente, dan paso a una suerte de madeja de abyecciones siempre domesticada por la sapiencia encuadrativa de Ripstein.

Nuevamente la elección del plano secuencia como recurso escénico se vuelve unidad retórica imprescindible: en ellos los personajes, al mismo tiempo, no cesan de, por un lado, evidenciar su condición de alimañas condenadas a roerse la miseria, los restos, la penuria y los aspavientos de sus respectivas codicias y, por otro, se saben atisbados dentro de un espacio suficiente como para manifestar la justificación de cada uno de sus movimientos. El realizador, emplazando una magistral luz en blanco y negro, esquiva gracias a ella un feísmo abundador en esa nefanda realidad, sin que jamás se escurra o menoscabe el hálito plomizamente realista que increpa, envuelve, cae,  de modo constante, sobre los correteos de los personajes por entre pasillos, escaleras, azoteas, moradas, dormitorios y calles nocturnas.

Radiografía entre espejos de una realidad sangrante y aplazada, LA CALLE DE LA AMARGURA, sabe ceñirse con holgura e inmisericordia a la torpe tragedia de dos putas viejas sin esquina en la que esperar mugriento amparo pagado, que, sin querer, sin saber, necesitadas del negocio que ya no les da las hartas  arrugas despreciadas de sus respectivas edades, se convierten en la muerte de dos enanos luchadores a los que nunca veremos el rostro, pues no se quitan la máscara ni para el amor comprado, ni para el cariño en el hogar, ni para el cumplimiento con la explotación materna. Ripstein, insistimos, sigue dando muestras de que su facultad para concretar, estilizada y frontalmente, cual si de un bolero de pus se tratara, el tormento, la desesperanza,  la grisura y el devaneo por entre la iniquidad y el desencanto al que los olvidados de siempre respiran como si supieran que lo suyo es nunca.

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