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Dirección: Isabel Coixet

Nota: 6

Adaptación de TRES CUENCOS, la última obra publicada por la escritora italiana Michela Murgia justo antes de fallecer a los 51 años, a causa de un fulminante cáncer renal, este último peldaño en la ya amplia trayectoria cinematográfica de Isabel Coixet no puede más que ser asimilado como un escrupuloso, exhaustivo compendio tanto de sus capacidades como de sus incorregibles veleidades, siempre deslegitimadoras de aquellas. TRES ADIOSES no se despide de ninguna de ambas.

El film narra los disímiles efectos emocionales que debe afrontar Marta, una profesora de educación física de un centro escolar de Roma, cuando, tras aún estar en pleno tránsito desconcertado de la inesperada, por ella, separación de Antonio, su pareja, recibe una dura noticia con respecto a su propia salud. Marta se verá obligada a tomar cartas de autosanación personal en un asunto tan, en ese momento, descuidado como es el de su apática, taciturna existencia.

El film arranca, justo es señalarlo, con una secuencia que podríamos situar entre las más inspiradas de toda la filmografía de la autora de MI VIDA SIN MÍ (obra con la que, dicho sea de paso,  comparte no pocas similitudes tonales). Coixet impone como arranque la discusión entre Marta y Antonio que motivará la decisión de este último de dar por concluida su relación con ella.

La realizadora muestra un tacto verdaderamente sensible en el planteamiento de dos punto de vistas no irreconciliables, pero sí carentes de perspectivas ilusionantes. Ambos están en la cama del dormitorio. La cámara escruta en la afligida intimidad de un repentino cúmulo de respetuosos recelos, de incisivas desavenencias, de súbitas amarguras calladas. Sin estridencias ni subrayados, la paciente cautela con la que son encuadrados los dos personajes permiten al espectador presuponer que en esa habitación se ha quedado vacía de afecto. No nos extraña que la secuencia posterior, sin más preámbulo alguno, nos entrega a Marta ya sola.

Por desgracia para nosotros, Coixet se desentiende de esta solvencia para con la verosimilitud y la lógica dramáticas acreditadas en esta impecable apertura. Empecinada en ese universo tantísimas veces escorado hacia lo evasivo caprichoso, hacia la contrapoducencia anecdótica, la catalana inicia la observación del modo en el que Marta afronta la ausencia del amado, y, en lugar de persistir en esa concentración escrupulosamente veraz, áspera y equitativa, no tarda en echar mano de ese vicio tan suyo consistente de rellenar la narración con postizos balones fuera.

No resultan de recibo subtramas como la de las dos alumnas con problemas en el aula, ni personajes tan de laboratorio fotonovelero como el de la ayudante de cocina de Antonio, ni situaciones tan grimosas como la inauguración de la exposición del cuñado, ni coincidencias tan precipitadas como el encuentro de la hermana con Antonio en el supermercado, ni omisiones tan flagrantes como la persistencia de este en reencontrar a Marta. Causa estupor certificar cómo la misma persona tras la cámara, la misma mano tras el guión sea capaz de ser tan permisiva con semejante desequilibrio entre secuencias y soluciones argumentales. Todo en la creadora de LA LIBRERÍA parece condenado al desajuste. Síndrome de labilidad. Parraque de tambaleo.

Si, como en ELISA Y MARCELA, MAPA DE LOS SONIDOS DE TOKIO o NADIE QUIERE LA NOCHE entre otras completas catástrofes, TRES CUENCOS no cuaja tan temible descarrilamento es porque la realizadora logra sostener la creíble pericia atendedora  del inicio en el modo en el que se acerca a los sucesivos, bien calibrados encuentros de Marta con el compañero de trabajo interpretado por Francesco Carril, en la decisión de mostrar una Roma completamente alejada del tópico turístico previsible y en el máximo partido que le sabe extraer al trío protagonista. Alba Rohwacher vuelve a deparar un recital de perseverancia afilada, contenida, expectante y honda. La Coixet no puede evitar hacer el suyo de tambaleo. 

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