Cronica Sufjan Stevens Madrid

La agradable certeza otoñal instalada en la ciudad de Essen se imponía sin esfuerzo como apetecible preludio de una inolvidable noche de música a cargo del mejor recurso indagador que le queda a la lírica musical contemporánea. La gira europea de Sufjan Stevens se detenía en la capital alemana para disfrute de todos los allí congregados, que tenían la esperanza de acudir a la concreción en vivo y en directo, a la escenificación del verbo hecho carne autobiográfica de ese lamento confesional estremecedoramente incómodo llamado CARRY & LOWEL, sin lugar a dudas, el mejor disco brindado, hasta la fecha, durante el presente 2015: resulta del todo imposible ponerle un solo pero a esa majestuosa concatenación de dolor, asperezas y conciliaciones personales.

Por supuesto, el recinto elegido para la ocasión rebosaba esa ferviente plenitud que revierte un aforo completo. La exquisita, acogedora estética industrial dispuesta por el formidable Colosseum Theater preconizaba la perfecta adecuación a la necesidad de amplitud y recogimiento que, intuíamos, iban a ser requeridas por el de Detroit: las letras y las desnudeces expuestas en todos los textos incluidos en CARRY & LOWEL parecían que nos iban a guiar por entre los austeros recodos de una noche propicia para el susurro, la verdad escueta y la revelación doliente.

De sobra conocido por todos, el último álbum de Stevens parte de la profunda necesidad del compositor por cuestionar, desafiar, maldecir, encajar la muerte de su madre, instalado con autenticidad, sin retóricas melodramáticas consabidas, en el peso profundamente inconformista e interrogante de quien se revela ante las puyas de las aristas y los vacíos cotidianos consecuentes a una pérdida de esa magnitud. En Essen, estábamos todos dispuestos a celebrarle con entrega total la insólita originalidad de ese duelo.

La intervención de la joven canadiense, Basia Bulat, en calidad de encargada de dar inicio a la esperada ceremonia de agrestes quejidos irreverentes, muy pronto se antojó como muy idónea. Desgranando con extroversión, frescura y apasionamiento algunos de los temas de su notable TALL, TALL SHADOW, Bulat dio evidentes muestras de su pericia con varios instrumentos (el autoharpa, entre ellos), de su alta calidad vocal y de una convencida soltura encima de un escenario que, pese a la soledad de su fisonomía , no se le hizo pequeño en ningún momento: su folk cómodo, desinhibido y puesto al día causó una muy grata impresión a un público que, claro está, esperaba con ansias la irrupción del todopoderoso.

El genial autor de ILLINOISE no tardó nada en apoderarse de la atención del personal. Su voz, las teclas del piano, la oscuridad de la puesta en escena y la precisión de las voces acompañantes en la sepulcral y escueta “For Yia-Yia & Pappou” se convirtieron rápidamente en el concentrado recibimiento a lo que, sentados en las butacas del Colosseum, todos los entregados a su causa esperábamos con el ansia en pie.

Sin embargo, Stevens se guardaba un alucinante as en la manga: la acreditada capacidad para el desconcierto que tan magistralmente sabe deparar en directo hizo que los cimientos de lo esperable se tambalearan con celeridad. El intimismo desolador, la tristeza desquiciante e impía, la distensión luctuosa, el cuestionamiento existencial deparados con estruendosa sencillez e iracundo despojamiento ornamental el disco dieron paso a una abismal metamorfosis: uno por uno, los temas de CARRY & LOWEL iban a sonar, pero de un modo radicalmente distinto al original. El todopoderoso había decidido mutarle la música a la oración y, digámoslo con rapidez, el resultado fue demoledoramente radical y, por lo tanto, endiabladamente memorable.

“Death With Dignity”, “Should Have Known Better”, “Drawn to the Blood” y todas las demás, acompañadas audiovisualmente de una trasfondo en el que se proyectaban troceadas imágenes domésticas de la infancia y adolescencia del creador de ALL DELIGHTED PEOPLE, sonaron respetando al máximo la sensible irascibilidad desde las que están generadas, pero reclamándose nuevas, trastocadas, complejizadas musicalmente gracias a la aportación de una impecable y justificada lección de arreglos electrónicos, todos ellos ejecutados en directo por un disfrutador Stevens y su soberbia banda, con una fantasmagórica precisión envolvente, turbia, drástica e inesperada. Cabe destacar que el sonido cuajado en la gran sala del Colosseum sólo merece una calificación: la de celestial. La ceremonia, allí, alcanzaba su máxima exigencia de plenitud extraña y arrebatada. Sufjan había encontrado el perfecto Mar Rojo que levantar de aguas con la potencia de sus dolientes mandamientos mutados en agresividad, ritmo y desprejuicio.

Tras unas versiones intensamente fértiles y conmocionadoras de “John My Beloved”, “Fourth of July”, “No Shade in the Shadow of the Cross” o “Carrie & Lowell”, el espíritu inconformista, experimental y generosamente desestabilizador (con el que, por ejemplo, está saldado THE AGE OF ADZ) se apoderó por completo de la liturgia y, ya en el final de la primera parte, se desahogó a fondo descerrajando auténtica dinamita combativa en forma de “Vesuvius” y “I Want to Be Well”, pero, sobre todo, manipulando a bocajarro una inalcanzable versión de más de diez minutos de duración de “Blue Bucket of Gold”. Ahí la cuestión era ver quién era el parido que pedía primero que lo bajaran del milagro.

La ovación dispensada, cómo no, obligó a que la fiesta siguiera. Otros cinco temas (“John Wayne Gacy Jr.” y “Chicago” entre ellos) sonaron para que la furia de ese final impensado diera paso al reencuentro con el Stevens que esperaban todos aquellos que, dos horas antes, no sabían que se encontraban ante el concierto más inolvidable de su vida. Quien esto escribe, desde luego, milita entre ellos. Gracias, Mr. Stevens, uno no tiene la oportunidad todos los días de sentir que le han ungido la emoción con un algo que pudiera acercarse muy mucho a un susurro del dios al que usted le ha espetado su enfado.

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