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Título original: Stoker

Año: 2013

Duración: 98 min.

País: USA

Director: Park Chan-wook

Guión: Wentworth Miller

Música: Clint Mansell

Fotografía: Chung-hoon Chung

Reparto: Mia Wasikowska, Matthew Goode, Nicole Kidman, Jacki Weaver, Dermot Mulroney, Lucas Till, Ralph Brown, Alden Ehrenreich, Phyllis Somerville, Wendy Keeling, Lauren E. Roman, Tyler von Tagen, Judith Godrèche

Productora: Fox Searchlight Pictures / Scott Free Productions

Nota: 8.5

Perturbadoramente insaciable, afilada y excedida. Así cabe calificar la brillante propuesta de Park Chan-wook. Contra pronóstico de los más desconfiados con este tipo de vaivenes industriales a los que Hollywood nos tiene acostumbrados, consistentes en llamar a sus apetecibles filas a nombres que han despuntado en lares alejados a los de sus posesiones, el ejercicio que ha hecho viajar hasta allí al aclamado realizador coreano no hace sino ahondar exquisitamente en las más caras apetencias del creador de OLDBOY. 

Éste no ha caído en la tentación de vender su alma al dólar, no ha hecho la maleta para merodear la Meca del cine en calidad de turista de crucero con pulsera “todopagada” y  con derecho a sumisión amortizante del pasaje, sino que se ha aprovechado de aquella  para dar rienda suelta a la versión más depurada de sí mismo. Las leyes impuestas por la industria norteamericana no han domesticado un ápice su querencia por la desmesura, sino que han servido de protocolo desde el que encauzar con inusitada elegancia expositiva algunas de las tentaciones más personales que, alguna vez, le han malogrado  el ejercicio entre manos. 

Las dos partes convocadas han salido ganando con la unión de intereses: Park Chan-wook, por su parte, pergeñando una obra genuinamente suya, que, de la autoimposición respetuosa para con el mandato de quien le ha acogido, hace territorio nuevo que explorar en su trayectoria; y Hollywood, por la suya, siendo capaz de confeccionar  un producto que acumula en su interior una dignidad hurgativa e incomodante que ya quisiera para sí el noventa por ciento de las producciones que lanza al mercado su extenuado almacén de escrupulosos sometimientos a la factura de la nada. 

STOKER se nos presenta, en principio, como una incursión en los  parajes del suspense. Un suspense urdido atendiendo mucho más a la naturaleza de los personajes que a la efectividad de los necesarios giros narrativos propios de este género. La ubicación de los datos argumentales importa mucho menos que la atención al comportamiento de aquellos. El enigma es un derrame, un deslizamiento, una pretensión, una incomodidad, no un interrogante al que enfrentar con la clave de su definitiva revelación.

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La trama dispuesta para la ocasión empieza luctuosamente: un accidente de automóvil da al traste con la fiesta del decimoctavo cumpleaños de India. Su padre, tras desaparecer sin dar explicaciones a nadie sobre su salida del hogar,  pocas horas antes de que tenga lugar la fiesta preparada para su única hija, fallece en él. Durante el sepelio, India advierte la presencia de un hombre que no conoce. Se trata de su tío Charles, el hermano pequeño del finado. 

Charles llega al hogar de su familia tras muchos años de ausencia. Su regreso desatará en India una inusitada e irreprimible sensación de vértigo emocional que la arrastrará a una oscura contienda con desconocidas tenebrosidades de interior.  El film, fundamentalmente, narra las hendiduras afectivas que no dudará en activar el tío emplazando a su antojo, en el nombre de una oscura necesidad desestabilizante, un extraño triángulo de atracciones mutuas,  manipulado por él, tanteando siniestramente  la inestable, escasa de apego relación que India mantiene con su madre. El hogar se convertirá en el campo de batalla de una pugna sobre la que sobrevuela aviesamente la voluntad incierta de los tres vértices emplazados en esa turbia geometría.

La fisura principal por la que supura el atractivo principal del film es lo magníficamente resuelto que está el hecho de que, pese a que el desencadenante de toda la ilación de hechos sea la revoltosa, maligna  voluntad del personaje masculino, el peso del relato lo sobrelleve quien parece ser su objetivo y quien, al mismo tiempo, comience a experimentar una serie de atracciones y empeños desconocidos por ella hasta ese momento. 

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El punto de vista del film lo aglutina India y las consecuencias posteriores a la convivencia con el tío. El designio narrativo del film se alimenta en torno a los descubrimientos que sobre sí misma va a ir haciendo la joven según se aproxima, desea, se somete y cuestiona la figura del hermano de su padre muerto.

Lo más importante que cabe decir de STOKER es que se revela como un apabullante recital escénico maquinado por su realizador. Park Chan-wook envenena su cámara con la misma  maligna inquietud que corroe la búsqueda y la obsesión apuñalados en cada uno de sus personajes. El autor de THIRST brinda una personalísima indagación en el territorio siempre comprometido de esa hipnótica depravación que es la semilla de la maldad a punto de germinar el placer de ser ejercida a golpe de ansia. Lo fundamental en STOKER es contemplar el persuasivo dispositivo formal empleado por el director para indagar en el lado más sombrío de sus opacas criaturas. 

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Park Chan-Wook impone un fascinante recital escenificador en el que la posición de la cámara, el hallazgo de determinados objetos, las transiciones visuales entre determinadas escenas, puntuales soluciones narrativas y el aprovechamiento máximo del lugar en el que acaecen la práctica totalidad de los acontecimientos componen una quirúrgica pieza de cámara, con tres instrumentos sonando al albur de una demencia presentidamente incesante. 

El realizador soluciona a la perfección el envite de, por un lado, forzar hasta extremos francamente peligrosos el nivel de verosimilitud de los hechos (STOKER podría ser definida como una fábula terrorífica), aproximándose apasionada y encendidamente a las difusas razones esgrimidas por los personajes para que sus actos sean entendidos y, por otro, amarrar la nitidez expositiva del relato sin que éste en ningún solo momento derrape hacia el delirio caprichoso contra el que en algún, brillantísimamente, amaga con querer estrellarse. 

Sin aparentarlo, el film se expone, desde el principio, a mantenerse firme en el mismo nivel de insanía que esgrimen las criaturas protagonistas. En la impecable perversión desde la que consigue estabilizar los riesgos asumidos al aceptar este envite, halla STOKER  su magnética fortaleza.