La Casa Del Tejado Rojo Cartel

 

 Título original: Chiisai Ouchi (The Little House)

Año: 2014

Duración: 136 min.

País: Japón

Director: Yôji Yamada

Guión: Yôji Yamada, Emiko Hiramatsu (Novela: Kyoko Nakajima)

Música: Joe Hisaishi

Fotografía: Masashi Chikamori

Reparto: Takako Matsu, Haru Kuroki, Hidetaka Yoshioka, Satoshi Tsumabuki, Chieko Baisho, Takataro Kataoka

Nota: 8.5

Cuando aún permanecía en  el recuerdo la noble satisfacción reivindicativa de UNA FAMILIA DE TOKIO, ese magnífico remake de CUENTOS DE TOKIO, la obra maestra de Yasujiru Ozu, el veterano cineasta nipón Yoji Yamada (nació en 1933) competía  el año pasado en la Berlinale de la mano de su nuevo compromiso con la pulcritud expositiva. Asombrosa y consideradamente, LA CASA DEL TEJADO ROJO venía a ratificar que el autor de LA ESPADA OCULTA  sigue acreditando la emocionante maestría de uno de los pocos creadores audiovisuales que, a contracorriente, de forma se diría que contestataria de puro insólita, hoy en día decide aún seguir oficiando su profesión ateniéndose al canon del cine clásico puro.

Habrá quien  catalogue este sincero y pertinaz compromiso como fútil empecinamiento   anacrónico,  rancio, superado por el tiempo, renunciado de valor contemporáneo… Qué le vamos a mirar,  hay cegueras que no las curan ni unos ojos progresivamente nuevos. Para quien esto escribe, acaso ciego desde una cierta óptica,  el anacronismo de Yamada sólo cabe calificarlo de milagro hecho colmada revisión.

Este ilustre nipón tozudo y ajeno a miopías de estilo dictadas por el imperativo de lo rabiosamente prescindible sigue ateniéndose a la honestidad fílmica en la que embarcó su obra tras el inicio de la llamada Trilogía del Samurai. Continúa fiel a ese espíritu humanista, respetuoso y cargado de vibración disimulada,  gracias al cual ha conseguido forjar un estilo inconfundible y, sobre todo, visto el panorama de la cinematografía contemporánea, muy necesario por cuanto reclama una respetuosa  meticulosidad hoy en día salvaguardada por muy pocos.la-casa-del-tejado-rojo-2

Ese gusto por la hegemonía de la cámara fija , por el encuadre sostenido, por el trabajo actoral sometido a la representación, por la gramática del cine hasta la llegada de los movimientos de los años sesenta (aquel saber hacer hegemónico en la que el cineasta debía expresar sentimientos, tomas de posturas, arrebatos y contenciones sometiéndose al imperativo de unas reglas escénicas inquebrantables), por el mimo constructor de planos inscritos obedeciendo a la lógica de la narración, o por la sencilla pulcritud del ordenamiento de los objetos dentro de la acción encuadrada…  Sí, es cierto, Yamada pertenece a otro tiempo, y por eso cautiva el esfuerzo que hace por requerirlo, concretarlo y persistir en él.

LA CASA DEL TEJADO ROJO nos propone, de partida, un tipo de narración en la que ya ha embarcado más de un proyecto anterior: la del relato contado; esto es, la de un hilo narrativo del que surge otro, que se constituye en el segmento narrativo principal. Como muchas veces en Yamada, el ejercicio de la memoria actúa como dispositivo dramático de primer orden; la revelación de hechos no conocidos disponiendo ese sigilo cauteloso y cortés al que el director responde con el sabio comedimiento de su postura tras la cámara. El respeto para con la voz que ya no existe o que confiesa como mandato firme e inexcusable. La obediencia subjetiva esgrimida como espacio emocional oteador de la urdimbre de los hechos revelados.la-casa-del-tejado-rojo-3

En esta ocasión, el entramado argumental se inicia con el entierro de una anciana solitaria. En el sepelio están sus más allegados: sus dos sobrinos y el hijo de una de ellos. Oficiada la ceremonia, todos acuden a la casa de la difunta para emprender las tareas de desamueblarla. La sobrina encuentra una caja en la que la difunta ha dejado escrito que quiere que sea para el hijo de ésta. Él lo abre y encuentra, escrito de su propia mano, el relato de sus memorias, un ejercicio confesor que él mismo le había conminado a concluir. LA CASA DEL TEJADO ROJO narra la existencia de esta anciana que acaba de morir, centrándose,  sobre todo, en el espacio de su vida que pasó en Tokio, trabajando como criada en una casa, en la que ella será la testigo principal de una historia de amor imposible entre la señora y un compañero de trabajo de su marido.

Todo el tramo en el que se relata la historia de solícita complicidad amistosa, habida entre las dos mujeres protagonistas (excepcionales Takako Matsu y Haru Kuroki), no puede ser más que considerado como soberbio. El estilo reverente, escrupuloso, mirado, específicamente distante, cautelosamente desesperado e indagador de Yamada se antoja mediación ideal en la tarea de aprehender el duelo de callados padecimientos impuesto para ambas: de un lado, la mujer que trata de disimular, reprimir, negarse a una pasión imposible de ser cercenada y, de otro, la sumisa, testigo de los peligros que esa llamada hacia al abismo puede ocasionar a la mujer a quien venera. la-casa-del-tejado-rojo-4La cordialidad se convierte en dolor, la cotidianeidad dista de acatar la rutina cuando corroe la tentación del deseo insatesfecho, a un paso de dejar de serlo; el rojo de ese tejado se torna en algo más que una simpática extravagancia: bajo él se dirime la batalla de varios amores ocultos: el más evidente, por supuesto, el de la señora por un hombre por el que está dispuesta a abandonar la vida bajo ese tejado; el más ignoto, acaso el de la sirvienta por la mujer a la que debe cuidar y servir de confidente, que, no por casualidad, es la voz que propicia el relato. Esa anciana solitaria convierte la escritura de sus memorias en la confidente que ella misma fue para su ama amiga durante el tiempo más hermoso de su existencia.

Impecable y maestro como siempre, Yamada dispone toda su acreditada brillantez para el sigilo y la cuidada transparencia que necesita el relato contado. El realizador japonés brinda una admirable lección de miramiento, solicitud y densidad de contemplaciones cautelosas, mediante las que que indaga en el universo del melodrama romántico estilizado, nada estridente, como siempre elegante de planteamiento realizativo y esmerado en la gradación de los afectos y las acometidas emocionales. Causa un inmenso placer asistir al festival de prudencias narrativas y escénicas mediante el que Yamada resuelve la complejidad observativa que le prestan una mujer enamorada que no puede dar rienda a esa pulsión y la mirada temerosa, cortés, analizante, obediente y cómplice a su pesar de la única mujer que sabe de ese amor. Yamada  ha vuelto a demostrar que pocos como él saben aprehender el peso de las heridas de una vida a lo largo de su tiempo. LA CASA DEL TEJADO ROJO nos da de bruces con una forma de concebir el arte cinematográfico en la que deviene esencial el firme propósito de no traspasar la frágil frontera de la mesura.

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