Promised Land Matt Damon Frances Mcdormand 600x400

Título original: Promised Land

Año: 2012

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Director: Gus Van Sant

Guión: Matt Damon, John Krasinski

Música: Danny Elfman

Fotografía: Linus Sandgren

Reparto: Matt Damon, John Krasinski, Lucas Black, Frances McDormand, Rosemarie DeWitt, Hal Holbrook.

Productora: Universal Pictures / Focus Features / Participant Media / Imagen Nation

Nota: 7.8

Inesperado Gus Van Sant. Inesperado y con la provocación sometida al imperio de la calma. Le van a llover multitud de calificativos por ello. Pocos tendrán intención laudatoria. De hecho, en la rueda de prensa que tuvo lugar tras el pase para la crítica especializada en la última edición de la Berlinale, donde fue incluida en su Sección Oficial, tanto él como los productores se quejaron de la agresiva aceptación mediática que le fue dispensada a este impensado paréntesis creativo.

El certamen germano tampoco mostró calidez alguna. Muchos la tacharon de facilona, de comercial, de intrascendente, de antigua, de, en definitiva, impropia de su autor. No nos mueve ningún afán caprichosamente desmarcador, pero, en contra de esa uniforme recepción  contraria, no seremos  nosotros quienes dejemos de celebrar la aceptación de este envite y el aplacado dictamen con el que éste ha sido solventado.

A TIERRA PROMETIDA le va a pasar factura el hecho de que sea la clase de película que sus defensores jamás hubieran imaginado ver incluida en su filmografía. Justo por esa razón, algunos pensamos que es una película prudentemente insólita, en la que el hábito de la lectura entre líneas corre el riesgo de ser despreciado, cuando lo que ocurre es que está exigido con una sensatez y una discreción casi invisibles.

Sea como fuere, el caso es que, de repente, sin que ni el más acérrimo de sus deslizamientos hacia la angustia de la nada lo atisbara merodeando por estos codificados lares, el creador de esos relatos demoledoramente modernos, en los que el vacío existencial que corroe a sus personajes principales  queda configurado como el punto de vista evitador de cualquier atisbo de convencionalismo  dramático (PARANOID PARK, GERRY), haya decidido darse un auténtico baño de clasicismo mediante esta depurada, sentida y lúcida TIERRA PROMETIDA.

El autor de TODO POR UN SUEÑO ha ido más lejos en ese empeño que en cualquiera de sus obras menos experimentales (EL INDOMABLE WILL HUNTING, MILK). Se diría que en ella ha intentado el mismo viraje personal retrospectivo que en su día David Lynch dejó zanjado con la memorable UNA HISTORIA VERDADERA. En tiempos de tanta contaminación genérica y tanta explicitación autoral, que un cineasta pida permiso para el reposo no debiere ser despreciado con colérico y pronto ensañamiento.

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Pese a que no haya sido ocultado en ningún momento que TIERRA PROMETIDA es un film de encargo (iba a ser el debut tras la cámara de Matt Damon, que ejerce labores de producción), la pulcritud dispensada hace que se sitúe a años luz de la mera facturación alimenticia. Que no sea un film rabiosamente experimental no quiere decir que el ejercicio carezca de interés alguno. Es más, podíamos convenir en calificarlo de experimento a la contra, por cuanto la demanda de una paciencia espectadora muy poco contemporánea adquiere visos de aquietado desafío.

El film narra los esfuerzos que Steve Butler, un empleado de una multinacional de la extracción de gas natural,  debe de hacer para convencer a los habitantes de un pequeño pueblo agrícola de que firmen un muy beneficioso contrato con su empresa, mediante el que autorizan a que en sus parcelas aquella comience a hacer unas perforaciones extractoras. Hasta allí acude con su fiel compañera de trabajo.

El joven vendedor, no obstante, se encontrará con la negativa de un buen número de posibles contratados, todos ellos adoctrinados por el mensaje de un viejo activista ecológico que vive allí: ciertas informaciones sobre los peligros consecuentes al método de extracción empleado por la multinacional (conocido como “fracking”) se volverán en contra de la misión laboral que Steve debe cumplir.

TIERRA PROMETIDA deviene un ejercicio clásico en el que el director tiene la virtud de someter a su cámara a la encrucijada moral que le sobreviene al protagonista, escrutando de forma admirable en el perfil personal de éste. El ardid de guión que establece la estancia en el pueblo de Steve y su compañera de funciones convencedoras hasta que se produzca la votación en la que los vecinos van a decidir si aceptan de forma colectiva su propuesta sirve para que se nos muestre de forma sutilísima una serie de aspectos descriptivos que van a ir adquiriendo una significativa importancia argumental.

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La película no oculta su carácter denunciativo, pero, por fortuna, tanto el guión escrito por Matt Damon y John Krasinski como el ejercicio de dirección impuesto por Van Sant combaten con juiciosa elegancia observadora el peligro de la caída en toda la sarta de tópicos inherentes a este tipo de films.

El punto de vista del realizador no enjuicia en ningún momento el posicionamiento de cada uno de los personajes, por lo que la película evita la caída en ese molesto comodín de incapaces que es el maniqueísmo. Hurgando en ellos, cada uno de ellos distan sutilmente de ser lo que aparentan, lo que el rol que cumplen en un principio debiere dictaminar.

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El film es un ejercicio que reivindica la pureza reposada del cine clásico. Los sanos apuntes humorísticos, el tacto en la imbricación de la escueta relación amorosa, la cómplice serenidad con la que están dirimidos todos los encuentros entre contrarios, el disfrutable compadreo establecido entre Steve (un soberbio Matt Damon que, definitivamente, se postula como el James Stewart del cine norteamericano presente) y Sue (impagable, arrolladora, deliciosa Frances McDormand), la cortesía con la que el espacio físico en el que se desarrollan los hechos se apodera, condicionándola, de la inercia nada estruendosa dirimida para encuadrarlos y  otros atentos factores escénicos permiten que TIERRA PROMETIDA conforme un reconfortante perfil humanista, hoy en día del todo evitado.

La cautela con la que Van Sant se acerca a la historia de un regresado al origen (ese detalle del calzado de su abuelo), la sabiduría escénica con la que lo salvaguarda, el mimo con el que escruta en la verdad de los rostros de sus personajes abundan en que esa afable reivindicación sentimental sobre el respeto por la tierra que pisamos no tenga que pedir perdón por postularse. TIERRA PROMETIDA viene a ser una modesta fábula moral, esperanzadora y amable, en la que viene a refrendarse que no hay más paraíso que el hallazgo de esa posada con encanto que es la paz con uno mismo.