Beginners

 

 

Título original Beginners

Año 2010

Duración 105 min.

País Estados Unidos

Director Mike Mills

Guión Mike Mills

Música Roger Neill, David Palmer, Brian Reitzell

Fotografía Kasper Tuxen

Reparto Ewan McGregor, Christopher Plummer, Melanie Laurent, Goran Visjnic

Productora Olympus Pictures, Parts and Labor

Valoración 7.5

Autor de la sofisticada, postizamente estrambótica THUMBSUCKER, el estadounidense Mike Mills certifica un sensible proceso de maduración artística en la igualmente extraña BEGINNERS. Sin embargo, la radical diferencia que las hace disímiles entre sí se fundamenta gracias a la forma con el que está modelada la etérea melancolía urdida por esa extrañeza. En BEGINNERS se hace muy visible la vocación post-moderna de su autor, pero este afán está hecho fluir con una pericia mucho más grácil. El intento por huir de los esquemas narrativos más clásicos no apabulla a la historia que debe ser contada, sino que la sabe envolver, la sabe pellizcar para extraer de ella agradecibles aristas significantes. Ambos films están concebidos con la misma intencionalidad desconcertante, pero, en este último, esa perseguida voluntad desorientativa está imbricada no como una flagrante marca de la casa, sino como un recurso que beneficia a la búsqueda reflexivo-emotiva perseguida por el director.

 

La película gira en torno a un elemento profundamente consternado. El protagonista de BEGINNERS es un ser abatido que, nada más comenzar, confiesa de modo ansiosamente frontal el motivo de esa contrariedad existencial. Olivier es un diseñador gráfico que acaba de enterrar a su padre, un jubilado director de museos que, cinco años atrás, tras el fallecimiento de su esposa, le reveló a Olivier su siempre ocultada homosexualidad. No solo eso, le comunicó el firme propósito de disfrutar abiertamente de esa liberación, intentando, entre otras cosas, buscar pareja. Desde el primer plano en el que éste aparece, Olivier se nos es mostrado como un individuo en franco proceso de doliente introversión.

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La muerte de su padre lo ha condenado a una fatigada parálisis afectiva, a un encerramiento, a una irresoluble autoexclusión de su vida cotidiana. Da la impresión de que la reciente fatalidad lo ha sumido en un mutista descontrol que no sabe encauzar. Como si ese luto evocativo paterno le diera de bruces contra algunos de sus más afilados fantasmas personales: fundamentalmente la soledad adherida a sus iterados fracasos afectivos. Unos compañeros lo invitan a una fiesta de disfraces. Allí conocerá a una actriz francesa, por la que, casi de inmediato, sentirá esa irracional avidez que impone la electricidad mutua habida entre dos corrientes, dos intensidades y los dos consecuentes fluidos alternos; todos ellos cortocicuitando los apetitos posteriores a la toma de contacto de esas súbitas necesidades que no se han repelido. BEGINNERS va, en el fondo, sobre el mantenimiento de esa chispa. El amor y su método de conservación no escrito.

 

Lo más original del film es el modo con el que Mills hace avanzar la observación de ese sobrevenido reconocimiento. Lo más original, lo más osado y lo concretado con más armoniosa y lúcida habilidad. Toda ella está jugosamente boicoteada por un urgente y anárquico vaivén espacio temporal que la enriquece, la esfuerza y la hace esquivamente inesperada. BEGINNERS proscribe desde el principio la mediación de la clásica linealidad narrativa. Y lo hace sin apelar nunca a un exceso de capricho realizativo, sino invocando al verdadero elemento generador de todo el cúmulo de peripecias contadas: la voluntad frágilmente dispersa, herida, convulsa de Oliver.

 

La película fluye enmarañándose sobre sí misma, guiada por la caótica memoria personal de aquel. Pasma advertir lo nítido de su exposición, siendo como es una amalgama de tiempos pasados y presentes yuxtapuestos. Mills demuestra que se ha convertido en un más que solvente narrador obsesionado con la anarquía mental y sólida de lo que se cuenta. El montaje de las escenas no genera nunca ni un ápice de confusión, pues ese desorden lo que hace, subyugantemente, es ir alumbrando recovecos clarificativos. Y además se las ingenia muy bien para dar rienda suelta a toda su particular gramática estética aprovechando eficientemente el hecho de que el protagonista se dedique a la creación gráfica. Sólo en muy pocos momentos BEGINNERS chirría modernidad epatante y vacua.

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De esta forma, el espectador es testigo de la historia de Oliver y Anna, salpicada de desconciertos y ternura, punteada por la hilarante mirada de un perro, e inscrita entre apuntes que nos permiten valiosísimas aportaciones sobre el pasado familiar de él (su particular relación con la madre, la gelidez afectiva del matrimonio) y, sobre todo, una soberbia aproximación a la figura del padre, con muchísima diferencia el hallazgo más enérgico de todo el film. La película hilvana con delicada y sensitiva precisión una suerte de paralelismo opositivo entre la determinada, esplendente, corajuda figura paterna (un Christopher Plummer inmensamente compasivo y animoso) y la dubitativa indecisión que caracteriza al comportamiento de Oliver. La película fragua su magia en la serena soltura que aquel desprende, contagia e impregna a la sucesiva concatenación de hechos narrados.

 

Sin moralinas, sin aspavientos “lacrimortificantes”, BEGINNERS va imponiendo su autenticidad escueta, tajante, rara y vivible en forma de cálida disertación sobre esa imprevisible prontitud que es el amor en la cornisa. El amor avisando. El amor en estado de repentina inminencia. Sólo ama el que está amando. Sabe amar quien tiene la certeza de que el buen amor es el que está siempre empezando. Quizás el truco sea el de no renunciar jamás a la ilusoria incertidumbre del principiante. Por eso, a lo mejor, el protagonista del film concluye empezando.

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