A Roma Con Amor Cartel

Título: A Roma con amor (To Rome with love)

Año 2012

Duración 112 min.

País USA / España / Italia

Director Woody Allen

Guión Woody Allen

Fotografía Darius Khondji

Reparto Woody Allen, Alec Baldwin, Roberto Benigni, Penélope Cruz, Judy Davis, Jesse Eisenberg, Greta Gerwig y Ellen Page

Productora Medussa Film y Gravier Productions

Valoración 5.5

Bueno… qué le vamos a hacer… en esta ocasión habrá que darles la razón a todos aquellos empeñados en señalar, durante la última década,  un cierto agotamiento creativo en la trayectoria de Woody Allen.  Digamos que A ROMA CON AMOR es la película que muchos han querido ver en todas las obras que el autor de MANHATTAN ha ido facturando durante su periplo europeo. Quien esto escribe no se encuentra entre ellos.  Resulta del todo arriesgado e injusto no valorar la hondura pérfida  y alevosa sobre  la que discurría la excepcional MATCH POINT (2005), la socarrona ligereza que alentaba SCOOP (2006), la inmoderada desinhibición que desprendía SI LA COSA FUNCIONA (2009), la impasible observación dramática con la que estaban enjuiciados los protagonistas de CONOCERAS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS (2010), o la delirante complejidad ensoñativa desde la que estaba concebida la formidable MIDNIGHT IN PARIS.

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Sí, hay que reconocerlo, cuesta muy poco advertir que A ROMA CON AMOR, por ejemplo se sitúa muy lejos de, por ejemplo, esta última. El film que ha llevado al creador de DELITOS Y FALTAS hasta la pintoresca, bulliciosa y genuina racialidad de la capital de Italia no alcanza en ningún momento la grata desenvoltura que exhibía osadamente aquella. El affaire romano evidencia muy pronto su naturaleza, leve y caprichosa, de película hecha a rebujo de sí mismo. Esto es, no a desgana, pero sí con el piloto automático. La estancia en Roma tiene trazas de film muy menor, hecho de carrerilla, tirando de tablas o de restos, sin rebañarse la depresión en el intento. Es un film albóndiga: está hecho con trozos triturados de carne anterior.

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La misma estructura que le da soporte viene a alertarnos sobre esta naturaleza desmenuzada. A ROMA CON AMOR es un film coral, en el que se le presentan al espectador varias historias que nunca llegan a entrecruzarse entre sí.  Un reputado arquitecto norteamericano a quien, de pronto, le asaltan las vivencias pasadas en su juventud, durante una estancia en la capital; otra pareja de estadounidenses que acuden allí para conocer  a al novio romano de su única hija y a la familia de éste; una pareja de jóvenes recién casados de Pordenone que llegan a Roma a instalarse y buscar –él- un trabajo en la empresa de unos adinerados familiares; y un vecino de la capital que, sin pretensión alguna, se convierte en un personaje mediático de primera magnitud.

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Estas cuatro líneas narrativas dan lugar a un buen número de acontecimientos, situaciones inesperadas, equívocos, enredos y apremios. A pesar de ello, el film no logra el chispeante apasionamiento que persigue, puesto que la mayoría de los elementos  que integran esa pululada estructura argumental  no pueden desprenderse del lastre mayor que arrastran con notoria evidencia: su concepción tópica, previsible, sabida, vista.
En esta ocasión, el punto de partida típicamente turístico desde el que surge el fluido de aconteceres le juega a Allen una mala pasada: la de la excesiva querencia por el cliché.

a-roma-con-amor-pelicula-foto-21Con el cliché de lo que se puede esperar de una película italiana y con el cliché de lo preconcebido en el  fértil universo creativo pasado de su autor. Los personajes A ROMA CON AMOR pecan  de planos, de mecánicos, de guiñolescos: el antojo de su creador no logra ser camuflado  con sutilidad. De ahí que un regusto a decepcionante simpleza pese tanto en el perfil de la mayoría de ellos, como en el periplo que le toca en suerte afrontar. El neoyorkino, en esta ocasión, frente a lo ocurrido en el Londres de MATCH POINT o en el París de su film inmediatamente anterior, no ha sabido desentumecer a su observación del riesgo postalizante de la empresa.

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Sin embargo, no ocurre lo mismo con el designio colectivo en el que parecen estar embarcados algunos de ellos. Si A ROMA CON AMOR no sucumbe al despropósito que configura la flagrante y desvaída tolerancia con la que está despachada es porque, inevitablemente, Allen aprovecha este desembarco italiano para saldar alguna cuenta pendiente que él tiene con su venerado Federico Fellini.  De alguna manera, el devenir de algunas historias chapotea en un ágil surrealismo espacio-temporal, libre de juicios morales, desprejuiciado y hedónicamente rocambolesco.  Este deslizamiento  contribuye a que el tono general del film rezume un pícaro desapego que amortigua el peso de la naturaleza tópica antes citada. Imágenes tan poderosas como las del cantante de ópera bajo la ducha, la aparición del ladrón en el cuarto de baño, así como la agilidad con la que se salta de una historia a otra ejemplifican este mínimo acierto que, en ningún modo, sirve para paliar la decepción de un film decididamente prescindible.
Esperemos que el año que viene la próxima cita con el maestro sirva para que los obcecados en su decadencia, que tan de enhorabuena se habrán sentido ante este traspiés,  vuelvan a tener que graduarse  su psicoanalizable ceguera.

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