LOUIS XIV 1

Título original:  La Mort de Louis XIV

Año:  2016

Duración:  115 min.

País:  Francia

Director:  Albert Serra

Guión:  Thierry Lounas, Albert Serra

Música:  Marc Verdaguer

Fotografía:  Jonathan Ricquebourg

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Patrick d'Assumçao, Marc Susini, Bernard Belin, Irène Silvagni

Productora: Capricci Films / Andergraun Films / Rosa Filmes, Bobi Lux

Nota: 9

El cine convertido en arma de retransmisión histórica, en método mediante el cual acudir al pasado en calidad de hecho aprehendido en el momento en el que sucede, en herramienta artística adecuada para la reflexión contemporánea ejemplificada en un acontecimiento fundamental ya ocurrido, en artefacto estético gracias al cual proponer un cierta anarquía autónoma a lo avalado por los datos irrefutables, a lo reiterado por la historiografía; todo eso y mucho más es capaz de entumecer fecunda y severamente Albert Serra dentro de esta sobresaliente pieza cinematográfica.LOUIS XIV 2 Quizás sea la obra más perfecta de este necesario escrutador de márgenes narrativos, desde sus mismos inicios, tan obsesionado con despojar a las imágenes convocadas de toda munición referencial, de toda contaminación ajena al desconcertador postulado pergeñativo que las exige.

Tal y como su propio nombre indica LA MUERTE DE LUIS XIV aborda los últimos días de la vida del ilustre monarca francés. Sin embargo, pese a lo anticipativo del título, la visión del film dictamina que, mucho más que eso, más que título, casi se diría que es la perfecta sinopsis de aquel, dada la justeza con la que el conjunto de imágenes vistas apelan a ese epígrafe. El objetivo de Serra es ceñirse a ese encabezamiento de forma tozuda y alumbrativamente literal. Resumir, hacer relato de lo que el espectador es convidado a contemplar no debiere ser tarea superior en extensión a las dos líneas con las que ha comenzado el presente párrafo. Y, sin embargo, la magnitud de su hondura reflexiva y significatoria no puede calificarse más que de torrencial, abrasiva, vasta, densísima. Serra exprime la Historia en mayúsculas, se instala en ella, para, desde esa proximidad eximir al objeto encuadrado, al hombre llamado a consumir su tiempo, del halo enciclopédico que esa disciplina ha revertido sobre su figura.

LOUIS XIV 3Tras un mínimo prólogo en el que vemos al monarca en el exterior de un paisaje campestre, sentado en su silla de ruedas, el resto de la aproximación a los días previos al final del insigne mandatario va a ubicarse única y exclusivamente a la estancia en la que aquel yace convaleciente de un agudísimo y lacerador dolor en una pierna. Tiene 77 años. De ellos 72 los ha pasado ejerciendo el máximo poder. Serra sobrevuela, prescinde, los amputa a todos ellos y se circunscribe al ser postrado, doliente, avejentado y moribundo. Con excepción de una conversación de los médicos sucedida en una estancia aledaña a la alcoba, la omnipresencia del rey en el plano se postula como exigencia forma, como condición sine qua non, como prisma atisbador. De ahí que la decisión de no hacer a la cámara salir del aposento regio se antoje como justificadísima y radicalmente oportuna. Aquella no verá nada que el monarca extinguiente no pueda ver. El campo de filmación se limita al campo de visión de quien se convierte en objetivo de los ojos del creador de semejante dispositivo fílmico.

De resultas de semejante atrevimiento y exigencia posicionales, LA MUERTE DE LUIS XIV se antoja una experiencia contemplativa exquisita, substancial, privilegiada y llena de reclamaciones e interpelaciones hacia el atrapado espectador. LOUIS XIV 4Serra, pese a la quietud y la ausencia de requiebro alguno a la máxima impuesta, no cesa de formular interrogaciones. ¿Qué piensa el protagonista? ¿Alcanza a intuir la delicadeza de la situación? ¿Es ajeno a los tejemanejes de sus lacayos más próximos, sobre quienes ha recaído la responsabilidad de cuidarlo y tratar de mitigarle el dolor? ¿Es consciente del fin de la época histórica que él ha representado? La interpretación de Jean Piere Leaud, lejos de dar respuestas, lo que logra, milagrosamente, es abundar en la desazón de esos interrogantes. El actor dispone su vejez al servicio de la crudeza y la verosimilitud respirable. Su mirada perdida, asediada, pequeña, sufriente, exigidora, harta de fatigas y padecimientos se convierte en la fuga perfecta a través de la cual la cámara impone la lóbrega acumulación de alcances y consideraciones perseguidos.

Pese a que, como ya ha quedado dicho, la ausencia de relato narrativo es prácticamente total, sí que, sin embargo, el autor de HONOR DE CABALLERÍA sí establece un mínimo atisbo de desarrollo narrativo en la detallada observación prestada al avance de la enfermedad y, por lo tanto, de la mengua de facultades exhibidas: su voz, su apetito, su mínima fortaleza, su postración se convierten en pautas temporales progresivas, ya que la cercanía del detalle (la toma de alimentos y medicaciones, por ejemplo) permite que se tolere una sutil, pero evidente idea del avance temporal. El monarca se va extinguiendo poco a poco ante nuestros ojos, cual si de un animal de zoo se tratara. A la mirada privilegiada del espectador en la sala, hay que unir la que imponen los escasos testigos que, dentro del plano, acechan las reacciones del personaje.  El contraste entre la mirada obligada a atisbar a otros seres mirando y la mirada inconexa, mínima y desasosegada que devuelve objeto de todas aquellas  dirime una ironía oscura y pertinaz.

Lo fosco de la fotografía, lo granuloso de su implantación, la tenue luminosidad dirimida por velas y candiles dictaminan densidad de sepultura, inminencia de defunción. El peligro de un morbo autocomplaciente queda abolido. Lo mismo que la tentación de un pictoricismo estetizante. La calculada, fecunda frialdad de la puesta en escena abundada de planos esquinados remite a una captación de cámara de videovigilancia. Albert Serra limpia a su dispositivo, sin estridencia alguna, de toda referencialidad al cine historico clásico. Lo suyo es un afán celador de un cuerpo aguardando su majestuosa descomposición.  Nada de rémora de género historicista hay en este portentoso ejercicio, en el que  afán experimentador y  sosiego encuadrativo yaciente se aplican a reivindicar la opaca belleza susurradora, la subterránea coherencia de la apuesta.

 

 

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