Cronica James Vincent Madrid 1

Detallazo de Cooncert

Exquisitamente desgarrador. No le cabe otro calificativo a la soberbia velada musical que deparó James Vincent McMorrow a los asistentes al cierre de su gira europea en la capital madrileña. El irlandés convocó la depurada sensibilidad, el tino frágil, la densidad extensiva y la lírica ambiental que ha sabido exponer y desarrollar melódicamente en sus dos bien distintos trabajos publicados hasta la fecha. Desde EARLY IN THE MORNIG (2010) hasta el magnífico POST TROPICAL (2014) media una interesante evolución compositiva que, muy convenientemente, el músico no trato de ocultar, sino de dejar en evidencia.

Desde luego, quien acudiese allí con las garras dispuestas a compararlo homicidamente con Justin Vernon, despachando su personal andadura adjetivándole en su cara la injusta catalogación de mero remedo de éste último, debió de salir con ganas de que le abrieran las puertas de la vecina iglesia de San Ginés para pedir confesión por pecado de desahogada preconcepción. Que los parecidos sean razonables no implica el rápido menoscabo de un músico que concibe con tanta seriedad la exhibición de su particular universo creativo. La otra noche si algo quedó claro es que McMorrow no viene a iluminarse con las esplendencias de otro, sino a proponer descarnadamente el fulgor nítidamente arrojado de su propia luz.

En calidad de arriesgado telonero de la impecable ceremonia de aguerridas delicadezas que vendrían tras él, salió al escenario I Have a Tribe, nombre artístico tras el que se esconde el también irlandés Patrick O´Laoghaire. Cabe reconocer que el escrúpulo escénico que supone la aparición de un músico en solitario, acompañado únicamente de sus teclados y, sobre todo, de la solemne fragilidad de una propuesta de clara vocación intimista se antojó al principio de su actuación un impedimento no propicio para un público no muy receptivo a la propuesta.

Sin embargo, el irlandés, lejos de amedrantarse, fue imponiendo contundencia al atractivo despojamiento de su actuación y concluyó ganándose la atención que, al principio, parecía que muy pocos estábamos dispuestos a conceder. La entrega demostrada en la interpretación de algunos de los temas (“Moonsoon”, “Wake the Cavalry”, etc.) de su YELLOW RAINCOATS terminó convenciendo absolutamente. La ovación con la que fue despedido avaló la calidad de un músico que en modo alguno escatimó personalidad sobre un escenario que muy pronto se dispuso a recibir a la estrella de la noche.

El triunfo de James Vincent McMorrow tardó bien poco en manifestarse asegurado y eso que, también con celeridad,  quedó  demostrado que venía a arriesgar imponiendo un entusiasta, sólido, severo y agresivo  repaso a su segundo cd, POST TROPICAL, esto es, a no dejarse acurrucar en la quizás esperada por muchos vertiente más folkie de su debut discográfico. El arranque con “The Lakes” fue toda una declaración de principios, además de la perfecta condensación de lo que la noche iba a deparar. McMorrow iba a tirar de electrónica sincera, confesional, romántica, vidriosamente despiadada.

Con la irrupción de “Glacier”, el tercer tema de los casi veinte que interpretó, el irlandés blandió con brutalidad su gran baza: la arrolladora fortaleza de su singularidad cantante. La quebradiza intensidad del falsete que ya lo ha distinguido, la fiereza de ese chasquido dominado a despiadada conciencia emergieron punteadas por los precisos coros ejecutados por el resto de los miembros de la banda que lo acompañaba. El derroche vocal, la imposición de esa facilidad para el vaivén de intensidades melódicas no cesaron en ningún momento. Ni siquiera cuando comenzó con “Down the Burning Ropes” a flirtear con los temas pertenecientes a su primer trabajo, EARLY IN THE MORNING.

No resulta fácil privilegiar momentos destacables dentro de un concierto de tan equilibrada concentración, de tan emotiva, punzante, crispada osadía. Con todo, uno cree que es de justicia evocar la cálida templanza con la que fue acometida la excelente versión que McMorrow le brinda al clásico de Steve Winwood, “Higher Love”, la frescura envolvente, náufraga que impuso “Gold”, la maestría culminante, catártica, lúcidamente sensible impuesta para “Cavalier” y, cómo no, la sorpresa “a capella” del primero de los tres bises que regaló a la entregada platea: “And if my heart”, arrojada y consumadamente vino a corroborar lo que ya había quedado  agrestemente claro: la tormenta sobre acantilados recónditos y angulosos de la voz de James Vincent McMorrow había azotado fuerte, muy fuerte… con la virulencia desatada de un castigo metereológico al que nadie puede negar el rostro para que lo flagele de furia y espumas.

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