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Título original: 360

Año: 2011

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Director: Fernando Meirelles

Guión: Peter Morgan (Obra: Arthur Schnitzler)

Fotografía: Adriano Goldman

Reparto: Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz, Ben Foster, Moritz Bleibtreu, Jamel Debbouze, Marianne Jean-Baptiste, Lucia Siposová, Gabriela Marcinkova, Juliano Cazarré, Maria Flor, Dinara Drukarova, Vladimir Vdovichenkov

Nota: 4

Demasiados pesos, demasiadas referencias, demasiada desmesura… 360: JUEGO DE DESTINOS sucumbe muy pronto a la magnitud de su variada dependencia. En primer lugar, a la clarísima evocación a ese eximio referente literario que es “La Ronda” del austriaco Arthur Schnitzler, la obra de relatos entrelazados por antonomasia, en la que de forma artificiosamente  explícita lograba imponer una lógica brillantemente circular a una ilación de encuentros condenados a no librarse jamás de esa inercia ladinamente caprichosa del atrevido creador.

En segundo lugar, a la versión cinematográfica que sobre ella pergeñó el grandioso Max Ophuls en 1950: LA RONDA pasa por ser, con toda justicia, una de las cumbres del arte cinematográfico del  siglo XX. En ella su autor desplegó una puesta en escena visceralmente clásica que lograba capturar la esencia reflexiva, filosófica y racional de un material escrito que, en su traslación audiovisual, lograba estilizar hasta la perfección la grandeza deconstructiva desplegada en la novela.

Y en tercer lugar, a toda la importantísima lista de films que, durante las dos últimas décadas, ha engrandecido este subgénero de la narración no lineal, sino dividida en episodios urdidos con virulencia dependiente de telaraña, subterráneamente causal, entretejidos a antojo oscuro y ambiental de su creador. Nos estamos refiriendo fundamentalmente a VIDAS CRUZADAS, de Robert Altman y a MAGNOLIA , de P. T. Anderson, pero también a la superficial, aunque no carentes de interés, apropiación que sobre ambas intentaron ejercicios como BABEL, de Alejandro González Iñárritu, o CRASH, de Paul Haggis.

Reconozcámoslo pronto, frente a todas ellas palidecen de forma estridente los esfuerzos realizadores de Fernando Meirelles. El autor de la magnífica CIUDAD DE DIOS intenta, pero no puede camuflar la tremenda fractura de partida desde la que surge un ejercicio que aúna las características de este 360: JUEGO DE TRONOS. Ésta no es otra sino el abandono al capricho narrativo que, pese a esa estructura trenzada ya dicha, no sabe evitar una historia que, en su afán globalizador, siembra una de las causas de su fracaso.

El film encadena la historia de una joven eslovaca que comienza a ejercer de prostituta en Viena y al posible cliente londinense de ésta, que se halla en la capital austriaca por motivos de negocio. A continuación acudimos a Londres. Allí vemos como su esposa mantiene una relación con un fotógrafo brasileño. Luego se nos presenta  a la novia  despechada de éste que, en su vuelo de regreso a su país, tras ser testigo de su infelicidad, conoce a un hombre mucho mayor que ella que viaja a Estados Unidos a comprobar si un cadáver descubierto por la policía es el de su hija, desaparecida hace varios años…

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El problema de 360: JUEGO DE DESTINOS, como ha quedado expresado, es la notable impotencia con la que está saldado el enfrentamiento de un realizador que intenta denodadamente suplir, desfigurar, contener la bárbara insostenibilidad del ejercicio que le toca en suerte y la aplastante anomalía original que sólo en contados momentos se logra enmascarar.

Esto es así porque el periplo viajero, internacional, aparatoso, multiubicuo mediante el que está urdido el enfoque de tramas entrelazadas mediante un nexo de unión casi siempre afectivo jamás está dotado de interconexión simbólica. En el relato prima mucho más el encadenado de argumentos que la creación de un interés soterrado que armonice desestabilizante, reflexiva y medularmente las distintas historias apuntadas. 360. JUEGO DE DESTINOS no supera jamás el capricho, la aleatoriedad que la constituye.

De ahí que rápidamente el espectador caiga en la cuenta de lo postizo, lo hueco, lo jactancioso y lo antojadizo de la función. La nula intersección emocional entre episodios, además, agrava el riesgo que asume siempre este tipo de propuestas: el flagrante desequilibrio que se manifiesta onerosamente, debido a la muy disímil enjundia dramática con la que están resuelta los distintos episodios. La disparidad abunda en gravosa inestabilidad narrativa.

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Meirelles logra demostrar su innegable potencial realizador en el primer episodio –el mejor con diferencia y para desgracia de la inercia progresivamente descendiente que provoca-, en el encuentro entre el ex-preso y su joven pretendiente en el hotel o en la conversación entre la  esposa rusa y su marido mafioso. Son sólo tímidos apuntes de concentrada verosimilitud dramática en los que el film apunta el rigor que hubiere debido acumular desde el principio.

El resto de episodios zozobran afectados por una impostura (la hermana y el mafioso), una banalidad (la esposa y su amante fotógrafo), y una inconexión (el dentista enamorado) que, francamente, la elección de Meirelles no hacía prever. El brasileño ha pecado de tolerancia o de excesiva autoconfianza. Lo peor que se puede decir de una obra que invoca a Schnitzler , a Ophuls, a Altman o a Anderson es que termina emulando naderías presuntuosas del tamaño de MAMUT de Lukas Moodysson.

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