Birra

COLO, de Teresa Villaverde

Nota: 8.5

Soberbio film de Teresa Villaverde. La ya veterana realizadora lusa impone un áspero artefacto escrutativo mediante el que logra trazar una severa reflexión en torno a los ponzoñosos efectos expansivos que la grave crisis económica actual está ocasionando en los seres humanos que la están padeciendo. COLO es un categórico directo en la mandíbula. Cine cavilado desde la reflexión y desde la racionalidad, carente de asideros confortables para el espectador que la contempla, y compendiado con voluntad decepcionadamente interrogativa. No se plantea dar soluciones, sino complejizar el remordimiento de una disgregante constatación: nos hemos convertido en juguetes rotos con la posibilidad de reparación más desintegrada todavía. Se ha generado un mal de fondo, dentro del cual sólo aspiramos a ser náufragos allegados a una isla flotante azotada por un oceánico naufragio superior.Colo 3

La película escudriña en el malestar de una familia portuguesa. El padre lleva en el paro mucho tiempo y está desesperado. La madre llega exhausta todas las noches porque reparte el día entre dos trabajos distintos. La hija se halla inmersa en sus estudios. COLO basa su escrutación en el seguimiento pormenorizado de la aflicción generada en cada uno de ellos. Nos hallamos frente a un film en el que lo fundamental va a ser la observación prestada a cada una de las decisiones a las que ese magma depresivo motivado por la carestía y la falta de esperanza en una próxima mejora va a obligar a tomar a cada uno de los personajes. Villaverde se adentra en esa grisura obligando a su cámara a la contemplación discreta y precisa, a una violenta paciencia cruda, vaciada de cualquier tentación estridente o subrayadora, sin que adquiera posicionamiento confesor, sino más bien de anotadora fiel de los distintos desencantos, de la progresión en la desgana, del cotejo de ese contagio del que los tres personajes son pacientes.Colo 1

COLO abruma por la hondura de su inercia analítica. La película dista mucho de caer en el desgarro frontal o en la ilación de reverberaciones trágicas. Se impone un análisis en el que la mirada del espectador ha de convertirse en testigo casi forense de una situación dispuesta a ser sometida a un emplazamiento quirúrgico. El diagnóstico resultante resulta devastador para el afectado: el núcleo familiar va a verse asaltado por ese furibundo enemigo que es la carestía. El film, en el fondo, radica en esta imposición la dureza de su tajante apropiación escénica. Dentro de este inmisericorde engranaje capitalista contra el que hemos genuflexionado cualquier posibilidad de escape, no vale la pieza oxidada, inservible, descartada por la maquinaria. La alimentamos como lacayos que a ella ofrecemos nuestro trabajo. Quien no tiene trabajo, no vale. La persistencia en ese rol de apestado acaba por aniquilar la esencia de esa célula fundamental que es la familia. El padre de la familia auscultada cumple ese papel engendrador de los desajustes, de los fastidios, de las mermas.

Nos hallamos ante un film adusto, de opaca humanidad intimista, de transcurrir reposado, impíamente expositivo,  que se toma su tiempo para asaltar la magnitud del desarraigo que va a ir emergiendo. De modo especial, en la figura de la hija; no en balde en su mirada da inicio la intrusión maquinada por el guión. A través de sus ojos, en una magnífica secuencia de arranque vamos a ver cómo sigue el mutuo desencuentro de sus padres en la calle desde la ventana de su habitación en el piso. Los dos adultos salen a buscarse y tardan en encontrarse. Desde ese planteamiento descoordinado, Villaverde irá trazando la ruta hacia la descomposición total de la célula. Cada uno de los integrantes responderá con sus escasos medios a una infelicidad instalada en calidad de zozobra crónica. Pesimista, necesaria,  ardua, silente, de modos ansiosamente realistas y razonados, COLO viene a confirmar la validez de una cineasta forjada en el principio de la exigencia radical y fecunda.

 

THE PARTY, de Sally Potter

Nota: 7.5

Sally Potter puso patas arriba el festival mediante una afilada, milimétrica y divertidísima pieza de pura artesanía cinematográfica, en la que muestra unos inesperados modos escénicos ajustadamente modestos y efectivos, en modo alguno equiparable  a las veleidades estetizantes y fotogénicas que nos ha deparado alguna vez en el pasado. Pese a su aparente origen teatral, un envenenado guión original escrito por ella misma hace coincidir a un grupo de siete personajes en un único espacio cerrado:The Party 1 la casa de un matrimonio que decide dar una fiesta a sus amigos más íntimos pues tienen un muy feliz acontecimiento que celebrar: el nombramiento de ella como ministra del gobierno del país.

El meollo argumental viene definido, en primer lugar, por la incertidumbre de las intenciones de algunos de los invitados, en segundo lugar, por las incómodas interrelaciones que algunos de ellos no tardan en exhibir entre sí, y, finalmente, por la revelación a bocajarro que uno va a descerrajar, provocando lógicamente que el rumbo de los acontecimientos vire de forma impensada. La trama servirá también para que, poco a poco, vaya emergiendo un discurso de fondo muy crítico con la deriva de muchos de los mitos culturales y políticos de hace unas décadas, inmersos ahora en una franca decadencia, instalados en el reverso acomodado de su proclama: feminismo, socialdemocracia, fe en la política, pensamiento hippy y contracultural, capitalismo atroz, todo un magma de desaliento y acatación va a verse supurado mientras la velada avanza.

Unos actores en estado de permanente acidez atenta y precisa (en especial Bruno Ganz y Patricia Clarkson), unos diálogos y unas réplicas atiborrados de demoledora sosa caústica, de opípara metralla descarnada, de, en definitiva, crueldad desencantada y patética, y, sobre todo, el perfecto dominio de tiempos, posicionamientos y microespacios que ejerce el control de la realizadora para que no cunda una, dada la osada progresión de acontecimientos, más que posible pérdida de la verosimilitud cinematográfica, hacen de THE PARTY un auténtico festín fílmico, pequeño, raudo, cínico e intenso como un Polanski desinhibido y ponzoñoso.

 

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