Submarine Cartel

Título: Submarine

Año 2010

Duración 97 min.

País U.K

Director Richard Ayoade 

Guión Richard Ayoade (Novela: Joe Dunthorne)

Música Andrew Hewitt (Canciones: Alex Turner)

Fotografía Erik Wilson

Reparto Craig Roberts, Yasmin Paige, Sally Hawkins, Paddy Considine, Noah Taylor, Darren Evans, Elinor Crawley, Steffan Rhodri, Gemma Chan

Productora Coproducción Reino Unido-EEUU; Film4 / Film Agency for Wales / Red Hour Films

Valoración 8.5

Parecerse a alguien no debe ser planteado como un demérito. Cabe descalificar el calco inútil, degradante o superficial, pero invocar a un ilustre precedente, en principio, no debería bastar para desacreditar la intentona de un creador en ciernes. En tiempos en los que la originalidad parece condenada a esa nula expresión que es el veto, conviene saludar el más mínimo atisbo de quiebro a lo transitado, aunque sea a costa de sancionar similitudes con un referente que haya hecho del desmarque la razón de su consagrado reconocimiento.

Digámoslo claramente: lo peor que le podría ocurrir a un admirable ejercicio de estilo como SUBMARINE es que su pronta remembranza para con el universo del personalísimo Wes Anderson pesara en su contra. El debut de Richard Ayoade no merece ni muchísimo menos ser despachado como una aventajada intrusión en los parajes creativos característicos del autor de MOONRISE KINGDOM. Argumentar esto sería minusvalorar indebidamente los logros de una ópera prima que deja entrever unos modos autorales validísimos, admirables, y preñados de ese sano desconcierto que acompaña a todo lo que expele un descubrimiento insólito.

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Reputado creador de video-clips musicales para grupos tan señeros como Artic Monkeys, Super Furry Animals, The Last Shadow Puppets o Kassabian,  Ayoade nos propone una curiosa historia de amor adolescente que es mucho más que una historia de amor adolescente. Es más, podríamos decir que SUBMARINE es una historia de amor adolescente que se fuga de lo que cabría esperar a una historia de amor adolescente. En ese matiz inesperado, desconcertado, escapista y absorto es en donde la historia de chico se enamora de chica, desde el prisma planteado por el realizador, descubre su vasta incomodidad indagante, su frondosa lucidez subjetiva y su abigarrado lucimiento experimental. Ayoade nos propone una hipnótica odisea afectiva distinta, desmesurada en hallazgos, extraña, obsesiva y vital, que, finalmente, revela una desesperada deliberación sobre la encrucijada del amor cuando se comienza a saber lo que es.

«Mi nombre en Oliver Tate. Supongo que puede parecer pedante pero a veces desearía que una cámara siguiera cada paso que doy como si fuese un documental de un influyente pensador que lucha y acaba perdiendo atrozmente. He intentado fumar en pipa, lanzar monedas y escuchar canciones de desamor en francés, pero nada de esto funcionó, hasta que Jordana se cruzó en mi vida». Con la pronunciación de estas palabras mediante el uso de la voz en off del protagonista da comienzo el film. No es gratuito que esto ocurra así: el discurso en primera persona va a caracterizar de forma apabullante a toda la contemplación de los acontecimientos. De hecho, más que de narración de los mismos, a lo que el espectador va a acceder es al cúmulo de percepciones que Oliver va a ir asimilando según avanza su conocimiento de Jordana. 

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La labor fundamental de Ayoade, precisamente, será la de acatar el deseo expresado por el protagonista en esas palabras primeras que, por lo tanto, gracias a ello la categoría de declaración de intenciones. El realizador se somete por entero al imperativo de convertirse en esa cámara que él desea que le persiga cual si hubiera una alteridad tratando de pergeñar un documental de sí mismo.  De ahí que la propuesta sea tan radicalmente personal, unívoca, exasperante y coherente, pues, en el fondo, no es sino la virulenta radiografía de un profundo ensimismado adolescente, al que la llegada del primer amor le va a acumular la existencia de incertezas, de entusiasmos y de frenesís. 

La película es Oliver y las circunstancias de su pasión por Jordana. La dificultad del reto de Ayoade es mayúscula pues el perfil de ella es tanto o más complejo que el de Oliver. Jordana es un personaje con la inocencia chafada con un tacón muy fino. Cabe afirmar que el debutante largometrajista sale muy airoso del empeño, pues logra atrapar contundentemente la visión que Oliver tiene de ella, sin que en ningún momento este omnipresente posicionamiento subjetivo escamotee el más mínimo rasguño al temperamento firme, posesivo, convencido, caprichoso y maduro de aquella. 

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Claro está, habiendo mentado al principio de este artículo la referencia de Wes Anderson, resulta obvio que la forma privilegiada por el director para acercarse a esa historia de afectos incipientes no es en modo alguno la esperada. Desde el primer fotograma advertimos que Ayoade encauza la captura de los hechos dentro de un personalísimo artefacto formal que desprecia cualquier asomo de clasicismo. Sin embargo, no podemos decir que Anderson sea citado abiertamente, pues la puesta en escena de Ayoade no deviene tan reencuadrada, tan de viñeta, tan de muñeco recortable o guiñolesco como la que caracteriza a las obras del creador a VIAJE A DJARDEELING. La ambientación del film rezuma, pese a lo alambicado de su plasmación, un naturalismo y una probabilidad  que la aleja del universo “anderesoniano”.

La solución visual emplazada es, por lo tanto, absorbentemente imprevista y deliciosamente contemporánea: los cambios de texturas contemplativas, los efectos fotográficos, los movimientos de cámara en mano casi adhesivos y de urgente persistencia, los fundidos a color, los juegos con la luz natural, la planificación intensa, cortante y atenta a la celeridad de sensaciones transmitidas por el impulso y la recepción de Oliver… multitud de recursos audiovisuales imbricados con una deslumbrante solvencia que no rechinan jamás sino que abundan en la naturaleza desesperadamente confesional que origina la narración. 

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Ayoade reivindica su sapiencia artística preferente, permitiendo que se evidencie su pasado como realizador de video-clips sin que este alarde ornamental aplaste la abrumadora sinceridad que rezuma toda la propuesta. Esa potente profusión de  recursos escénicos lo que logra es intensificar la hondura del retrato de la pareja protagonista y, fundamentalmente, la nerviosa urgencia que impone la voz y las vivencias del protagonista.  Las canciones música de Alex Turner se adecuan festiva e ingenuamente a la voracidad expresiva con la que se ejecuta la introspección de Oliver. 

Además un viraje dramático como el que dirimen la crisis matrimonial de los padres del protagonista, la incorporación del personaje del alucinante vecino y los problemas de salud de la madre de Jordana está desarrollado con la misma extrovertida templanza dirimida desde el principio. SUBMARINE hace de su extraña autenticidad un bastión tan intratable como atractivo. La sencilla tristeza que tiñe la mayoría de sus imágenes gotea emoción auténtica. Richard Ayoade regala un film al que le beneficia sobremanera que sepa transmitir el disfrute de quien la ha hecho. Una auténtica sorpresa. Llega tarde, pero ha llegado.