Siete Jereles.1

Título original: Siete Jereles

Dirección: Pedro G. Romero, Gonzalo García Pelayo

Guion: Pedro G. Romero

Reparto: Dani Llamas, la Tía Juana la del Pipa, Angelita Gómez ‘La Macanita’, Dolores Agujetas, José los Camarones, Tomasito, Diego Carrasco, MixtoLobo, Los Delinqüentes

Nota: 8.6

Comentario Crítico

Siete caballos, siete mujeres caminando, siete planos secuencia, siete búsquedas, siete hallazgos, siete coreografías visuales, siete fusiones de flamenquismo noctívago, volteado en orfebrería de entrañas atemporales y ahora, siete conversaciones caminadas, un hombre que anda hacia atrás y Jerez de la Frontera, transfigurado en útero laberíntico de la concepción umbilical por la que gravitan todos ellos, al fondo, hecho telón, escenario y platea.

Con estos remedios, ese nigromante de la anarquía cinematográfica llamado Gonzalo García Pelayo y su cómplice mejor, Pedro G. Romero, en calidad de brujas viejas y diablas, se atreven a convocar el conjuro imposible: perseguir el rastro del duende, encarcelar con imágenes las esencias del arte del flamenco. A sabiendas de que semejante empeño se da de bruces con una quimera, no debe resultar extraño que SIETE JERELES dé protagonismo a una yeguada embravecida en un avance perpetuo, callejero, abducido. La película parte de ese sortilegio, el de saber a ciencia cierta que es desbocada o no es. El mérito principal del film es lograr que la mirada espectadora nunca se descabalga de ese deprecado encantamiento.

El hombre que camina hacia atrás mientras se cruza con una banda de música municipal es el mismo Gonzalo García Pelayo. La escena abre el film y ya apercibe al espectador de que su propósito no es el de proponer un periplo con la ruta previsible. A continuación, un plano nos sitúa en el extrarradio de la capital jerezana Es de noche. Un grupo de siete caballos se convierte en el objetivo de la cámara. Los corceles, juntos, comienzan a trotar velozmente hasta irrumpir en las calles solitarias, tenuemente iluminadas de Jerez.

La cámara los sigue en ese trayecto bellísimo y extraño. El ruido del trote atruena quebrando el silencio de una ciudad en la que parece no quedar ni un viandante. De pronto, la cámara se desentiende de los animales para detenerse frente a la entrada de una peña flamenca. En ese momento da comienzo la ceremonia de encantos y honduras a la que hemos sido convocado. Una ceremonia orquestada a golpe de sabiduría, alquimia, espontaneidad y sentida provocación investigativa.

Por cada uno de los caballos, el dúo de realizadores propone una coreografía de músicas y cantes ensamblados por un movimiento de cámara siempre incesante, escrutador, pícaro, sereno en su secreto afán de sorprender al espectador con un cambio de voz, de palo y formato siempre impensado, siempre armónico. El plano secuencia se convierte en la célula formal dentro de la cual cobra vida y organicidad el recóndito experimento.

Dentro de cada uno de ellos, convirtiendo los siete espacios en habitáculos/chistera donde se opera el truco de la irrupción escénica aparecida sin interrupción alguna sobre la precedente, se postula con suma elegancia, sin estridencias, acariciadamente, el imperativo aglutinador desencadenante de la reflexión que subyace a toda la categórica miscelánea de itinerarios propuestos: resulta imposible acotar el flamenco (facultad, don indómito cual alazán galopando al albur de su instinto agitado) si no se intenta desde el movimiento, desde la mutación, desde la amalgama, desde la influencia, desde la suma, desde el respeto a la pureza y a la tradición, desde el aire nuevo que insufla la multiplicidad de evoluciones paridas desde aquellas. La película es un mortero en el que estalla de sabor el majado de cantes, garbeos y recovecos que la integran. Metamorfosis, rito y veneración emulsionan en el punto exacto de su pregnancia.

Arimando un uso impecable del dron, todo en SIETE JERELES parece alentado mediante círculos concéntricos, espirales sinuosas, engranajes levitados, exhalaciones ávidas de hacer rito de lo contemporáneo y modernidad de la usanza y el hábito. El hacer amalgamado, revuelto a temperatura casi procesional, de, entre otros, la Tía Juana de la Pipa, Mixtolobo, Angelita Gómez “la Macanita”, Los Delincuentes, Tomasito, Hidden Forces Trio, Diego Carrasco, José de los Camarones, Los Mijitas, Manuel de la Nina, Dolores Agujetas, Elu de Jerez, María Jerez, Joaquín El Zambo y Carmen Herrera no se repele jamás. El film tiene hechura de palma abierta, de sacro poema inacabado, de espontánea liturgia eufórica, de estampida lírica, de tiempo remoto estallando la empecinada grandeza de su misterio resquebrajado en queja, compás y silencio.

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