La Mort De Guillem 1

Título original: La mort de Guillem (TV)

Año: 2020

Duración: 95 min.

País: España

Dirección: Carlos Marques-Marcet

Guion: Roger Danès, Alfred Pérez Fargas

Música: Tarquim

Reparto: Pablo Molinero, Jordi Ballester, Belén Riquelme, Carles Martínez, Gloria March, Yani Collado, Diego Braguinsky, Mar Linares

SINOPSIS: El 11 de abril de 1993, Guillem Agulló, un chico de 18 años, antifascista y antirracista, es asesinado de una puñalada en el corazón por un grupo de extrema derecha. Un juicio paralelo intenta criminalizar a la víctima. Abogados y medios de comunicación lo reducen todo a una simple pelea por una chica y presentan a Guillem Agulló como un joven violento. Destrozados, Guillermo y Carmen, sus padres, lucharán por que no se tergiverse el asesinato mientras intentan recomponen su familia.

NOTA: 7.8

COMENTARIO CRÍTICO:

Radicalísimo, estimulante, arriesgado cambio de tercio, el que, en una pronta apariencia, ha decidido imponerse Carlos Marques-Marcet, asumiendo la espinosa responsabilidad de acometer un film de las características de este LA MORT DE GUILLEM. Y es que una trayectoria caracterizada, a grandes rasgos, por indagar en los claroscuros, en las complejidades, en las trastiendas poco armoniosas e inciertas de las relaciones afectivas tal y como las asumimos hoy en día, nada hacía prever un viraje hacia el relato cinematográfico historicista y político como el que sabe escudriñar en esta necesaria, por lo vigente de su temática aún, producción televisiva.

Y decimos en una pronta apariencia puesto que, pese a que, una vez sabida la durísima peripecia argumental, el espectador fiel a la trayectoria del realizador catalán pudiere intuir ese giro citado en el párrafo anterior, acaso el mayor logro del film sea comprobar el modo escrupulosamente honesto y coherente con el que el autor de 10.000 KM sabe arrimar el proyecto a su preclaro territorio creativo.

Sin escatimar en modo alguno la virulencia de los detalles más importantes del hecho central, LA MORT DE GUILLEM, lejos de estar saldada con la académica destemplanza de un encargo televisivo al uso, se propone como una obra consecuente en el itinerario cinematográfico de un creador caracterizado por la concreción de una densidad dramática siempre íntima, siempre detallada, siempre urdida en aras de una asfixia finalmente esclarecedora.

El film aborda el execrable asesinato de un joven de 18 años, vecino de Burjassot (Valencia), que fue apuñalado en Montanejos (Cartellón) por otro joven, durante una acampada, siendo este último miembro de un violento grupo de ultraderecha, en 1993. Para abrirlo, en calidad de elección prontamente definitoria del tipo de intencionalidad indagativa privilegiada, Marques-Marcet recurre a un doméstico plano-secuencia que tiene lugar dentro del hogar de Guillem. Su padre le busca y para ello atraviesa toda la casa, entrecruzándose con el resto de los componentes del núcleo familiar, su madre y sus dos hermanas. Al final lo encuentra. Están teniendo lugar los preparativos del viaje que le costará la vida.

Con esta sencilla resolución de puesta en escena, el film no hace sino enseñar sus cartas. La idea de búsqueda (la de ese arranque dará paso a la  extenuante de una justa reparación ética y judicial), la idea de la desaparición (padre inquiriendo por su hijo: no es baladí esta elección que anticipa el suceso venidero central) y, sobre todo, la idea de un grupo familiar armónico presentado dentro de un hogar, de puertas hacia dentro, bajo  un techo y por entre unas estancias en donde comparten una cotidianeidad que se verá zaherida de modo irreparable, quedan, así, sin aspavientos, sin obviedades presumibles,  sutilmente registradas.

El film ya no abandonará en ningún momento ese presupuesto habitacional en el que lo cotidiano, de súbito, mutará en claustrofóbico, lo afable en luctuoso, lo presente en ausencia depositada en un nicho. Tal y como insinúa la apertura descrita, la intención de Marques-Marcet no es jamás la de limitarse a la fidedigna reconstrucción de unos hechos sobradamente conocidos sino la de utilizar ese acontecimiento repugnante, injusto, inesperado y desgarrador como elemento desencadenante de un drama de interior torturantemente irresoluble.

Basta con asimilar la fiera hondura dramática que se desprende de la decisión de no mostrar el asesinato y desplazar, en áspera y abrasiva coherencia con lo expuesto, la magnitud de su revelación a una escena familiar que tiene lugar en un pícnic al que asisten los padres y las hermanas de Guillem. La noticia es dada a los primeros sin que el espectador pueda escuchar lo que a estos les es dicho. El esfuerzo por parte del realizador en no caer en el subrayado evidente es encomiable.

A continuación, la cámara nos traslada hasta el depósito de cadáveres. En él la madre procede a su reconocimiento. Un demoledor plano fijo silente servirá para enmarcar el dolor del anuncio confirmativo de aquella al padre. La secuencia concluye con la vuelta al espacio del pícnic del principio. Los padres y las dos hijas dentro de un coche. Estas dos preguntan por su hermano. La madre, tras un largo silencio disimulador, miente y contesta que está en un estado muy grave. De ahí se emplazará al espectador al cementerio en el que Guillem es enterrado. Marques-Marcet filma los hechos con la estrictez de un preciso cronista de sucesos y con la estremecedora cautela de un testigo presente.

Tras la escena del sepelio, el film se bifurcará en dos direcciones; una, el pormenorizado, inclemente y doloroso acercamiento a la devastación del hogar familiar; dos, la disección de todo el entramado de dificultades judiciales, mediáticas, vecinales y políticas que tuvieron lugar alrededor del juicio contra los asesinos. En este doble itinerario narrativo es en donde el film no puede más que resentirse en algunos momentos, dada la apabullante sinceridad dramática que sabe ser aprehendida en el primero. El feroz recogimiento de angustias y silencios rabiados intramuros casa mal con la gelidez expositiva propia del género judicial.

Las escenas que tiene lugar, por ejemplo, en el comedor de la casa (ese plato vacío, esa silla no ocupada, ese ritual de cuatro integrantes donde antes eran cinco) pocas veces hallan un correlato emocional parejo en las que describen el proceso y sus aledaños. Sabedor de este riesgo, el realizador propone un osado recurso documental que suple con virulencia ese desequilibrio: la utilización de un suculento, contextualizador y preciso material de archivo proveniente del desaparecido Canal 9 en el que incluso aparecen declaraciones de los padres reales de Guillem. La pericia mostrativa del autor de LOS DÍAS QUE VENDRÁN es tal que la demoledora aparición de estos rostros no menoscaba el ímpetu de la pertinaz, abatida verosimilitud coronada por sus parejos ficticios.

En definitiva, un modesto, pero riguroso, necesario, nada maniqueo (la importancia otorgada a los puños de acero) y emotivo ejercicio de justicia fílmica con respecto a unos hechos repugnantes, por desgracia más en candelero ahora mismo de lo que debiera ser tolerado, en el que se sabe proclamar una rotunda sinceridad política sin que la complejidad íntima y humana consecuente a la barbarie y la abyección expuestos quede banalizada en modo alguno. LA MORT DE GUILLEM emociona y mueve a la más pertinaz reflexión: el demonio del totalitarismo y sus cachorros no deja jamás de estar al acecho. No hay mejor aliado para el aumento de su temible influencia que el cierre en falso de sus onerosos zarpazos. El último trabajo de Marques-Marcet tiene la inapelable honestidad de una sentencia justa.

 

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