M O

Sección: OFICIAL

Nota: 8

Ternura esquinada, machacante, solitaria, en blanco y negro, acechada y luchadora. La ternura es un insecto al que no procede aplicarle la suerte gaseosa de un insecticida. Una fiebre que no precisa termómetro para ser notada. Nunca hay "game over" para ella. Algo así parece querer decirnos Fernando Eimbcke en su última obra. MOSCAS vuelve a confirmarlo como un experto en el minimalismo escénico, en el humor pequeño y resquebrajado, en la espontaneidad a regañadientes.

La película principia en la amargura y en la antipatía de un personaje femenino agobiado por las moscas que entran en el piso donde vive sola. Un apretón económico le obliga a poner en alquiler una de sus habitaciones. Al aviso le responde enseguida un hombre que ha llegado a la capital para cuidar a su esposa, que está tratándose de un cáncer. Este no le cuenta que no viene solo. Para ahorrarse un dinero, el hombre cuela en su cuarto a Cristian, su hijo de unos 10 años. El film narrará las vicisitudes convivenciales entre los tres personajes, toda vez, claro está, que la casera descubra al pequeño inquilino no pactado.

Con estos pocos elementos, MOSCAS va a ir forjando un sensible relato de interrelación a la fuerza, que escapa a la tentación del tópico por el tiento que el guión dirime para no forzar la verosimilitud de los acontecimientos.

Aquel, como cabe prever, desembocará en el mutuo acercamiento que se verán obligados a negociar el niño y Olga, la casera. La mesura en esta obligada inèrcia narrativa verá atenuado el peligro de una sintonización caprichosa o artera  al ser involucradas estrategias argumentales como la precariedad económica del padre, el off hecho sobre la figura materna, la inicial impiedad de la casera (la escrutación en ella) y, sobre todo, la pasión de Cristian por la máquina callejera de invaders. El aprovechamiento de este artilugio lúdico es mayúsculo: funcionará como vía de escape del protagonista, como metáfora explicativa de la enfermedad de su madre, como instrumento mediante el que aquel logrará algún que otro mandato y, finalmente, como inesperado y soberbio nexo con Olga.

No cuesta nada advertir en las andanzas, las picardías, las ingenuidades y desinhibiciones del pequeño una suerte de reivindicación de un neorrealismo urbano y melodramático que el tacto observador del director mejicano consigue estimular con una precisa, despojado honestidad. 

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