Prince Avalanche1

La bosnia AN EPISODE IN THE LIFE OF AN IRON PICKER no termina de cuajar y la francesa CAMILLE CLAUDEL 1915 cuaja mal de cuerpo.

PRINCE AVALANCHE, de David Gordon Green

Nota: 8

Poseedor de una interesante aunque irregular trayectoria, el norteamericano David Gordon Green cuaja con PRINCE AVALANCHE la que, sin duda, es su obra más madura, más honda y más sabia. Las características de los dos personajes, las circunstancias que les atañen y, fundamentalmente, el marco geográfico tan especial en el que se todos ellos confluyen exigían la labor de un realizador veterano, capaz de armonizar con tacto la abrumadora tensión desestabilizante y extrañadora que lo vigila de fondo perennemente. Gordon Green demuestra poseer esa habilidad para la porosa captación  de los personajes y del aire raro que les toca respirar.

Año 1988. El film tarda muy poco en desvelar el desolador ámbito espacial por el que han de transitar los dos protagonistas del film. El espectador es arrojado a ese paisaje tiznadamente reseco, devastado e inerte que es el consecuente a un gran incendio forestal. En él habrán de convivir durante varias semanas Alvin y Lance trabajando en las tareas de repintar las señales del asfalto de la carretera que cruza todo el territorio quemado, concretamente la línea continua y discontinua del centro del asfalto. PRINCE AVALANCHE, como es de esperar, fundamenta su recorrido argumental en torno a la relación de los dos dispares personajes.

Alvin, el mayor de los dos, es un tipo tranquilo, sosegado, de vida completamente clásica, un poco chapado a la antigua, que confiesa tener el firme propósito de aprovechar esa estancia en ese solitario lugar alejado de su vida cotidiana para reflexionar sobre ciertos  planes de futuro, fundamentalmente sobre su relación amorosa con la hermana mayor de Lance, su compañero de trabajo. Lance, por su parte, tarda muy poco en revelar que la experiencia dista mucho de agradarle, pues ese forzado retiro lo aparta de sus fiestas, sus ganas de sexo y sus amigos.

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PRINCE AVALANCHE gesta su calmada firmeza en la forma con la que el director huye de los tópicos en los que suelen zambullirse de pleno los films que, como eje vertebral, tiene el consabido choque de caracteres encaminándose hacia el final de acatamiento mutuo. Lo consigue mediante la coherencia con la que no desiste un solo momento de respetar dos importantes premisas escénicas: de un lado, no cargar demasiado las tintas en el subrayado de las características diferenciadoras de los dos personajes y, por otro, posibilitar el aprovechamiento máximo de la demarcación espacial que los acoge.

Pese a que Alvin y Lance están pincelados atendiendo a dos comportamientos antitéticos, sin embargo tales diferencias no son el insistente objetivo a evidenciar. Quizás éste último sea el observar el modo en que ambos acatan la sepulcral espacialidad en la que tienen que convivir. PRINCE AVALANCHE tiene hechuras de “road movie” despojada, quieta,  extraña, telúrica,  con personajes que el camino obliga a conocer (impagables la anciana que busca recuerdos entre los restos de su casa y el anciano camionero que los atiborra a alcohol), en el que en lugar de un vehículo y una larga distancia iniciática aquí hallamos una máquina de pintar carreteras y los pasos cortos de quienes tienen que manejarla. 

El desarrollo del guión atiende más a la adaptación de los dos protagonistas a la yerma agresividad sin vida del entorno que a la búsqueda de situaciones hilarantes. De ahí que como comedia PRINCE AVALANCHE sea mucho más recogida y sinuosamente irónica que desternillante a toda costa. A tan meritorio logro ayudan de modo formidable las interpretaciones de Paul Rudd y Emile Hirsch: los dos actores bordan esa  verosímil,  abstraída y expansiva implicación desorientada que define al comportamiento de esos dos robinsones en tierra quemada sobre los que bascula el peso de esta singular, lograda y afable propuesta.

CAMILLE CLAUDEL 1915, de Bruno Dumont

Nota: 3

Autor de una de las trayectorias más controvertidas del panorama actual del cine europeo (sus participaciones en los distintos certámenes a los que suelen acudir sus propuestas desatan enconados enfrentamientos, como ocurre, por ejemplo, con el austriaco Ulrich Seidl), el francés Bruno Dumont se atreve a explorar en la biografía de una de las enfermas más célebres de la historia artística de su país.

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Nos estamos refiriendo a Camille Claudel, la escultora discípula de Rodin, hermana del dramaturgo y poeta Paul Claudel, quien, tras su fracaso afectivo con el primero, quedó presa de un grave trastorno mental, fruto del cual, por orden expresa de su familia, fue ingresada en un sanatorio mental del que jamás, pese a los desgarradores ruegos a su hermano, fue autorizada a salir. Allí murió, tras permanecer recluida entre auténticos discapacitados mentales durante treinta años.

La propuesta de Dumont es, hay que reconocerlo, muy arriesgada. El planteamiento frontalmente naturalista que propone, de entrada, tiene mucho interés. La película comienza con la presentación del personaje central ya dentro del sanatorio al que, contra su deseo, fue obligada a consumir su existencia. El francés obvia cualquier planteamiento historicista al uso: no nos hallamos frente a un análisis de las causas que condujeron a Camile hasta allí, sino a una crudísima observación de su estancia entre seres perturbados.  

Dumont, antes que cualquier asomo de biopic alguno, busca la contemplación de un cuerpo que clama su cordura rodeado de otros cuerpos sumidos en la más que evidente e incurable enajenación. El film se quiere experiencia, análisis de un comportamiento atormentadamente angustiado, choque de rostros, contemplación inclemente y abigarrada de la locura. El problema es que CAMILLE CLAUDEL 1915 es un film agotado en el tan riguroso como escaso bagaje de su intencionalidad. 

Cualquier otro propósito queda degradado a morbosa contemplación del llanto ficcionado de una actriz expuesta a la observación casi animalesca de su convivencia con rostros pertenecientes a enfermos auténticos. La perturbadora chispa que salta en el primer momento en el que el espectador toma conciencia de la cruda magnitud contemplativa  a la que es convocado (Juliette Binoche presta una inconmensurable implicación a la encrucijada física que le ordena el realizador), se consume ante la huera insistencia de la única coartada que exhibe el film: esa citada disputa corpórea entre fisicidades contrapuestas. 

Dumont parece empeñado en rescatar el dolor de la humillada celebridad, pero termina hartando por exceso de obstinación. Entre lo insano y lo abyecto se dirime siempre una frontera que al francés le da mucho gusto saltar. Ha películas que terminan evidenciando el manicomio de quien las filma.

AN EPISODE IN THE LIFE OF AN IRON PICKER, de Danis Tanovíc

Nota: 5

Autor de la magnífica y exitosa EN TIERRA DE NADIE, el bosnio Danis Tanovíc pretende en esta voluntariosa AN EPISODE IN THE LIFE OF AN IRON PICKER poner su cámara al servicio de una propuesta de carácter frontalmente denunciativo, de esas que son aglutinadas bajo el concepto de cine social. En concreto, con la situación de ominosa precariedad en la que vive  el colectivo gitano afincado en su país. De hecho el sesgo documental del ejercicio es bastante furibundo, pues los dos actores no profesionales encargados de encarnar la odisea a la que vamos asistir son los protagonistas reales de la peripecia ahora relatada en imágenes.

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Ellos son Nazif y Senada, un matrimonio gitano humildísimo que, junto con sus dos hijas pequeñs,  vive en las afueras de la capital, en un pequeño barrio sito junto a un bosque. Las primeras escenas del film nos dan de bruces con la dura cotidianeidad a las que les obliga su bajísima extracción social. Se intuye la ausencia total de recursos retóricos que va asumir la puesta en escena privilegiada por Tanovic. 

Las imágenes del interior de la casa y el hecho de que para calentarla Nazif se vea obligado a talar un árbol del bosque vecino se antojan el prólogo de la escena mediante la cual nos apercibiremos del oficio de éste: Nazif es chatarrero. A demandas de un compañero le veremos emplearse a fondo para destrozar un coche abandonado, para posteriormente ir a un desguace cambiar por dinero el material metálico extraído. La crudeza del invierno, las dificultades cotidianas impuestas por el encono meteorológico abundan en el esfuerzo diario al que son obligadas estas vidas.

El escasísimo entramado argumental del film lo deparará un fuerte dolor en el abdomen que le sobreviene a Senada.  Un primer informe médico halla muy pronto la causa: la mujer ha perdido el hijo que esperaban y debe serle practicado un aborto. El matrimonio no tiene tarjeta sanitaria y debe pagar la operación. El presupuesto que les dan es altísimo y no pueden pagarlo. El personal médico, por ello, se niega a realizar la intervención y, pese al reclamo de marido,  mandan de vuelta a casa a la mujer apercibiendo de la gravedad de la situación.

AN EPISODE IN THE LIFE OF AN IRON PICKER resulta un film tan necesario como visto, al que le pesa notoriamente el exceso de buena intencionalidad de partida. La realización del director serbio peca, además, de recelo mostrativo. Quizás por medir mucho la cautela frente a un material tan proclive a la alharaca, al patetismo,  a la crudeza y a la demagogia, Tanovic  no dota de garra intensiva  ni de densidad apremiante   –con excepción de una soberbia que no desvelaremos-  a la acción descrita en el interior de las escenas. Hay un abuso un tanto molesto de la cámara en plano persiguiendo a los personajes de esta fallida crónica del estado de ciertas cosas en ciertas partes del mundo al que, por desgracia, cada día nosotros nos estamos acercando.