Dirección: Alain Guiraudie
Nota: 9
Guiraudie sigue haciendo del deseo geografía, arrebato y arma con el filo siempre dispuesto a entrar a matar, si hiciera falta. MISERICORDIA acaso sea la muestra más refinada, deliciosa y maligna de esa saludable destreza que tiene el autor de EL DESCONOCIDO DEL LAGO para embarcar a sus personajes a bordo de una voraz incontinencia en líbido, a la que cuesta bien poco resquebrajar el confinamiento coaccionador al que había prestado fustigante acatamiento.
MISERICORDIA podría ser definida como una suerte de mordaz, felicísimo traslado campestre del TEOREMA de Pasolini al ámbito local, aislado, alejado de urbe y reacio a la irrupción de elementos humanos ajenos a él de los vitriólicos thrillers rurales galos, ejecutados con admirable tiento escudriñador por Claude Chabrol. Guiraudie maneja fascinantemente una trama acaecida en un pequeño pueblo galo al que retorna un personaje de hondo cariz misterioso, cuya presencia ( y espíritu calladamente desacatador) desestabilizará la frondosa aspereza ambiental que lo acoge con una afabilidad tan sincera por parte de unos como ambigua e inhóspita por parte de otros. Alegoría hecha hojarasca, transgresión simbólica convertida en carreteras sin asfaltar, pulsión irreverente viciada de olor a pan recién hecho con la masa madre a punto de moho... Todo en Guiraudie debe de correr el riesgo de precipitarse por su lado más huérfano, más óxido, más enmudecido.
Hablamos de orfandad y de masas madre, porque el fin arranca con la muerte del panadero del pueblo. Para asistir a su funeral llega hasta allí, Jérémie, un antiguo empleado de aquel, que hace mucho tiempo que no había vuelto a su pueblo natal. Su idea es asistir al sepelio y marcharse. La viuda del finado, sin embargo, se empeña en que su estancia sea más larga; se ha alegrado sinceramente de reencontrarlo y le ruega que se quede en su casa. Este cambio de planes suscitará entre alguno de sus antiguos conocidos (el hijo del panadero, un vecino solitario y el párroco) un introvertidamente incómodo pellizco reaccional. A partir de esta hosca contrariedad intuida en los otros, a Jérémie le va a tocar apechugar con toda una súbita madeja de acritudes.
El plano de apertura del film ya apercibe de que la estancia del protagonista no va a ser breve. Un largo encadenado de varios planos subjetivos tomados desde el interior del coche dentro del que va Jérémie va definiendo una lóbrega sensación de ruta hacia lo ignoto. La progresiva oscuridad, la mala calidad del firme, las numerosas curvas, el solitario paraje boscoso que se intuye, la duración nada escasa del plano en movimiento frontal (todo avistado desde el punto de vista del conductor, haciendo asumir al encuadre la dimensión de la luneta delantera) casi anuncian la severidad del universo hace tiempo abandonado por el personaje central. La progresiva dificultad tanto de la carretera como de la lentitud de la aproximación a su destino final advierten de su insidiosa condición de ratonera inminente.
Efectivamente, MISERICORDIA abundará en veneno. Veneno de ansias inconclusas y de atracciones ladinas. A Guiraudie le bastan cinco personajes y el fantasma del recuerdo del hornero recién enterrado para hincarle a las relaciones habidas entre todos ellos la saña desinhibida y tozuda que lo caracteriza desde su inicios. Al galo le gusta arrojarlos a todos ellos al fuego sórdido de una represión que, en lugar de comedimiento, lo que procura es sordidez liberadora, estrategia para una pugna largo tiempo aplazada, artera complacencia en la ley de un deseo desatado para no volver al cajón de la ropa sudada de naftalina.
Guirardie disfruta como un cosaco obligando a los personajes a sobreponerse al asombroso trazado de pueblerino cariz vodivelesco por el que los cuela para ser enfrentados al desprejuiciado y urgente apremio de encajar la presencia de Jérémie. Este no, tardará nada en hacer prevalecer una condición de ángel ajeno, tenebroso, frágil y antojadizo sobre la que afirmará su solitario merodeo por el pueblo en busca de puertas antiguas, recelos incipientes y caricias confinadas.
A ese juego de hogares, estancias y pasillos que se abren y se cierran cual si de una opereta antimusical, rústica y con sofisticación de rebaño ganadero rodada por un Lubistch adicto al "foie gras du Perigord", se le contrapone espacialmente un soberbio aprovechamiento del ámbito en el que se entrecruzan y azotan las principales peripecias argumentales: el bosque contiguo al pequeño pueblo. Ese abigarrado espacio boscoso que esconde, vigila, aisla y engulle la habitualidad de los vecinos descerraja sobre los itinerarios individuales de casi todos los personajes una bruma de espesura simbólica tenebrosamente significacional. Espacio proclive al amago, el desconcierto, la premura y la liberación del encontrar sin ser visto, este bosque desencantado, afirmado sobre resquemor de pisadas sanguíneas y crepitar de hojas descalzas, asume con placer la responsabilidad de dar cobijo al ajetreo de voluntades enhiestas y ambiguas que lo van a habitar con el objetivo puesto en Jérémie. Jérémie buscará en él refugio y solución. El film se encargará de dársela. A MISERICORDIA solo le falta la pareja de hermanos de EL EXTRAÑO VIAJE de Fernán Gómez para ser perfecta.