Camaron Poster


Título: Camarón

Año 2005

Duración 117 min.

País España

Director Jaime Chávarri

Guión Jaime Chávarri, Álvaro del Amo

Música Carles Cases (Canciones: Camarón de la Isla)

Fotografía Gonzalo Berridi

Reparto Óscar Jaenada, Verónica Sánchez, Jacobo Dicenta, Mercé Llorens, Martín Bello, Raúl Rocamora, Alfonso Begara, Manolo Caro, Rosa Estévez, Chiqui Maya, Andoni Gracia, María Isasi, Antonio Garrido

Productora Monoria Films

Valoración 3

Resulta casi de obligada convocatoria que la sección de cine de Slithersmusiczine.com se sume al homenaje que, con motivo del aniversario de su muerte,  hemos diseñado para honrar la memoria del gran Camarón de la Isla. Lo que ocurre es que duele aportar nuestro granito de arena rescatando la película que en el 2005 Jaime Chávarri hizo para trazar la primera semblanza cinematográfico hecha sobre la figura del maestro. No hacía justicia alguna a tan emérito referente.

Sin duda alguna, Jaime Chavarri firmó una de sus peores obras con esta desganada, fallida e inútil CAMARÓN. Resulta muy difícil atisbar, entre tanto dislate, rastro alguno del delicado realizador de EL AÑO DEL DILUVIO, BEARN o, por supuesto, de la que hasta hoy es, sin duda, su mejor obra, aquella desconcertante y fabuladora EL RÍO DE ORO.

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Y la verdad es que, figurando en su historial el dignísimo precedente de la inolvidable y exitosa LAS COSAS DEL QUERER, todo hacía presagiar que Chavarri era un cineasta capaz de asumir el encargo de esta dificilísima andadura, con unas garantías que para nada cuadran con la estrepitosa  marrullería de esta petenera aciaga. Incluso, cuesta reconocer la mano del guionista de esa obra maestra de Vicente Aranda que es AMANTES, el también director de cine Álvaro del Amo, en este producto tan limado de desabrimientos y apuros.

Decía García Lorca en su famoso ensayo "Teoría y juego del duende"  que "los grandes artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que ninguna emoción es posible sin la llegada del duende (...) La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso."  Da pena advertir las antípodas de estos presupuestos lorquianos, precisamente, en la revisitación del artista flamenco más preñado de ángel, genio, experimento y dolor.

La hecatombe que mutila las posibilidades de CAMARÓN es precisamente la ausencia de ese duende emocionador, intangible y prestante,  que trata de definir el eterno poeta granadino. El film anda buscando aire y respira plomo; persigue la captación del misterio resquebrajado de una expresión sonora, y lo que halla es la burla del lugar común, vindicado en él sin recato alguno.

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 No es lícito solventar el perfil de esa figura de talento inaprensible, haciendo encajar cada uno de los pasajes de su vida escogidos, con la misma simplicidad infecunda de quien expide un certificado en un registro civil. CAMARÓN ventea el escarnio de un álbum de fotos roto, acartonado, decolorado. La "calidad de rosa recién creada" no cuaja aquí la magnitud del prodigio que debiera. Se torna hojarasca fotonovelera, goteo trasnochado de remembranza urgente, felpudo de topicazo indigno.

La decepcionante película de Chavarri acusa desde el primer fotograma la dimensión de su núcleo narrativo: la totalidad de la biografía de José Monje Cruz, Camarón de la Isla, para muchos, el más grande cantaor de flamenco de las últimas décadas. Se antoja insalvable tan desmedido designio, pero, quizás, el hecho más desalentador lo propina la absoluta desgana expositiva que registra el veterano realizador.

No hay atisbo de riesgo, de arrojo, de inquietud animadora de este cotarro alimenticio, que no decide jamás huir del biopic folclórico más trillado. CAMARÓN rastrea con prontitud de chascarrillo los puntales biográficos del artista acumulándolos uno tras otro; amontonando lugares comunes y consabidos,  sin decantarse por profundizar en cada uno de ellos. Prima el flash pseudohistórico, la recreación cutre del momento álgido, la superficial verificación del episodio esperable.

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 Hubiera sido mucho más sugestivo un afán investigador centrado en alguno de los hechos aquí malogrados en puro borrón. La misma urgencia del inviable propósito abarcador propicia la levedad quejumbrosa, mostrenca del pésimo repaso, que se va frustrando fotograma a fotograma, bulería tras bulería, pelucón tras pelucón.

Habiendo incidido más extensamente en uno u otro de los pasajes aquí trivialmente pincelados, el dislate hubiera sido, quizás, menos sangrante. Merece un respeto menos chusco todo lo que incumbe a la infancia del cantaor, a sus inicios como artista, a la forma en la que se va incorporando al ruedo de la farándula. Resulta infame el modo en que está saldada la relación con su padre y el fallecimiento de este. La recreación de su infancia, para muchos la etapa más desconocida, no escapa al tópico andalucista más injusto y masticado.

Lo mismo cabría decir de todos y cada uno de los tramos siguientes: su llegada a la gran capital; la toma de contacto con el resto de personalidades que van a ir enriqueciendo y condicionando su carrera. CAMARÓN hubiera resultado mucho más productiva de haberse ajustado, por ejemplo, a la etapa vital del artista en la que su propia necesidad creativa, su afán buscador nada resignado, le fue imponiendo la conquista, el hallazgo de una lamentación revolucionaria e inédita; el quejío cuarteado y abierto que supuso una renovación del género verdaderamente histórica. No resulta de recibo saldar tan crucial hito experimentador con un menesteroso plano de Camarón tocando un instrumento indio.

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 Este famélico afán de síntesis se convierte en la exigua unidad de acción que Chavarri es capaz de disponer para erigir el monumento que se pretende, y, por ello mismo, por tan escaso apasionamiento, por tan romo despliegue visual, por tan cochambrosa puesta en escena, dicho monolito lo único que pide a gritos arrumbados y tangueros es la demolición. Este "potro de rabia y miel" que aquí conocemos, ni entretiene por el camino, ni va ni viene volando: su vuelo tiene el frío duende sin chispa de una flor de plástico. De las que se venden en los almacenes chinos las vísperas de Todos los Santos.

El cine español no supo estar a la altura de uno de los buques insignia más importantes que ha generado la cultura hispana en el siglo XX. Quien quisiere disfrutar de un homenaje audiovisual realmente digno puede revisitar un documental de TVE, titulado TIEMPO DE LEYENDA, en el que de una manera meticulosa, detallada, honesta y emotiva se da cuenta de la revolución musical que supuso el alumbramiento de “La Leyenda del Tiempo”.

De todos modos,  no habrá nunca imagen alguna que pueda esculpir con honda justicia estética la categoría de Camarón de la Isla con la misma resquebrajada sensibilidad que supura su verdadera voz.

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