Woman Who Ran

Sección: Oficial

Dirección: Hong Sangsoo

Guión: Hong Sangsoo

Reparto: Kim Minhee, Seo Younghwa, Song Seonmi

Sinopsis: Mientras su esposo acaba de emprender un viaje de negocios, Gamhee decide visitar a tres amigas a las que hace mucho tiempo que no ve. Todas viven en las afueras de Seúl. Mientras conversa con ellas, comienza a sentir que su vida no es lo que ella, acaso, creía ser.

Nota: 8.2

Comentario Crítico:

Digámoslo claro. Detesto a Hong Sangsoo. No le he pillado jamás el hechizo a lo que, opino, me parece un concilio de sobrevaloración, un empecinado en una mustiez expresiva con el mismo encanto de una “o” hecha con un canuto. Sin embargo, he de reconocerlo, desde que Kim Minhee se ha convertido en su musa, he ido aceptándolo con más proximidad. ON THE BEACH AT NIGHT ALONE y HOTEL BY THE RIVER no me parecen en modo alguno despreciables.

Ahora, tras ver aquí en Berlín, su última obra, este proceso de progresivo encantamiento tiene visos de haber llegado a la cumbre de la entrega total, consiguiendo la hasta hace bien poco improbable proeza de que todo ese salvaje vilipendio pretérito mute en devoción. THE WOMAN WHO RAN es una auténtica proeza cinematográfica. Un delicioso divertimento, una tersa polifonía íntima en la que el director surcoreano, sin moverse un ápice de su particularísima gramática discursiva, sencilla, libre de retóricas formales, descerraja una firme reflexión sobre la dificultad de lograr la verdadera libertad personal. El ejercicio de la plenitud individual como utopía anhelada de casi imposible logro.

De la mano de una mujer que decide visitar a tres amigas suyas a las que hace mucho tiempo que no ve, Sangsoo vuelve a poner en marcha un sereno dispositivo de mutuas interacciones entre unos personajes siempre sancionados por el incógnito, indagador y acaso insatisfecho punto de vista de la protagonista.

Gamhee irá asumiendo el itinerario de su agenda en calidad de escenario nuevo, de posibilidad de ventana desde la que alcanzar a una existencia distinta, de pequeña fuga hacia nuevas historias, nuevos rostros, y, finalmente, remotas insatisfacciones. Un relato que arranca, cual si de una aguda comedia se tratara, de modo luminosamente expectante, y que, poco a poco, con enigmática sutilidad, va virando lóbregamente hasta la oscuridad de una sala de cine. Y, de por medio, la escena más hilarante del año. Un gatuno homenaje a los hermanos Lumiere que, seguro, ha de figurar como uno de los hitos de este cineasta surcoreano al que quien esto escribe ha empezado a admirar.

 

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