LIBERT 2

Título original: Liberté

Dirección: Albert Serra

Guion: Albert Serra

Reparto: Helmut Berger, Ingrid Caven, Stefano Cassetti, Leonie Jenning, Catalin Jugravu, Anne Tismer

Sinopsis: Año 1774, justo antes de la Revolución Francesa. En algún lugar entre Postdam y Berlín, un grupo de libertinos huye del nuevo gobierno ultraconservador de Luis XVI. Entonces conocen al legendario librepensador Duc de Walchen (Helmut Berger), un alemán con gran poder de seducción. En un país gobernado por un régimen hipócrita que predica la virtud, la misión de este grupo de expatriados bajo el liderazgo de la astuta duquesa de Valselay (Ingrid Caven) es exportar a Alemania el libertinaje, una filosofía basada en el rechazo de los límites morales y la autoridad. En su búsqueda de conseguir adeptos, descubren un parque abandonado que es el lugar de reunión de un grupo de libertinos locales, decadentes y cortesanos de Federico el Grande. Pero los alemanes, con su particular idiosincrasia, todavía no están del todo convencidos de una tendencia tan radical, por lo que la siempre ambiciosa duquesa de Valselay desarrolla algunas estrategias sofisticadas para mejorar el marketing de libertinaje.

Nota: 7

COMENTARIO CRÍTICO:

Albert Serra se mantiene impertérrito en tanto que baluarte de una forma absolutamente francotiradora de asimilar la experiencia de la creación cinematográfica. No le hacía falta acreditarlo y, sin embargo, LIBERTÉ supone un mazazo autoafirmativo de ese intransferible modo de circunscribirse al coto de caza autoral dentro del cual sólo se efectúan los disparos que se le antojan a su gatillo y le exige su preciada pieza de caza. En esta ocasión, ésta la constituye un radicalísimo tratado sobre el acto de desear y sobre la contemplación previa al estallido de ese deseo. La luz del cuerpo humano convertido éste en hambre de otro cuerpo preso de esa misma avidez irrefrenable. El apetito del otro advertido como protocolo animal escondido, irreprimible, encadenado, complacedor del arrebatamiento íntimo y volcánico de quien se deja ser engullido por aquel, tras firmar, en pleno uso de su voluntad, la aquiescencia a las reglas de esa suculenta perversión que anida en todo placer.

El film ciñe su desarrollo escénico al reclamo, extenuada, hosca e inexpugnablemente aprovechado de un único espacio geográfico: un bosque. Un bosque nocturno que será sancionado como madriguera sepulcral, enmarañada, áspera y, fundamentalmente, alejado del mandato convencional y represor de la urbe.  Un paraje de física espectralidad enviciada, pululado, acechado de aristocráticas y vasallas alimañas humanas que, allí, van acudiendo a experimentar en cuerpo (y sin alma) la total desinhibición de las proclamas dictaminadas por sus más oscuros instintos sexuales. Nos hallamos en la Francia de finales del siglo XVIII, más Serra, extremando al máximo las posibilidades espaciales del marco descrito, tarda bien poco en conseguir que la atmosfera cuajada trascienda el menor atisbo historicista.

No hay relato, sino captura de conatos, refriegues, éxtasis y sacrificios con gusto. La insólita y frontal orgía de encuentros, desencuentros, acechos y ajusticiamientos carnales, encuadrada sin atender a una lógica del conjunto de las acciones privilegiadas dentro del plano, caldeada, mostrada con un pulso que se diría etílico, embrujado, en el que cabe destacar el deslumbrante crescendo mostrativo que le calcula Serra, queda en todo momento despojada de la más mínima retórica enjuiciativa. La única moral permitida es la imposición de la libre mirada, la respuesta a la demanda de quien decide postularse a ser mirado y complacido. La libertad del gozo y del dolor gozado es total en este primoroso y exigente aquelarre escénico al que, quizás, le pierde un tanto la excesiva tolerancia del realizador para con el principio de la provocación con tendencia a la alharaca y al capricho.