Locke 9

Título original: Locke

Año: 2013

Duración: 85 min.

País: Reino Unido

Director: Steven Knight

Guión: Steven Knight

Música: Dickon Hinchliffe

Fotografía: Haris Zambarloukos

Reparto: Tom Hardy, Olivia Colman, Ruth Wilson, Andrew Scott, Ben Daniels, Tom Holland

Productora:  IM Global, Shoebox Films

Nota: 8.4

Ocurre algunas veces que el esperado paso de un guionista a la toma de decisiones tras la cámara no está a la altura de las expectativas creadas en torno a un profesional que, en teoría, debiere conocer bien las reglas del oficio, pese a que el oficio de escritor de cine es bien distinto del de realizador. Hace un par de meses, por ejemplo, tuvimos una buena muestra de ello con la intrascendente LAS DOS CARAS DE ENERO, de Hossein Amini, el reputado guionista de la magnífica DRIVE, de Nicholas Winding Refn. Ésta adaptación de un texto de Patricia Highsmith adolecía de una pasmosa falta de garra narrativa, incapaz en todo momento de lograr la tensión psicológica acumulada en el original literario.

Lo mismo ocurrió hace un año cuando acudimos a contemplar REDENCIÓN, la obra con la que debutaba como director de cine Steven Knight, autor, entre otros libretos, del que Cronenberg partió para esculpir la grandiosa PROMESAS DEL ESTE. La decepción fue bastante sensible por cuanto justamente era una inesperada indefinición en el material de escritura la que provocaba el escaso vuelo de la obra resultante.

Por fortuna, quizás consciente de este reparo, Knight ha decidido, para su segunda obra, ponerse el punto de partida bien alto imponiéndose la tarea de sacar adelante un artefacto narrativo en el que su máxima dificultad es el logro de una concentración dramática complejísimamente exigente. Visto el resultado, cabe decir que no podemos más que calificarlo de auténtica lección de cine puro. LOCKE está a la altura del severo riesgo desde el que está milimétricamente concebida.

Las primeras imágenes nos muestran como un hombre sale de una gran obra en construcción. Tardamos en verle el rostro. Es de noche. Vemos como se traslada hasta su coche y como se cambia de calzado. Una vez se ha desprovisto de su atuendo de trabajo, monta en el automóvil, lo pone en marcha y se traslada hasta un autopista. Como ha quedado dicho, el espectador no tiene la oportunidad de ponerle cara al personaje desde el primer momento.

Esto es así, porque cuando lo haga ya no cesará de hacerlo durante todo el metraje. El film es ese rostro dentro del coche: LOCKE se constituye como un osado ejercicio formal en el que tanto la historia como la puesta en escena de la misma se circunscriben con radicalidad, fiereza y afilada pertinencia al interior de ese habitáculo y al tiempo que el protagonista precisa para llegar al destino que se ha propuesto alcanzar.

locke-8 copyNo vamos a ver ningún  personaje más, no vamos a desplazarnos visualmente más allá de lo que el campo de visión del personaje central permita (interior y exterior del coche, luces del autopista, coches adelantando o sobrepasados, señales de tráfico, carteles de señalización de distancia, puentes, etc.), no vamos a trasladarnos temporalmente a otra demarcación que no sea la de la duración del viaje desde su inicio en la construcción hasta el fin. Podría decirse que el espectador está condenado a asistir a la puesta en imágenes de un monólogo teatral en el que el automóvil se convirtiere en el escenario que le sirve al protagonista para declamar su texto.

Sin embargo, esto no ocurre. La autenticidad cinematográfica del producto es absoluta. Ahí radica el soberbio hallazgo de LOCKE: en disfrutar de la brillantísima operación creativa que dirime Knight, tanto en el guión como en su puesta en imágenes, para que las coordenadas espacio/temporales tan condicionantes, fijas y escasas no se conviertan en obstáculo sino en condición indispensable para la gestación de su asombrosa singularidad.

El guionista/realizador despliega un auténtico festín de efectividad escénica basado en, primero, locke-10un material escrito para la ocasión que, en tan definido y cerrado marco, es capaz de convocar un buen número de líneas narrativas aportadas por los distintos personajes con los que el protagonista, un intachable jefe de obras a cuyo cargo está a punto de realizarse un edificio de extraordinaria magnitud,  se pone en contacto mediante el dispositivo manos libres (la mujer que ocasiona su marcha del trabajo y la decisión que motiva todos los conflictos, su jefe superior y su empleado de confianza, que son las víctimas laborables directas tras el precipitado abandono y, finalmente, su mujer e hijos, a quienes tendrá también que rendir ciertas cuentas); y, segundo, en la nerviosa, atenta, opresiva  forma con la que la cámara escudriña en la angustia, el desamparo y la pericia laboral del acosado personaje central.

La solvencia como guionista de Knight la avalan la precisión, la riqueza y la eficiencia de sus espléndidos diálogos. Mediante ellos, se perfila tanto el carácter de Ivan Locke (su lealtad, su rigor, su competencia y exigencia laborales: un impresionantemente contenido y ajustado Tom Hardy) como la desazón provocada nada más arrancar el coche y ponerse en camino hacia un hospital en el que le aguarda una cita que le va a hacer tambalear los cimientos de su vida.locke-11

LOCKE podría quedar resumida como la fábula del perfecto albañil al que la vida se le va a caer, de pronto, como un muro de ladrillos de contención imposible. El realizador sabe captar a la perfección las distintas congojas, los súbitos recelos, el variopinto catálogo de ánimos exacerbados que se le acumulan al conductor en su teléfono, así como la inercia noctámbula, solitaria, reflectante, borrosa e incierta que presta la oscuridad del periplo viajero en carretera.

Sólo la arriesgada decisión de dirimir una subtrama que tiene que ver con el pasado de Locke permite que no estemos hablando de una obra redonda por completo. Además de extemporánea, resulta un tanto inútil y antipática por cuanto permite un cierto fatalismo determinista, que empobrece y distrae la riqueza de apuros y malestares que presta la circunstancia presente hostigante. Pese a ella, la validez de esta pequeña maraña de aviesamente hilvanados dilemas increpa, reclama y se adueña de la atención del espectador como una pedrada en el parabrisas de una ambulancia en marcha y con la sirena en rojo sonando.