Los Descendientes Cartel 1

Título Original The Descendants

Año 2011

Duración 110 min.

País USA

Director  Alexander Payne

Guión Alexander Payne, Nat Faxon, Jim Rash (Novela: Kaui Hart Hemmings)

Música Varios

Fotografía Phedon Papamichael

Reparto George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause, Patricia Hastie, Matthew Lillard, Judy Greer, Beau Bridges, Robert Forster, Barbara L. Southern, Mary Birdsong, Rob Huebel, Michael Ontkean, Troy Manandicm, Scott Morgan, Milt Kogan

Productora Fox Searchlight Pictures / Ad Hominem Enterprises

Valoración 9

La trayectoria de Alexander Payne permitía albergar la esperanza de que terminara por ofrecer a todos los que le seguimos algo verdaderamente grande. El creador de ENTRE COPAS ya se había significado como uno de los pocos alternativos con causa y fondo, dentro de un cine independiente norteamericano cada vez más adocenado, previsible y ansioso por el reconocimiento en el Festival de Sundance.

ENTRE COPAS, por ejemplo, era una magnífica demostración de esa personalidad completamente desmarcada de cualquier corriente imperante. El film que dio a conocer al gran público a Paul Giamatti sabía aunar un reposado clasicismo narrativo junto con esa mirada cínica, distanciada, nada compasiva con la que se describía a las desamparadas criaturas que hacía protagonizar la historia.

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Aquella escapada de cata de vinos por la costa de California iba, poco a poco, fugándose del propio itinerario real que pisaban los dos personajes principales para trazar, finalmente, un viaje desesperado hacia las contradicciones personales de cada uno de ellos. El periplo festivo del principio iba deshojando su apetecible complacencia para hacer emerger un implacable repaso de insatisfacciones y de mentiras.

Lo difícil del reto planteado por LOS DESCENDIENTES es que ese proceso magníficamente graduado en ENTRE COPAS queda descerrajado a los pocos segundos del film, pues la voz en off que lo origina tarda ese tiempo en revelar las dramáticas coordenadas emocionales y argumentales sobre las que habrá de ir sosteniendo su singladura.

La voz del protagonista, en primerísima persona, nos viene a resumir el devastador estado de las cosas que lo rodean: hace pocas fechas que la mujer del hombre que toma la palabra, tras un aparatoso accidente con una lancha, ha quedado sumida en un coma cerebral irreversible. Hace, por lo tanto, poco tiempo que las circunstancias le han obligado a tener que coger las riendas de un hogar, al que él parece no haber proporcionado toda la atención requerida.

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Matt King es un hombre sobrepasado por un cúmulo de acontecimientos. LOS DESCENDIENTES narra, fundamentalmente, el duro proceso de asimilación de todos ellos. El modo en el que va a intentar reconstruir una cotidianeidad rota en pedazos, y a forjar una disposición paterna que, por causa de su absoluta dedicación al trabajo, no ha sabido -ni querido- posibilitar.

Así pues, el espectador asiste rápidamente a un previsible drama familiar con integrante moribundo al fondo. Alexander Payne dispone de un teórico artefacto emocional que, en manos de otro sátrapa cinematográfico, hubiera sido hecho explosionar en calidad de sentimentaloide deflagración, calculadasin miramiento alguno por el lacrimal espectador.

Sin embargo, esto no ocurre jamás. El autor de ELECTION sortea elegantísima, astuta y pasmosamente cualquier tentación de deshonestidad melodramatizadora o de bagatela lloriqueante a toda costa y a todo moco. Payne vuelve a infligir una aguda observación de sus personajes, marca de la casa, imponiendo una mirada cauta, mordaz, agresiva sobre ellos. Un irónico posicionamiento, que, no obstante, no cesa nunca en ir acumulándoles aristas, matices, y asombros.

Payne nos ofrece la que hasta la fecha es su obra más calmosa, pero también la más compleja. De ahí que sea la cumbre de un estilo propio que aquí alcanza su cota más emotiva. Es muy difícil manejar los hilos narrativos y genéricos que aquí manipula sin que la obra se resienta de la más mínima artificiosidad. LOS DESCENDIENTES es trágica, es reflexiva, es cómica y es imprevisible. Es un salvaje melodrama, urdido, avanzado, oteado en clave de honesta comedia de personajes atónitos.

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Nada en ella es gratuito. Así, por ejemplo, tenemos que el recurso de imponer la voz narradora del principio brota de la propia necesidad del protagonista por comenzar a engullir la avalancha de responsabilidades que, de súbito, le han irrumpido sobre su tranquilidad cotidiana. La película comienza con el reconocimiento de esa estupefacción: como si el hecho de verbalizar la sarta de problemáticas hiciera que éstas no fueran con él.

La película se sitúa siempre en ese templado territorio emocional que es el aturdimiento. El desconcierto pasmado que sacude al protagonista va a ser el lugar desde el que van a originarse todos los acontecimientos. Principalmente, los que motiven la relación con sus dos hijas. La película se inicia con una parálisis y un distanciamiento, y concluye con un armónico principio de partida.

Sólo cabe analizar los dos planos de presentación de las hijas y compararlos con el que concluye el film. A la pequeña la descubre el padre tirando sillas de jardín a la piscina, mientras él atiende por teléfono a una queja escolar que la concierne. A la, mayor en un plano oscuro, de noche, cuando acude a buscarla al colegio en el que está internada, y la descubre escapada de su habitación, bebida, en una playa, sin mostrarle el más mínimo aprecio, despreciándole en público.

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El final, en cambio, mediante un calmo plano fijo nos emplaza una conformidad y un mutuo reconocimiento: el padre sabe cual es el helado que le gusta a la hija meno , y la mayor, en contra de su postura primera, acude, desde el fondo, a sentarse junto a los otros dos.

LOS DESCENDIENTES está ejecutada mediante una sutilidad escénica, que sabe situarse a la altura oscura, contradictoria y calladamente tensa del exquisito entramado dramático que le presta un guion impagable, en el que no hay un solo personaje despachado a la ligera.

A excepción de los que impone la trama que tiene que ver con la venta de unas tierras familiares, y de los que llevan sobre sus espaldas la exhibición del formidable voltaje cómico (el amigo de Alexandra, la hija pequeña) todos los elementos humanos que convoca están pincelados atendiendo a su posicionamiento frente al cuerpo paralizado de la madre. En este sentido, el film es un impecable catálogo de culpas, desahogos y resentimientos, en el que no hay uno sólo que sea juzgado.

En LOS DESCENDIENTES no hay buenos ni malos: hay seres humanos intentando sobrellevar un cruel sufrimiento, que, de repente, como único recurso mediante el que poder superarlo, les condena descerrajarse culpas y secretos sin aviso previo. El protagonista, su hija mayor, el padre de la esposa, los dos personajes que hace intervenir una revelación fundamental que no vamos a contar, y, sobre todo (y de forma osadamente expresa y punzante) la propia mujer postrada en la cama, trazan un preciso puzle de adaptaciones imposibles a una imprevista tragedia.

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De ahí que la visión del Hawai que da cobijo a la historia sea tan poco postalera, tan poco exótica, tan esquiva al tópico vacional, marítimo, festivo: el punto de vista sacudido que impone el personaje central empapa de soledad y rigor austero la captura del espacio geográfico que cobija a la historia.

Además, no queda más remedio que destacar un aliado perfecto a la certera maquinaria afectiva que pergeña Payne en LOS DESCENDIENTES: la perfecta comprensión de la jugada que exhibe la espléndida interpretación de George Clooney. El actor resuelve con un profundo comedimiento la difícil encomienda que Matt King le obliga a acometer. Clooney sabe imponer la absorta aflicción que este requiere, y sabe mostrar su progresiva adaptación a su nuevo mundo tambaleado.

En definitiva, no hemos acabado enero y ya nos hallamos ante uno de los films más hermosos del año. Payne logra en él que lo cataloguemos, ya, de imprescindible.

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