Midnight In Paris  Portada

Título original Midnight in Paris

Año 2011

Duración 100 min.

País USA

Director Woody Allen

Guión Woody Allen

Música Varios

Fotografía Darius Khondji

Reparto Owen Wilson, Rachel McAdams, Marion Cotillard, Michael Sheen, Kathy Bates, Carla Bruni, Alison Pill, Tom Hiddleston, Léa Seydoux, Adrien Brody, Kurt Fuller.

Productora Gravier Productions / Mediapro

Valoración 9

No le hacía ninguna falta. Lo avala una de las trayectorias más veneradas del cine de las cuatro últimas décadas. No obstante,  para acallar las voces empecinadas, últimamente, en certificar un presunto agotamiento creativo, el maestro Woody Allen, puntual a su cita con el calendario, ha tenido a bien volver a demostrar que es, hoy en día, uno de los pocos prestidigitadores que le queda al Séptimo Arte. El autor de Manhattan mantiene aún con ganas de escaramuza al conejo de su chistera. Se pierde la magia quien siga empeñado en confundir la simpleza con la depuración. Hace ya mucho tiempo que Allen se niega a abandonar la sencilla parafernalia de su truco infalible. No tiene por qué. A la magnética ingenuidad fílmica que proclama una y otra vez no le hace ninguna falta dificultarse: bastante tiene con disimular la tribulación de su neurótica proeza. Como a todo buen mago antiguo, le sobra con la complicidad del conejo. Y en esta última función, el conejo sale, le coge la varita mágica, lo mete a él dentro, para finalmente,  fugarse los dos por la parte de la chistera que todo lo hace desaparecer.

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Midnight in Paris es pura magia cinematográfica. Woody Allen nos propone una delirante pirueta evasiva. Gil,  un mediocre guionista de cine se halla de viaje en París, junto con su prometida y los padres de ésta. Desde los primeros fotogramas quedan bien claras dos cosas: por un lado, la mutua incomodidad personal que se profesan futuro yerno y futuros suegros; por otro, la enorme felicidad que siente Gil por estar en la mítica capital parisina. La aparición de una pareja de conocidos de ella comienza a poner en evidencia las enormes diferencias vitales que acumulan Gil e Inez,  su futura esposa. En el transcurso de una velada organizada entre los cuatro, al final de la cual Gil decide abandonarlos, pues prefiere merodear la nocturnidad de los viejos callejones de la urbe, a éste le sobrevendrá un extraño acontecimiento. París, más que nunca, emergerá como escenario de una embriagadora realidad “surrealistamente” alternativa.

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A partir de éste momento, acaece uno de los hallazgos más memorables de toda la trayectoria de este juglar psicoanalista. El personaje central verá zarandeado el universo de sus certezas por la consternante irrupción de un profundo “shock”. Un curioso pasmo, no sabemos si ensoñativo, si deseante, si fruto de una cierta embriaguez o de una predispuesta sugestión, se apoderará de su periplo caminador y lo transportará al subyugante, feliz paraíso de su más íntima fantasía personal. Sin el más mínimo subrayado, sin la utilización de un solo efecto especial, Woody Allen principia una arrolladora inmersión histórico-personal comandada por la quimera particular de Gil.

Estremece la sencillez y la autenticidad con la que lo logra. El director de Delitos y Faltas reclama la  pureza genuina de los planos con los que los pioneros del cine mudo solucionaban sus necesidades escénicas. Plano general de un hombre perdido que mira al fondo de una calle. Noche. Contraplano de los coches que suben por la calle. El hombre se sienta en unas escaleras empedradas. Suenan unas campanas. El hombre sigue mirando el tráfico de la calle. Contraplano y aparece un automóvil muy especial, distinto de los anteriores, que se detiene ante el hombre. Sus ocupantes lo llaman y él decide subir. Nada más que eso. El realizador ni siquiera necesita el inserto de un plano del campanario. Basta el sonido.  Basta confiar en lo esencial para que se produzca la magia.  Lo dicho. Para que salga el conejo, sólo hace falta una chistera.

Esto es así porque a Allen le interesa mucho más el destino de ese viaje que la mostración del medio de transporte. Y en ese destino es en donde Midnight in Paris acumula su propia geografía medular. El Allen guionista urde un encadenado de prodigios, todos ellos hilvanados con una precisión solo apta para veteranos exigentes, manejadores del verdadero truco. El film se deja contagiar pertinentemente de un espumoso surrealismo que, sin embargo, está amarrado con un tino que lo aleja del capricho, de la excentricidad y de la burda extravagancia cultureta y tópica. El brusco giro de guión (siento no ser más explícito, pero no deseo adelantar mucha información para que el posible lector que no la haya visto pueda disfrutar de ella, sin que le sea usurpado el placer de la sorpresa) va disponiendo una gozoso paisaje, lleno de referencias personalísimas, dentro del que Gil, poco a poco, al tiempo que disfrutando de esa deliciosa estancia en el edén, va a ir solucionando determinadas vicisitudes de su vida ordinaria.

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Todo está meditado hasta el último detalle. Ninguna referencia ni situación es gratuita. La urgencia en la descripción del personaje central posibilita que el maravilloso viraje argumental sea pertinente. La segunda aparición del coche transportador solo sucede una vez el personaje de Inez ha decidido marcharse. La referencia a las dos amantes de Rodin termina siendo un dilema impuesto a Gil. La deriva de la subtrama detectivesca concluye en el más descacharrante de los surrealismos. La música de Cole Porter activada como elemento de hallazgo… Todo un delirante continuado de resoluciones que Allen sabe apurar en beneficio de la catarsis personal del protagonista.

La última obra del creador de Match Point es un elogio a la fantasía personal, una oda efervescente, descocada y convencida para con el lado no cuerdo de nuestra existencia. El maravilloso ardid del guión enfrentará al personaje central con la disyuntiva de inmiscuirse en el proceloso objeto de sus deseos. Midnight in Paris nos enviste contra el Allen chispeante y bregado de la genial Todos dicen I Love You. Romántica, divertida y mordaz, esta memorable fábula del escritor enredado en el parnaso de sus preferencias acaba apelando al desprejuicio de quien la contempla. Hagamos caso a lo que nos gusta, a lo que nos apasiona, a lo que nos permite fugarnos de nuestra torpe poquedad de cuerpos humanos tozudos por ir en nuestra contra. Todos somos magos. Todos tenemos una varita. No nos empeñemos en declinarle al conejo la invitación a huir tan lejos de nosotros mismos como nuestro deseo nos lo exclama. Midnight in Paris, la moraleja valiente de un venerable fabulador cinematográfico.

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