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Sección: OFICIAL

Nota: 9

Intuida, callada, intangible y severamente aproximada, NINA ROZA se postula como la obra de una joven realizadora a la que cabe albergar un futuro lleno de excelencia y hallazgo. Esta su segunda obra la acredita como una creadora audiovisual convencida de las indescifrable capacidad de la imagen cinematográfica para con la entraña, la indefinición, el interrogante. Para con la vidriosa delicadeza hiriente de lo súbito hecho tormento  irrefutado.

La película no tarda en proponerse como la radiografía de un hombre de pronto sobrepasado por una subjetividad expuesta a la herida del desarraigo y la culpa posible. Se llama Mihail, un búlgaro afincado en Canadá con una hija de unos 30 años. Mihail es un introvertido especialista de arte contemporáneo al que el comisario de un museo le encomienda la tarea de ir a Bulgaria a verificar los cuadros pintados por una niña que se ha hecho viral en Internet gracias al talento demostrado en ellos. Poco antes de irse su hija le pide alojarse en su casa. Él intuye que algo no va bien, pero ha de marcharse. El choque con la realidad de una Bulgaria que no visita desde hace 28 años comienza a cobrarse un taimado, taciturno desasosiego.

La realizadora se adhiere por completo al itinerario parco en expresividad emprendido por su protagonista. Desde el sigilo y la reserva impuesta por su carácter, aquella es capaz de explorar las distintas dinámicas dramáticas que le irán asaltando: el reencuentro irreconocido de su pasado, el peso de la realidad geográfica y lingüística abandonada, la tesitura de saberse parte económica cómplice con la explotación artística de la niña, el impacto que las quejas de esta le produce, y, a partir de este, el cuestionamiento de su tarea como padre.

Resulta asombrosa la capacidad para ahondar en el grave secretismo del personaje central mediando un trabajo con la cámara tan escrupuloso y oscuramente sensible como es el comportamiento del personaje dentro de la historia. Dulude-de Celles profundiza en él sin obsesionarse con las resoluciones a los conflictos. Estos quedan convertidos en vacilaciones escrutadas, en cavilosidad brumosa y acechante, en lienzos sobre los que el espectador se verá obligado a coger el pincel de su presentimiento. 

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