CON EL VIENTO, de Meritxel Collell Aparicio

8.5

Osada y plenamente certera. No podemos calificar de otra forma a este delicado e inaprehensible debut tras la cámara de la joven realizadora catalana Meritxell Colell Aparicio. CON EL VIENTO abunda, por un lado, en las reconocibles virtudes creativas que suelen acompañar a toda primera obra, llevando hasta cotas soberbias esa torrencial necesidad de no reprimir el impulso creativo primero, acaso obligado durante largo tiempo a permanecer en ese oneroso baúl de los proyectos no realizados. Por otro, clama a elogio la fiera capacidad de evitar, proscribir con mano firme apenas visible el delirio insignificante, el exceso de licencias ornamentativas y el detalle arrojado sin pertinencia.

CON EL VIENTO nos propone un dramático, convulso itinerario de retorno anegadamente medular y corpóreo:  el que debe de efectuar Mónica, una bailarina española afincada en Buenos Aires, que, de súbito, recibe telefónicamente la noticia de que su padre está a punto de morir.Con El Viento 1 Una vuelta que se intuye problemática se impone como prrecipitada. Una vez en el pequeño pueblo burgalés en el que se halla la casa familiar, Mónica deberá hacer frente al peso de muchas distancias, todas ellas clamándola en un fiero combate íntimo, asaeteado de incognitas, emplazamientos, lazos desmembrados y asaltos esenciales en lo más profundo de su cuerpo obligado a renacer en el espacio en el que se formó, del que escapó para modelarse en sus anhelos y al que no causa gratitud el imperativo de una vuelta forzosa.

Película acopiada de multitud de recovecos sensoriales, el peso de su asombrosa virtud lo depara la decisión por parte de la guionista y directora de no encauzar su relato dentro del canon dramático previsible a este tipo de encrucijadas familiares, sino de someterlo al peso de varias decisiones preliminares. Primero, la de adherirse con virulencia a la singularidad desde la que es presentado el personaje central, esto es, una brillante bailarina y coreógrafa de danza contemporánea, esgrimiendo esta facultad expresiva como un potentísimo elemento dramático mediante el que va a irse pormenorizando de forma sensible, visceral y legítima el proceso de readaptación íntima al que va a ser sometida en su estancia. Segundo, reivindicar una puesta en escena que, acorde con el punto de vista especialmente sensible, receptivo y zarandeado que infiere Mónica, preste palpable y adhesiva atención a las sensaciones experimentadas por ella en todo momento. Colell se vuelca por completo en pergeñar un modo de aprehensión del objeto encuadrado siempre intuitivo, pusilánime, definido por el estado de severa y vidriosa entereza callada con el que aquella deambula su presencia por los espacios reencontrados. Y tercero, el de priorizar la impagable naturalidad dramática y la inspirada prestancia documental con la que irrumpe, entrega y habita Concha Canal al extraordinario personaje de la madre.

CON EL VIENTO demuestra un asombroso conocimiento del hecho cinematográfico por parte de la autora. No estamos acostumbrados a ser espectadores de un ejercicio tan milimétricamente libre, tan habitable, tan fácil de oír, tan generoso de sensaciones, tan respetuoso y fértil de silencios cargados de acepción, tan intimado de despojamientos, tan brotado de oreados desconciertos. Las imágenes hablan por sí mismas, como clamando ser palpadas. Resoluciones como la de los encadenados visuales que resuelven el viaje desde Argentina, como las dedicadas a ser testigos de esa inatajable exigencia de reencontrarse con los espacios abandonados, mediante la necesidad de liberar a su cuerpo abandonándolo a los designios de la danza que surge como un resorte de refugio y confesión, como las colman a la pantalla de paisaje, luz y viento, revelan un tacto tan profundamente  sincero, como cinematográficamente alumbrador.

 

EVA, de Benoit Jaquot

Nota: 0

Pena, verdadera pena, la contemplación de un producto tan vejatoriamente errado como este remake de una de las obras más famosas de Joseph Losey, que, protagonizada por una inolvidable Jeanne Moreau, sabía estar a la altura de EVE, la novela escrita por James Hadley Chase.Eva Sin embargo, esta EVA en manos de un realizador tan mediocremente caligrafista como es el francés Benoit Jaquot queda degradada a la condición de capricho imperdonable, primero, por cuanto no es digno de su referente más inmediato; segundo, más importante, por cuanto permite que tengamos que asistir a la inusitada sorpresa de contemplar una patética prestación actoral de manos de alguien que nos tiene acostumbrados a una constante excelencia: la gran Isabelle Huppert  jamás debiere haber aceptado el encargo. Ni Jaquot es un director que pueda aportar nada a su soberbia trayectoria, más aún cuando aún está muy reciente el recuerdo de su magistral interpretación en ELLE, de Paul Verhoeven; ni el guión sabe estimular un tipo de relectura novedosa con respecto a lo visto en la película de 1962; ni, sobre todo, ella tiene la edad requerida por el seductor personaje femenino central. Frente a semejante cúmulo de tan esperables rémoras, lo único que cabe decir es que EVA es la pésima película que se empeña en ser.

El film arranca con, hemos de confesarlo, la única escena en la que Jaquot muestra un tino para la turbiedad ambiental que podría hacer pensar en su idoneidad como profesional situado al frente de tan complicado empeño. En ella, vemos como un joven escritor roba el manuscrito de un autor teatral que muere inesperadamente ante él. Un oportuno salto temporal nos permite contemplar que la obra ha sido todo un éxito de crítica y público. Al usurpador, claro está, el empresario teatral le exige una nueva creación. La aparición en la vida del joven dramaturgo de una extraña y atractiva prostituta, cree él, le conducirá hasta el hallazgo del argumento idóneo para su esperada nueva obra.  

El principal problema de EVA es que, justamente, cuando aparece el personaje femenino principal, que es el que debiere revertir más ponzoñosa y enigmática complejidad al devenir de los acontecimientos, la película se estrella víctima de una cicatería escénica sonrojante, rancia y con el presunto misterio convertido en triquiñuela ralentizada y predecible. El personaje masculino protagonista está descrito con torpeza y falta de interés, se estrella contra una sonora mustiez,  en ningún momento se estimula sobre el febril acorralamiento que demanda un personaje tan, en su planteamiento, sobrepasado por la naturaleza viciada de los acontecimientos   La Huppert, por su parte, jamás entra en el lastimosamente banalizado suyo. Ni puede, ni hace el más mínimo esfuerzo por dotarlo de tumultuosa credibilidad. Al error de casting se le une la insuficiencia de la prestación. Y, fundamentalmente, pronto se confirma que la simpleza acartonante (puro erotismo de tampón piedra, seducción cuñadista de mesa y tapete) propia del realizador galo no hace sino aliarse para que muy pronto se escupa al espectador la única sensación gestada con tenaz persistencia: la de disparate.

 

 

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