Dune 1

Título original: DUNE

Dirección: Denis Villeneuve

Guion: Eric Roth, Denis Villeneuve, Jon Spaihts.

Música:: Hans Zimmer

Fotografía: Greig Fraser

Reparto: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Zendaya, Stellan Skarsgård, Javier Bardem, Jason Momoa, Charlotte Rampling, Dave Bautista, Sharon Duncan-Brewster, Chang Chen, David Dastmalchian.

Sinopsis: Un futuro lejano, en el que las familias de nobles se disputan el dominio del árido planeta Arrakis, también conocido como Dune por su geografía compuesta por desiertos de dunas. Arrakis es el único lugar donde se encuentra 'la especia', la sustancia más codiciada y valiosa del universo que producen gigantescos gusanos de arena. Debido a su rareza, y a su arriesgada extracción, quien controla la producción de la especia, controla el destino no sólo del Imperio, sino de toda la humanidad. El Duque Leto Atreides aceptará la administración de este peligroso planeta y será enviado a Arrakis junto con Lady Jessica y su hijo Paul. Será entonces cuando la familia Atreides corra un gran riesgo por estar en el punto de mira de fuerzas malvadas como las de su enemigo el Barón Vladimir Harkonnen.

Nota: 8

Comentario Crítico:

Calibrada con espinosa terquedad  engendrativa, desplegada con resbaladiza, accesible nitidez, ejecutada con severidad de péndulo con latido incandescente, puntualizada con ese vértigo solemne del que únicamente son capaces los cineastas que hacen de la precisión una condición innegociable, DUNE viene a confirmar que no era ningún órdago temerario por parte de quienes admiramos a su paciente hacedor el apostar por la segura solvencia de un cometido tan acumulado de escollos, acicates y exposiciones como es el de adaptar un clásico de la ciencia ficción escrita del siglo XX, la saga homónima escrita por Frank Herbert.Dune 2

Denis Villeneuve, a lo largo de una trayectoria ahíta de logros, casi todos ellos bien disímiles entre sí, no ha dado una sola muestra de desfallecimiento en el pulso. Esta no podía darnos el disgusto de esa flaqueza. Y no la ha sido. El autor de ENEMY sale mucho más que airoso del presente envite, ajustando el lapidario aliento controlador y exhaustivo con el que embistió la versión de BLADE RUNNER que puso en evidencia el fraude de esa cumbre de la insipidez fotogénica, de la frivolidad ensimismada, de la trascendencia de celofán que es el famoso film de Ridley Scott, estrenado hace ya casi cuatro décadas.

Una obra de tan vasta enjundia de expectativas como esta cabría ser oteada desde numerosos puntos de vista: desde el que impone la trayectoria cada vez más centrada en el gran espectáculo audiovisual  de su director, desde el que posibilita el contraste con sus otras inmersiones en el terreno de la ciencia ficción, desde el que suscita su casi morbosa condición de remake cinematográfico, o, inherente a este último, ya comentado con anterioridad, desde el que alienta el hecho de ser una adaptación cinematográfica de un insigne hito literario dentro de su género.

Sin embargo, una vez vista, la primera defensa que cabe esgrimir es la de la umbrosa, aguerrida y sensata línea de protecciones que Villeneuve imputa en calidad de innegociable resistencia. DUNE edifica su inexpugnabilidad mediante la arrojada línea roja que define el cúmulo de tentaciones que sabe despreciar desde el inico. Cualquier espectador avezado en este tipo de magnitudes cinematográficas tarda bien poco en apercibirse de que aquí queda excluida por principios cualquier mínima vindicación a los titanes de la ciencia ficción comercial contemporánea. DUNE le dice no a las señas de identidad de la productora Marvel y a las de la factoría STAR WARS.Dune 3

Nos hallamos frente a una obra que reformula, atempera el género maquinando un aledaño creativo completamente heterogéneo. Dentro de él, Villeneuve da rienda suelta a su apabullante pericia narrativa, aferrándose a esa insobornable densidad relatora para acorralar con destreza y carácter la epatante novedad que persigue y asalta. Un diseño de producción en el que cada elemento (naves, vestuario, espacios arquitectónicos, horizontes, estancias de interior) presta maquinada turbiedad a esta sofocante historia de enconos rivales, premoniciones empantanadas, traiciones indescifrables y huidas con el horizonte convertido en espejismo arenoso, lejos de reclamar una preponderancia visual aparatosa, sabe ser sometido a la ley del más mínimo lucimiento sin sentido, del máximo fulgor del relato. Del puro relato.

Basta observar la sutileza dramática con la que está entrevisto todo el enjambre de trastiendas ocultas que acaecen en torno a la Casa de los Atreides. Vileneuve acomete la observación de cada uno de sus principales integrantes, el Duque Leto, su esposa, la dama Jessica, y el único hijo de ambos, Paul con una hondura en modo alguno pareja a la obligada superficialidad asimilable con la que otras sagas despachan la caracterización de sus personajes. El tránsito entre lo íntimo y la vastedad bélica o paisajística está efectuado con una sinuosa armonía enmarcadora.

La preponderancia que adquieren las visiones que maltraen e intranquilizan a Paul, el carácter de “ungido”, “llamado”, “elegido” que éste va asimilando con no poco temor e incertidumbre, el padecimiento que Jéssica acata secretamente al ser la principal aliada de esta encomienda un tanto sacrificadora del destino de su vástago, las dudas y el recelo que esta decisión materna anidan en el Duque, toda una maraña de reconcomios que convocan con respetuosa conveniencia el enfermizo hervidero de interdependencias y designios desazonadores propio de las tragedias shakespearianas.

En DUNE la inmensidad  sofoca la  grandilocuencia. Es monumental, pero no mastodóntica. Altiva, más pulcramente evitada de engreimiento.  El acerado ritmo dramático ensordece el estruendo.  Toda ella se mueve tal y como lo hace ese memorable hallazgo escénico que es la gigantesca criatura del desierto. DUNE es agazapada y ciclópea al mismo tiempo. La hipnosis irradiada gravita en torno a un fuego creador que sabe batirse en duelo, escena tras escena (a excepción de la mitad de un último tercio, que no sabe solucionar la condición de film incompleto desde la que se parte), contra cualquier atisbo de artificio prescindible. Acaso le pese un exceso de sensatez, pero bienvenida sea su indómita cordura aventurera, su cabal fortaleza expositiva, la rebelde fragilidad de su recóndita disciplina clásica.

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