Matalos Suavemente Cartel2

Título: Killing Them Softly

Año 2012

Duración 104 min.

País USA

Director Andrew Dominik (Novela: George V. Higgins)

Guión Andrew Dominik

Música  Varios

Fotografía Greig Fraser

Reparto Brad Pitt, Richard Jenkins, James Gandolfini, Ray Liotta, Sam Shepard, Scoot McNairy, Ben Mendelsohn, Garret Dillahunt, Max Casella, Bella Heathcote, Vincent Curatola

Productora The Weinstein Company / Second Line Stages

Valoración 8.8

Sigue acreditando el neozelandés Andrew Dominik que posee una de las miradas más personales del panorama cinematográfico contemporáneo. A falta de haber podido contemplar CHOPPER (2000), basta haber sido testigo de EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD (2007) y de la presente que ahora pasamos a analizar para comprobar que es un cineasta en toda regla. Si un cineasta en mayúsculas es aquel capaz de elevarse por encima de la aplicada corrección para concretar un modo personal, intransferible, lúcido, complejo e inquietador de ejercer su labor detrás de la cámara, entonces podemos convenir que Dominik es un mayúsculo cineasta.

Hace unos cinco años, pues, pudimos disfrutar de una obra que se acercaba al territorio del western con el difícil afán de aportar un posicionamiento observador de ese género,  completamente original, investigador y penetrante. EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD irrumpió en la cartelera en calidad de inesperada, serena dinamita hipnótica, colmada de honda meditación. Cuando el género parecía extinto, arrinconado bajo perpetua condena de revisión historiográfica de filmoteca, Dominik se descabalgó con una propuesta tan novedosa como coherente en interiores, toda ella pergeñada desde una sabiduría que renegaba en todo momento de la mera evocación, del ejercicio superficialmente arqueológico, y en la que se yuxtaponían armónicamente el rescate de un clasicismo anterior junto a la poderosa manipulación de una modernidad entendida como instrumento desde el que contribuir a extraer aristas no vislumbradas. La película resultante exhibía un torrencial virtuosismo de lúcida fascinación. 

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Cinco años más tarde –Dominik parece, por lo tanto, un autor que se toma su tiempo para perfilar sus proyectos- la misma operación creadora vuelve a reclamar que le prestemos nuestra admirada atención, pues el objetivo a diseccionar es otro. El punto de mira ya no es el western. En esta ocasión el neozelandés se atreve a dictaminar su sentencia sobre el cine de mafiosos. MÁTALOS SUAVEMENTE, antes que nada, se complace en poner en evidencia el apetito reformulador, distanciado e intuitivo de quien la conduce. Impacta comprobar como la dificultad de su planteamiento está saldada con esa clarividente parsimonia que sólo está al alcance de quienes tienen muy claro el manual de instrucciones del artefacto que pretenden poner en marcha. La película es abismalmente peligrosa y a Dominik no se el inmuta un solo plano.

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Nueva Orleans. Año 2009. Norteamérica asiste a la precampaña electoral que disputaron el presidente Bush y el aspirante demócrata Barack Obama. La cámara de Dominik se centra en las figuras un tanto desarrapadas de dos delincuentes de poca monta que pasean su degradante afición a las sustancias narcóticas por las solitarias y desangeladas calles de la ciudad. Los sonidos de los discursos políticos se mezclan con los diálogos poco juiciosos, torpes, lentos de los dos colgados personajes. Pronto sabremos que a ambos un tercero les ha propuesto dar un golpe. Los dos acuden al domicilio de éste último y allí conoceremos más detalles del plan: Frankie y Russell deberán irrumpir en una partida de póker ilegal y hacerse con todo el dinero de la cita. Poco después la acción tiene lugar. Los hampones, por ello, deciden contratar los servicios de un eficaz asesino, al que mandan recuperar lo robado y aleccionar con la definitiva especialidad de la casa a quienes lo usurparon.

Como ya ocurriere en EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD, el soporte argumental sobre el que Dominik ejecuta su implacable observación es mínimo. La trama no dirime complejidad alguna. El neozelandés asienta su original modus operandi en la inclemente calma contemplativa mediante la que acecha a cada uno de los personajes convocados. Devienen mucho más importante para él las relaciones dialécticas que se establecen entre ellos que los hechos que provocan los entrecruzamientos. De ahí que los diálogos se conviertan en el elemento fundamental de esta absorbente operación escrutadora. El texto puesto en boca de los personajes ayuda, por un lado,  a esclarecer las intenciones de cada uno de ellos y, por otro, muchísimo más importante, a definirlos individualmente, a horadar en el veneno de ansiedades, recelos e imperativos que los maltrae y sacude por dentro. Sobra concluir que el material escrito para la ocasión es notabilísimo. 

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MATALOS SUAVEMENTE demuestra la voluntad desmarcativa que ha caracterizado las obras de su autor. En esta ocasión, Dominik renuncia expresamente a someterse al codificado mandato de un film de género gansteril. A la ya citada preeminencia de los diálogos, que provoca la inclusión de largas secuencias estáticas (las del interior del coche entre el asesino contratado –un arrolladoramente pétreo y eficaz Brad Pitt- y el hombre que le da las órdenes, la del primero en un bar con el asesino que llega desde Nueva York –un antológico James Gandolfini-, la de los dos colgados delincuentes en completo estado de alucinación, etc.) en las que se atiende a la completa y significante expresión de los personajes, el neozelandés tiene la osadía de añadir una estrategia definitivamente mordaz, envenenada y áspera. Una extrañante y jugosa estrategia que conforma la confluencia de dos elementos de fondo, utilizados soberbiamente en beneficio de la caústica desesperanza que tiñe todos los planos del film: las voces televisivas de los políticos y la inserción de un paisaje urbano herrumbroso, mortecino, agreste.

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La inclusión de los discursos de Bush y de Obama en medio de un enclave urbano capturado atendiendo a su oxidada, alicaída degradación desértica y criminal hace que el film vaya supurando un denso pesimismo humano. Todos los personajes parecen  fantasmagóricas alimañas aisladas, inmersas alevosamente en una cruda supervivencia ilegal. La educada intrascendencia del mensaje político choca vitriólicamente contra la sociedad retratada. Los dos estratos corren parejos sin que entre ambos haya posibilidad de comunión alguna. Los políticos suenan embebidos en su realidad televisiva y, por lo tanto, ilusoria, construida, falsa; y el resto de los mortales aparecen empeñados en el logro de un cierto bienestar material. No son baladíes las constantes referencias mercantiles sobre cobros, pagos, descuentos, tasas, incumplimientos y plazos. MÁTALOS SUAVEMENTE, desde su mismo arranque entrecortado, emplaza, de soslayo, sinuosamente, un impío análisis sobre la devastadora hipocresía terrenal que pudre al transcurso de la modernidad contemporánea.

La película es toda una declaración de principios. Dominik y su sanísimo espíritu desestabilizador exponen lo que es la magnífica conjunción de un realizador y un estilo propio. MÁTALOS SUAVEMENTE es una película de director convencido de su intuición y de la milimétrica funcionalidad de su trabajo. El neozelandés no falla en ninguno de sus emplazamientos. Ni en la espléndida dirección de actores, ni en la brutal y apasionante escenificación de la violencia, ni en la capacidad de adaptar su labor tras la cámara a lo que requiere una situación en concreto (el delirio estupefaciente de Frankie y Russell) o un personaje en particular (la secuencia en la habitación del hotel entre Pitt y Gandolfini), haciendo además que esa multitud de desvíos no perjudique a la espesura malintencionada y sagaz con la que está sostenido la imponente parsimonia que dirime el ritmo del film. Un ejercicio valiente, nuevo y fustigante. ¿Se puede pedir más?... Sí, que Dominik no nos haga esperar tanto a una nueva cita con su talento.

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