Eo 1

Título original: Eo

Dirección: Jerzy Skolimowski

Guion: Jerzy Skolimowski, Eva Piaskowska

Reparto: Sandra Drzymalska, Lorenzo Zurzolo, Mateusz Kosciukiewicz, Isabelle Huppert, Tomasz Organek, Saverio Fabbri, Lolita Chammah

Nota: 8.7

Comentario Crítico:

Dato curioso y emocionante: la edad no está reñida con la voluntad de reivindicar la pujanza radical inherente al ánimo de devolverle al arte cinematográfico un cierto hálito vanguardista. En el transcurso de las escasas jornadas de la última edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla quien esto escribe no pudo por más que aseverar con celeridad que el mejor cine visto allí fue obra de dos concepciones fílmicas muy opuestas y, sobre todo, muy veteranas.

Dos cineastas con muchas décadas de oficio a sus espaldas se imponían con una facilidad pasmosa y entusiasta a la desorientación o a la ineficacia de otras propuestas firmadas por realizadores muchísimo más jóvenes que ellos. Gonzalo García Pelayo hipnotizaba a la platea con esa meditación lírica, arrebatada, plural y urdidísima visualmente sobre la naturaleza inaprehensible del arte flamenco que maquina en la formidable SIETE JERELES. Por su parte, acaso aún más urdida en el plano formal, EO venía a certificar que la inquieta intuición cinematográfica del errante autor de EL GRITO sigue tan intacta, quizás más certera, como la insuflada en los mejores momentos de su admirable trayectoria.

Más allá de sus múltiples valías, riesgos e intenciones de partida, mucho más incluso que la excentricidad indiscutible que descerraja la idea central que impele y define a todo el film, lo más estimulante del ejercicio es disfrutar de la torrencial capacidad para yuxtaponer significados, indagaciones, sospechas, fugas y hallazgos hechos imagen (pura, esquiva, veloz, ansiosa imagen, o molécula audiovisual: el trabajo con el sonido es descomunal) por el temple casi se diría que orquestal  y orfebre muñido para esta insólita ocasión por Jerzy Skolimowski a sus 84 años de edad.

Y es que, podríamos convenir sin temor a controversia, que no extraña acatar enseguida que esta incombustible prolijidad expresiva se consagra como vehículo idóneo (y muy comprometido), mediante el cual resolver el dilema que plantea un punto de vista protagónico tan sorpresivo y definidor como es el de un asno. Un asno llamado Eo, cuya peripecia y silencio desconcertado observativo va a ser emplazado como prisma vaticinador de un panorama ambiental zaherido de irrespirable desesperanza colectiva.

Skolimowski debe maquinar qué visión del mundo emplazaría un animal de esas características si pudiere grabarlo con una cámara. EO es la caudalosa y decepcionada respuesta a este experimento, a esta hipótesis, a este planteamiento narrativo que, sin esconder jamás su naturaleza fabulada y ficcional, sabe corporeizarse en mazazo analizador de alguno de los males y de las lacras que están contaminando las vetustas y atrofiadas garantías de convivencia, se supone que salvaguardadas a prueba de cualquier retroceso, convenidas en la mayor parte del continente europeo.

La presentación del protagonista no puede sino ser calificada de excepcional. En el sentido escenográfico, por la hipnótica, abrumadora riqueza de estímulos y filigranas visuales concatenadas que el polaco asesta para anunciar cuál será su disposición resolutiva: va a ser, insistimos, arrojada, polisémica y vehementemente visual, haciendo de la imagen el mecanismo transmisor de la subjetividad asimiladora del animal.

Y en el sentido narrativo, por la concreción individualizada con la que perfilar el bagaje emocional arrastrado por Eo durante todo su periplo. El asno es un ser doliente, un ser arrancado del marco “familiar” en el que ha disfrutado de cobijo. Un alma de súbito lanzada a un espacio exterior para el que no ha sido adiestrado, al verse apartado del ser a quien quiere y necesita: la joven domadora del circo en el que ambos trabajan en preciosa, entregada, mutua complicidad. El ambiente circense se adecua a la perfección en calidad de marco catalizador de una prestidigitación ambiental en la que confluyen la atracción a punto de ser quebrada de Eo y la visceralidad escenográfica con la que Skolimowski le depara a este el principio de su estremecedora odisea. La violencia de esa pérdida obligada dará inicio al enfrentamiento con otra clase de violencias bien distintas, bien irracionales, bien reconocibles, bien, por desgracia, presentes. Cuando el mundo que nos toca vivir no es capaz ni de soportar la inocencia y la indefensión de unos ojos que nos miran con los únicos ojos con los que nos pueden ver, algo malo ha salido de su escondite. El monstruo no es un cuento. El mundo no se merece los ojos de Eo.

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