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Título original: La Mula

Año: 2013

Duración: 82 min.

País: España

Director: Michael Radford

Guión: Michael Radford, Juan Eslava Galán (Novela: Juan Eslava Galán)

Música: Óscar Navarro

Fotografía: Ashley Rowe

Reparto: Mario Casas, María Valverde, Secun de la Rosa, Luis Callejo, Daniel Grao, Antonio Gil, Jorge Suquet, Alfonso Begara, Pepa Rus, Eduardo Velasco, Alfonso Delgado, Selu Nieto, Jesús Carroza

Productora: Coproducción España-GB; Gheko Films / Integral Films

Nota: 7

Adaptación de la novela homónima del escritor jienense Juan Eslava Galán, LA MULA es un film singularísimo por muchas y variadas razones. La primera de ellas, sin duda, la accidentada, polémica intrahistoria de su gestación: el plantón de su director, el británico Michael Radford, a falta de pocas fechas para la conclusión del rodaje por discrepancias económicas con la productora, la posterior sucesión de litigios emprendidos por ambas partes, la forma en la que la productora española afrontó el final del rodaje, las desavenencias con las autoridades cinematográficas del Ministerio de Cultura de nuestro país…

Esta acumulación de desagradables enfrentamientos prolongados durante más de tres años dirime otra evidente peculiaridad: a pesar de la digna entereza del producto resultante, LA MULA es un film que no cesa en ningún momento de manifestar su amputada condición de ejercicio saldado de socorrida manera. El lógico apresuramiento, la consecuente quiebra desorientativa en el trabajo posterior al rodaje en la mesa de montaje pasa su factura. 

El acabado del film desprende la urgencia de las manos ajenas que han debido dejado listo para la sentencia pública. No quiere esta aseveración significarse como una crítica a la decisión de la productora, ni muchísimo menos. A ésta hay que reconocerle el tesón por no permitir que el trabajo realizado concluyera en el baúl de las calamidades inconclusas.  

Antes, al contrario, iría mucho más encaminada a la lamentable decisión del director de procurar ese final a un ejercicio que jamás debió haber permitido esa mudanza autoral: el impecable celo narrativo, la portentosa pulcritud dramática con los que está concebido, el exigente trabajo de guión y producción llevado a cabo durante más de dos años debían haber merecido una solución al entuerto extracinematográfico mucho más respetuosa para con ese esfuerzo.

En otras palabras,  la película visionada permite entrever la soberbia película que pudo haber sido (y lucha nobilísimamente por ser). Contra pronóstico, pasma contemplar la certera verosimilitud que supuran sus planos, aunque la autoría del film fuera depositada en un director extranjero. Entendámonos, LA MULA se sitúa a años luz de la infalible calamidad de MANOLETE. El afán porosamente realista que persigue Michael Radford (EL CARTERO Y PABLO NERUDA) dista palmariamente de la tontuna folklorizante y superficial apostada por Menno Meyjes en la disparatada semblanza del mítico torero.

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Puestos a establecer comparativas desmarcantes, cabe mencionar que, en esta ocasión, esa peligrosa alianza que forman director y autor de la novela adaptada no ocasiona la mengua autocomplaciente y falta de exigencia que, por ejemplo, hemos tenido que padecer en la horrenda TODO ES SILENCIA, de José Luis Cuerda. El trabajo de Radford y Eslava Galán, a tal efecto, es vigorosamente preciso. Por fortuna, las imágenes del film están a la altura de la magnífica aventura novelada por el escritor en el libro.

De la misma forma que en éste nos apercibimos de la emotiva carga autobiográfica (los hechos están basados en las peripecias vividas por el padre del escritor, acemilero en los dos bandos combatientes durante la Guerra Civil española) desde la que está construido, al film resultante de la operación adaptatoria se le nota la precisión observativa, llena de apuntes cotidianos reconocibles que presta la presencia, la autoridad y el control del escritor en el guión dispuesto para la obra cinematográfica. LA MULA es, ante todo y pese al cúmulo de percances que la han condicionado, un ejercicio hondamente sincero.

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El film relata las andanzas de Juan Castro, un acemilero del bando nacional, que en los meses finales de la contienda bélica acaecida en nuestro país desde 1636 hasta 1939, encuentra, perdida en el bosque, a una mula blanca perteneciente al ejército republicano, por la que pronto va a manifestar un apego inusitado. Juan la bautizará con el nombre de Valentina y para ella imaginará un futuro en la finca de trabajo dentro de la que ha estado siempre instalado junto con sus padres en calidad de jornaleros. 

La película narra las peripecias que deberá urdir Juan para conseguir que Valentina quede a su recaudo, al tiempo que contará también las andanzas amorosas de aquel con Conchi, la joven hija de los propietarios de una pensión del pueblo cercano al frente, y, por supuesto, los entresijos propios de un film encuadrado argumentalmente en el cruento episodio histórico mencionado.

Lo primero que, atendiendo al dispositivo dramático pergeñado para la ocasión, cabe resaltar del film es la enérgica apuesta de sus creadores por no caer en ningún momento en esa onerosa tentación configurante que es el maniqueísmo. LA MULA es, en ese sentido, un ejercicio pertrechado de una loable honestidad, en el que la severa, cómica y justificada observación de los hechos y el entorno en el que estos se sitúan priman por encima de cualquier otro elemento que pudiera tornarse tendenciosa interferencia. 

Volvamos a las comparativas. LA MULA no tolera la ninguneadora superficialidad ideológica y dramática que lastraba a la muy deficiente última obra de Benito Zambrano, LA VOZ DORMIDA, o a la olvidable y acartonada LAS TRECE ROSAS, de Emilio Martínez Lázaro. El hecho de que su trama sitúe las andanzas en el bando nacional deviene un hecho atractivamente diferencidor, aprovechado por guionistas y director para ahondar en el retrato particular y cotidiano de los personajes.

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El apego a la figura protagonista es formidable, por lo que la imposición del punto de vista ilusorio, ingenuo, curtido y entusiasta de éste se torna en elemento indispensable para los objetivos de una narración que nunca se   ofusca por la invocación de un mensaje obsesivamente político –y, por lo tanto, empobrecedor-. Prima, por decirlo de algún modo, el afán realista sobre el de invocar una determinada tesis.

No quiere esto decir, sin embargo, que nos hallemos ante una película amnésica, neutral o equidistante, sino ante una película que acude imperiosamente al humanismo esperanzado, ajeno, esencialmente egoísta de un joven soldado, cuyo máximo imperativo no es matar contrarios, sino desear que todo acabe para volver a la vida arrebatada. Valentina será mucho más importante que una guerra en la que ha sido obligado a participar y a la que, poco a poco, va a vislumbrarle las negruras consecuentes. El posicionamiento surge con la revelación a la verdad que el protagonista intuirá para el futuro inmediato.

El itinerario vital de Juan y la visión de los hechos que van a suceder a su alrededor se bastan  para transmitir con suficiencia no solo la sinrazón, la injusticia y la barbarie de la contienda, sino el dibujo de la negrura colectiva que habría de instalarse tras la victoria del dictador. 

A la sentida, encomiable, cabal y ágil contundencia emocional del film, inesperadamente, contribuye de forma mucho más que eficaz la labor de un inmenso Mario Casas, que demuestra como los tics a los que le ha obligado el éxito mediático de su trayectoria han destrozado las posibilidades interpretativas que impone en esta maravillosa creación. Casas presta sencillez, entusiasmo, pureza y sagacidad a un personaje definido con portentosa llaneza. La misma que define esta crónica agridulce de unos seres condenados a la aciaga certidumbre de una victoria que pasó por encima de un país que no la había pedido.

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