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Sección: OFICIAL

Nota: 9

Mínima, triste, lúcida y desalquiladamente vital, THE LONELIEST MAN IN TOWN compone un blues cinematográfico mayúsculo, una cínica elegía fílmica por la que de modo aviesamente aterciopelado y confortable se asoma la hosca humanidad sensible de ese mago del pasmo fumador y chapliniano que es Aki Kaurismaki.

La película es un canto a la singularidad, a la coherencia con uno mismo, a la sabiduría de permanecer en tu existencia sin capitular a los mandatos del tiempo fuera de ella. No cabe otra aseveración tras asistir a la rigurosa radiografía vital a la que es sometido el personaje central de esta severa, tierna y grave película firmada por Tizza Covi y Rainer Frimmel.

El film propone una peripecia existencial sustentada en la total implicación prestada por Al Cook, un histórico del blues europeo. La película parte con un tono despojado, solitario, melancólico. Sus primeras escenas nos describen el modo en el que el músico, ya mayor, se dispone a preparar la Navidad. Los planos supuran soledad, aislamiento, concentración, pero no amargura. Tampoco decadencia. Como si todo cobrara iteración de protocolo convencido.

Se transmite, más bien, una cierta idea de conformidad reparadora en el modo en el que cumple con los rituales de su habitualidad. Destaca sobremanera la pormenorizada descripción que se exhibe de su hogar: una especie de museo de sí mismo, un homenaje pulcro y significativo a su trayectoria. Sus fotos, sus instrumentos, sus muebles, sus pósters, sus colecciones de entradas. De forma tan cálida como efectiva se nos refiere la terquedad convencida de Al en su oficio, en su modo de concebir la música, en su nula apertura a otra concesión ornamental y existencial que no sea la del blues. Capítulo aparte merece el pequeño panteón íntimo (un viejo trastero de sotano) que visita a diario en los bajos del edificio. Allí venera la memòria de su esposa. Una pequeña estancia con retrato, candelabros, velas y un tocadiscos.

El film, de pronto, abandona ese tono casi se diría que documental estático y descerraja un brusco giro tonal cuando entran en escena un par de mafiosos que llaman a su puerta para plantearle un duro dilema. Dado que es el último inquilino de la finca, o acepta la oferta económica que le ofrecen estos enviados por una inmobiliaria que quiere demoler el viejo edificio en el que Al ha vivido desde que nació, o deberá atenerse a unas impías complicaciones y amenazas mucho más que ciertas: los cortes de luz y agua que han sido vistos con anterioridad, comprendemos enseguida, en modo alguno tienen que ver con el azar cómico prefigurado. Al terminará aceptando.

A partir de este momento, la película se convierte en un absorto alegato contra el problema de los abusos inmobiliarios  cometidos por grupos económicos todopoderosos, cuyo poder pasa por encima de los derechos de ciudadanos que nada pueden hacer frente a ello.

Lo sorprendente del film es que, de modo magistral, sin desarticular en ningún momento el tono de una puesta en escena plegada al laconismo y a la apetecía conformidad de Al, no se cierra en banda al drama del abandono del hogar, sino que aprovecha esta inesperada tesitura para proponer una minuciosa, siempre irónica reflexión sobre qué hacemos con los "muebles" (físicos y emocionales) de nuestra vida cuando esta obliga a mudar con todo, a cambiar de sitio, a partir acaso definitivamente. El peso de nuestras cosas cuando ya no hay balanza. Al recorrerá sus objetos. Ellos son él. La película se convierte en uno de ellos. Su vida desalquilada también sonará al blues que lo ha vivido desde siempre. 

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