Utama 1

Título original: Utama

Dirección: Alejandro Loayza Grisi

Guion: Alejandro Loayza Grisi

Reparto: Luisa Quispe, José Calcina, Santos Choque

Nota: 8.7

Comentario crítico:

En UTAMA la sinceridad brota como el agua del manantial que tanta falta les hace a los pobladores de este film pequeño, torturado y leal. El debut en el terreno del largometraje de Alejandro Loayza Grisi cumple con creces el cometido de volcar en la pantalla la resquebrajada, jadeante verosimilitud que exige la empresa por él acometida. Si, desde sus orígenes, una de las obligaciones que se complació en asumir el arte cinematográfico fue la de tratar que la mirada del espectador en la sala pudiere tener el privilegio de contemplar parajes geográficos ignotos (el nacimiento del documental es consecuente a esta vocación), el joven realizador hispanoamericano, en pleno siglo XXI, no duda en tomar el relevo de esa aptitud pionera para delimitar muestra fílmica de un recóndito paraje de su país: el altiplano boliviano, en concreto, al sur del Potosí, la región de Los Lipes. El raudal de destemplanza y nitidez que sabe sujetar desde la primera inclemencia de luz que es exhibida conquista ese caro designio primigenio.

Una errada valoración apriorística podría aseverar que nos hallamos frente a un film condicionado por la (presunta) modestia inherente a las condiciones de su producción. En Bolivia, pese al éxito y la calidad de las obras que está deparando una potente hornada de realizadores del pequeño país sudamericano, se antoja tarea ardua dar por finalizado un producto cinematográfico. Sin embargo, en modo alguno UTAMA resulta una obra amilanada debido a esa dificultad. Muy al contrario, lo que sorprende en UTAMA es su reposada culminación: la inflexible moralidad, la extremada concentración, la despojada radicalidad que la instaura. Pocos elementos convocados, mas todos ellos estrechados hasta el límite mismo de su pervivencia. Tres personajes, escasas localizaciones, un idioma prácticamente en extinción, y mucho sol, mucha sed, mucho desecamiento y un abrumado resuello de longeva terquedad existencial: la que camina y aguarda sobre las fatigadas espaldas de los dos protagonistas principales del film.

Virginio y Sisa viven han vivido siempre en esa vasta, casi desértica demarcación. Dentro de unas humildísimas condiciones de vida, allí permanecen resistiendo a duras penas la inmisericorde acritud de una larga sequía que los tiene mirando al cielo de modo casi penitente. La falta de agua les condiciona a peor su ya de por sí dura habitualidad. Virginio, anciano pastor de unas llamas a las que cada jornada cuesta más alimentar en condiciones, comienza a padecer unos achaques de salud que trata de ocultar a Sisa. El nieto mayor de ambos acude de súbito hasta su hogar para rogarles que lo abandonen para mudarse a casa de su padre. Ellos se niegan. La película indaga en las razones de esa terquedad, de esa entereza aún a riesgo de agonía. Sin estridencias, sin subrayados, obligando a la cámara a un trabajado, expectante, sereno silencio avizorador, estableciendo de paso, inscrito de modo soleadamente sepulcral, una tan frágil como indómita escrutación acerca de los estertores de ciertas formas de vida, de la inexorable claudicación que está finiquitando nuestro planeta.

Hablada casi en su totalidad en quechua, UTAMA va revelándose como una despojada, sobria elegía que saca partido a la extremada sensibilidad con la que Loayza Grisi sabe hacer confluir la rigurosa observación de los numerosos escollos ambientales que van cerniendo su impiedad sobre la menoscabada entereza de los dos ancianos junto con la incuestionable admiración que esa extenuante y calma obstinación procura. El título del film, en ese sentido, es toda una declaración de entereza secular y también un significado anticipo del combate que va a dirimirse dentro de él. “Utama” significa nuestra casa en aimara, lengua primera para, al menos, la tercera parte de la población de Bolivia. Esa casa solitaria, pequeña, humildísima, con el agua cada vez más lejos, convertida en bastión, en salvaguarda, en útero, quizás en nicho, adquiere la recóndita y vulnerada sujeción de un fuerte, de ahí que por momentos asome por sus cuidadísimas imágenes, tan atentas siempre a la hondura y a la incertidumbre del horizonte divisado al fondo de muchas de ellas, la raigambre de un western esencial, ajadamente indómito y sepulcral.

Lejos de una aproximación documental tanto al lugar como a la problemática que analiza (el film se sustenta en una historia de ficción), UTAMA constata que nos hallamos frente a un realizador que fundamenta su puesta en escena sobre un trabajo encuadrativo cauto y severo, de raíz clásica, muy preocupado porque las complejas características del paisaje dentro del cual van a sentirse acorralados los devenires de la pareja central inoculen en el plano la inflexibilidad de su aspereza.

La escasez de movimientos de cámara en mano, la fijeza de los planos, la incandescencia de la luz caldeándolos, la arenosa, yerma ferocidad de los suelos impuesta como horizontalidad nulamente descansada, van perfilando una incómoda, acechada de peligros y de ocaso, visión de las acciones escenificadas. La misma perseverancia que impele a los dos ancianos es aplicada a la inminencia de la fatalidad que parece empeñada en quebrarles su entereza. Lacónica, decente y despejada, UTAMA procura un combate entre disímiles concreto en la puntualidad con la que traslada al espectador al lugar en el que aquel tiene lugar; universal en la templanza con la que sabe callar una desesperación que debiere concernir a quien tiene el placer de contemplarla.

 

 

 

 

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