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Sección: OFICIAL

Nota: 9

No se lo ha puesto nada fácil Beth de Araújo a la hora de acometer su segundo largometraje. Mezclar dos universos tan disímiles entre sí como el género policíaco-judicial y el dramático-familiar impelido por la mirada de una niña en shock se podría pensar que hubiere necesitado la experiencia profesional de un quehacer veterano. Vista JOSEPHINE solo cabe rendirse frente al temple, la precisión, la aspereza y la feroz cercanía con la que está saldado este  peliagudo y osado film.

La película empieza infligiendo un duro golpe emocional al espectador con una secuencia de arranque brutal. Damien y su hija Josephine salen de mañana a hacer ejercicio. En un momento dado, dentro de un parque muy frondoso, los caminos de ambos se separan accidentalmente. La niña, agazapada tras el tronco de un árbol, contempla sin titubear como un hombre viola a una mujer asiática. La intervención de Damien provoca que el malhechor sea capturado por la policía. Los comisarios toman nota de los hechos. Toda vez que Josephine es el testigo principal de la agresión, un agente policial les dirá a sus padres que deberá testificar en el juicio.

El film, a partir de ahí, dirimirá tres líneas narrativas paralelas: la que tiene que ver con los preparativos del juicio, la del análisis de cómo afecta al nudo familiar esa desagradable y consternante responsabilidad, y, finalmente, la más compleja de todas, la indagación en la perplejidad zaherida, confusa e inasimilada de Josephine.

Causa admiración la milimétrica puntualidad con la que De Araújo atiende a tan bifurcado, subterráneo entramado de intereses narrativos. El film es puro nervio, puro pánico y pura impotencia digeridora. La cámara de la realizadora no mengua jamás el nivel de estupefacción y repulsa logrado en la primera escena, puesto que el personaje central no tiene recursos para lograr mitigar las consecuencias íntimas posteriores a tan horrenda contemplación. El film entero se construye sobre ese punto de vista arrollado, obligado a unas ondas expansivas cerebrales, anímicas y relacionales a las que no sabe mitigar el vapuleo.

A tal efecto, cabe calificar como soberbia una idea escénica que advierte al espectador de la grave desazón que está corroyendo a la pequeña niña de ocho años: la de cual fantasma todopoderoso, controlador de la temperatura del miedo secreto padecido por la niña, hacer merodear por la casa, casi siempre cerca de Josephine, al malhechor. La puesta en escena es siempre desábrida, rugosa, impaciente, casi desalmada. Hogar, escuela, espacios exteriores... Todo cuaja inhospitabilidad de sede judicial. Seguramente porque la niña no cesa de condenarse ni un solo segundo. 

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