First Cow

FIRST COW

Sección: Oficial

Dirección: Kelly Reichardt

Guión: Jonathan Raymond y Kelly Reichardt

Intérpretes: John Magaro, Orion Lee, Toby Jones, Scott Shepherd

Sinopsis:

Un experto cocinero se enrola con un grupo de cazadores de pieles en el Oregón de principios de siglo XIX. Sin apenas establecer la más mínima empatía con ellos, el encuentro fortuito con un inmigrante chino motivará el inicio de una cómplice relación de amistad, ajena en todo momento a la rudeza del entorno, que se verá intensificada con la sorpresiva creación de un exitoso negocio gastronómico.

Nota: 8.8

Comentario Crítico:

El cine de Kelly Reichardt sigue férreamente inmiscuido en esa humedecida, pantanosa sutilidad observativa desde la que se impone considerar el conflicto al que deben hacer frente los protagonistas de sus relatos. FIRST COW da buena, sólida y sensible muestra de ello. La nueva producción de la autora de CERTAIN WOMAN se aferra a esa impronta alejada de cualquier tipo de estilización o retórica formal condicionante, mediante la cual ha logrado convertirse en un justo referente del cine independiente internacional. El suyo es un tipo de cine que, huelga decirlo, requiere mucho más del margen revisitatorio que del emplazamiento en el canon.

El film dirime un soberbio logro evocacional, que irrumpe de la mano de un prólogo resuelto con quebrantativa, misteriosa precisión introductoria.  En él, vemos cómo una joven, tras percatarse de que el perro al que está paseando se ha detenido de modo ofuscado en un determinado punto de la orilla del río por el que transitan, halla dos esqueletos humanos que yacen repletos de tierra y barro. Un prudente silencio contemplativo se apodera del recostado descubrimiento.

Sin más preámbulo, prácticamente de forma continuada, de unas manos excavadoras a otras buscando setas entre la maleza de un monte, el espectador es trasladado a un tiempo pretérito: el de la Norteamérica de principios del siglo XIX, esa en la que muchos individuos acudían a recónditos parajes de la nación en busca de caza, pieles y oro. De algún modo, viene a anunciarse una escueta reflexión sobre la memoria oculta de la tierra, del suelo: de las capas de sedimentaciones de acontecimientos que los han removido, pisado, estratificado de posos secretos.

Tal y como los planos de las manos sucias de tierra apelmazada y oscura presagian, el universo al que acudimos está sancionado de lodo, fiereza, animalidad y espesura forestal. Esta fría densidad hibernal no tarda en sancionar que la evocación genérica requerida por la realizadora va a ser convocada atendiendo únicamente a los preceptos creativos de su particular modo constructor. Reichardt vuelve a reclamar el marco definitorio de un género que ella, así, no duda en proponer como ancestral memoria cinematográfica: el western de nuevo. El western como espacio germinal, como rastro imperecedero, como sarcófago latidor y productivo.

Claro está, semejante reivindicación, en manos de una realizadora tan inconformista y bregativa como la creadora de MEEK´S CUTOFF, distará mucho de procurar un afán superficialmente postmoderno o remodelador. La deuda de FIRST COW con el western es mucho más fabulatoria o historicista que reproductiva. Mucho más ahondativa que evidente. El western queda emplazado en calidad de acechanza, de frondosa conjetura, puesto que el máximo interés de la propuesta va a conformarlo la emotiva, serena vigilancia escrutativa impuesta sobre la afable figura del protagonista: ese callado vaquero que busca setas entre la maleza, ese magnífico cocinero esquivo y bueno que no halla su sitio entre la tosca grosería de sus compañeros.

Reichardt se aferra al desmarcativo posicionamiento que impone la sencilla firmeza de Cookie para dirimir un complejo, frágil y sincero tratado sobre la amistad, centrándose en la honesta y fecunda relación que aquel va a entablar con un inmigrante chino, King-Lu, al que da cobijo, y junto al que se aliará para llevar a cabo una sorpresiva empresa, cuyos detalles de gestación y afianzamiento supondrán el mínimo eje narrativo sobre el que basculará el film.

La realizadora concreta una puesta en escena de apariencia extremadamente sencilla, de una simpleza que parece evocar los recursos del cine primitivo, pero que está ávida y agudamente cargada de complejas sutilidades atisbadoras, casi siempre encargadas de sustanciar la cómplice, cálida, no exenta de juiciosa mordacidad, armonía emocional que define el comportamiento de los dos inolvidables protagonistas de esta soberbia muestra de cine srena y cautivadoramente original y humanista.

 

 

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