Blade Runner 1

Título original: Blade Runner 2049

Año: 2017

Duración: 163 min.

País: Estados Unidos

Director: Denis Villeneuve

Guion:  Hampton Fancher, Michael Green (Historia: Hampton Fancher. Personajes: Philip K. Dick)

Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch

Fotografía: Roger Deakins

Reparto:  Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David Dastmalchian, Hiam Abbass, Edward James Olmos

Productora: Warner Bros. Pictures / Scott Free Productions / Thunderbird Films / Alcon Entertainment

Nota: 9

Seamos raudos en la explicitación de nuestro deleite: Villeneuve ha hecho una película mayúscula y, además, una película que le pertenece por entero, suya, sin deudas. Pese a lo que pudiere parecer, BLADE RUNNER 2049 posee una autonomía tan firmemente pergeñada, tan arduamente cabal, que la espolea hacia una afirmación tajante, compacta, de una coherencia intrínseca sólo al alcance de un cineasta que asumiere su oficio desde la más absoluta (y, sobre todo, fecunda)  profesionalidad. El autor de LA LLEGADA la tenía más que demostrada. BLADE RUNNER 2049 sólo viene a confirmar lo que, por desgracia, aún hay quien se niega a reconocer. Denis Vileneuve es un cineasta soberbio que maneja con radical astucia las leyes de un clasicismo narrativo, al que sabe tensar hasta límite más árido de sus consecuencias.

Ante el mito sólo cabe la rendición o el combate. Desde la magnífica escena de apertura queda claro que el canadiense, como era de esperar, ha elegido la segunda a la hora de enfrentarse a aquel. BLADE RUNNER, para quien esto escribe, en el sentido más frágil del concepto, es mucho más un mito que un film irrrebatible. La legendaria obra de Ridley Scott, sí, hay que reconocerlo, se alzó en su día como un referente audiovisual por la importancia dada, tras su estreno (hay que recordar que fue un fracaso en taquilla), a la presunta originalidad con la que el autor de ALIEN atacaba las reglas del género de la ciencia ficción y las alejaba de la vulgaridad aventurera en la que éste había quedado convertido tras el éxito del inicio de la saga de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS. Scott proponía una novedosa puesta en escena, y un guión, por un lado, lloviznado de un inusual existencialismo poético, y,  por otro, escorado (de modo muy precario) hacia el cine policíaco de los años ochenta. Lo dicho, BLADE RUNNER, por su condición de film de culto, ha ido adquiriendo una dimensión de obra incuestionable, pero, creemos, ya va siendo hora de advertir la total desproporción de esa permanencia en el Olimpo: el paso del tiempo se ha encargado de dejar en evidencia las múltiples carencias de un producto aparatosamente hueco, acribillado de caprichos desbaratadores, inflamado de impostada trascendencia pseudofilosófica y de puntual lirismo ralentizado.

Sabedor, por supuesto, de la enorme temeridad que supone situarse a los mandos de la secuela de un film (guste o no, sea o no merecido) tan venerado, el autor de SICARIO ha hecho acopio de una astuta decencia intencional al asumir varias cautelas preliminares: primera, la de exigir un planteamiento narrativo que no tuviere como objetivo la deuda constante con respecto a su referente; segunda, la de procurarse un material escrito que, asumiendo las onerosas deficiencias de BLADE RUNNER, tratare de cauterizarlas imponiendo una trama acatadora desde su germen del imperativo de una milimétrica autonomía; y tercera, aclimatar una puesta en escena en la que convergieren con prolífera ensambladura la influencia del universo gestado por Scott en 1982 junto a la concentrada dureza obsevacional inherente a su aquilatado estilo personal. Vista BLADE RUNNER 2049, cabe decir que Villeneuve sale inexpugnablemente airoso del empeño. Su criatura cuaja una armonía realizativa de la que carecía su precedente. De ahí su superioridad.

Nos hallamos frente a una obra que, ante todo, abruma por la extrema seriedad con la que ha sido concebida. Villeneuve no se amilana frente a la exigencia de una empresa que cabría de tildar de suicida. Pese a la enorme solvencia de su opción, el film no cesa jamás de reivindicar el esfuerzo del brete que supone ser capaz de proponer una alternativa válida a un producto tan mitificado. De ahí que de entre los múltiples aciertos que la colman de valentía y clarividencia, cobra especial importancia el de saber encontrar el punto exacto de la confluencia entre la suficiencia de las novedades aportadas y el peso del recuerdo de la obra anterior. BLADE RUNNER merodea BLADE RUNNER 2049 pero no la define, no la condiciona, no la acorrala, logrando que se germine una próvida simbiosis, desde la que esta última alimenta su generosa tozudez reivindicativa.

De ahí que no quepa sino calificar de consecuencia lógica la sabia, interesantísima y disímil elección de protagonista. Una escueta explicación escrita nos advertirá de que seguimos con la persecución de robots casi humanos. Sin embargo, en la secuencia de arranque el espectador va a ser sabedor de una variación fundamental: el perseguidor no es un humano, sino una que pertenece a una nueva especie de replicantes,   una generación posterior a los conocidos, a quienes que se ha dado orden de que dé caza a éstos. Con todo, el film no tarda nada en desmarcarse de la inercia capturativa que impelía a BLADE RUNNER. Al final de la portentosa secuencia inicial, el replicante incorporado por Ryan Gosling se dará de bruces con una inesperada revelación: la existencia de un ser que, por un lado, es codiciado por el mandatario de la todopoderosa empresa diseñadora de replicantes, por otro, es temido por las instancias policiales por cuanto la noticia de su aparición puede quebrantar el ominoso orden establecido, y, finalmente, situará al protagonista en el inicio de un trayecto en cuyo final se atisba la figura de Rick Deckard. Sin aspavientos, esgrimiendo una abrumadora templanza, BLADE RUNNER 2049, con matemática celeridad, con impávido arrojo, ha sido capaz de generar su propio mapa de acaecimientos, su propio universo de hallazgos, una ruta distanciante sobre la que emprender un nada complaciente itinerario.

Este viraje cualitativo en el cambio de “especie” protagonista define mayúsculamente al film, puesto que la fiereza con la que es asumida esta mutación significante es aprovechada al máximo por el material escrito que sirve de concienzudo soporte al producto. En torno a esta osado, validísimo cambio de entidad protagónica irán alumbrándose las opíparas aportaciones que proclamarán la honesta pertinencia desde la que BLADE RUNNER ha sido concebida. El tono obcecadamente gélido, absorto, meditabundo, errante, desconsolado que Villeneuve  impone ambiental y relatoramente corre parejo a la personalidad del personaje escogido para hacerse cargo de liderarla: el oficial K no es Deckard, es un artefacto casi humano, solitario, consciente de su naturaleza artificial, al que el peso de unos recuerdos inyectados le va a hacer cuestionarse los límites de su abismada existencia mecánica. El film definirá, por lo tanto, dos inercias narrativas. Una, externa, la que define la misión encomendada a K. La otra, de índole tensísimamente íntima, la que irá perfilando el camino personal de los entrañados convencimientos del protagonista; desde la irrupción de un abrumador presentimiento hasta el zarpazo de la verdad que es la propia toma de conciencia, el momento en el que viene a confirmar que no hay sueño más real que el que deja de serlo.

En este sentido, y como aportación ferazmente jugosa, definitoria y  desconsoladamente emotiva, sólo cabe catalogar como exquisita la aparición de Joi, su pareja holográfica, ya que dispone una suculenta vindicación de esa maravilla fílmica llamada HER, de Spike Jonze. BLADE RUNNER 2049 nos describe un universo muy crítico con la especie humana, crudamente negativo en cuanto a la calidad de vida descrita, y, sobre todo, herido medularmente de asepsia afectiva, por cuanto toda mostración de sentimientos, o bien, está vetada (Deckard y la fuga a la que se vio obligado; la advertencia de la doctora Stelline de que los recuerdos generados no pueden ser verdaderos), o bien está sujeta a sofisticación cibernética imposibilitada para el cumplimiento total de los reclamos experimentados: el roce entre amantes sólo será posible haciendo mediar la colaboración de un cuerpo ajeno. BLADE RUNNER 2049 propone un ahondamiento muy exigente en lo que se refiere a la incapacitación de los organismos, revelando un discurso mucho más dolorido y físico con respecto a la obra de 1982: a la prodigiosa secuencia del acercamiento sexual entre K y Joi, cabe añadir la impresionante en la que se describe la decepción del Wallace ante el fracaso que supone para él no saber crear replicantes femeninas que posibiliten la facultad de engendrar. Lo que en BLADE RUNNER quedaba supeditado a la lírica de un pensamiento verbalizado, Villeneuve sabe dosificarlo, aprehenderlo, expresarlo de modo esencialmente cinematográfico: la minuciosa perseverancia, el sombrío estoicismo con el que apura todos y cada uno de los espacios elegidos (externos y, sobre todo, de interior) avalan con nitidez esta aseveración

Y es que, en el fondo, más allá de las múltiples lecturas comparativas que van a esgrimirse, más allá del análisis de los logros y carencias que cada uno pudiere analizar, de lo que no cabe ninguna duda es de que BLADE RUNNER 2049 es, fundamentalmente, una descomunal lección de elegancia escénica. Villeneuve extrae lo mejor de sí mismo para descerrajar un arriesgado dispositivo narrativo que tiene el valor de privilegiar el acercamiento a cada una de las situaciones, a cada una de las intencionalidades, antes que supeditarse a la suma de las acciones concatenadas. No debe extrañar, por tanto, que las secuencias de acción están inscritas en calidad de sarpullidos consecuentes a un designio previamente meditado. El film es un auténtico derroche de control observativo y de paciencia emocional; un sosegado hervidero de densidad icónica, de incomodidad reflexiva, de aviesos hallazgos expresivos,  y de oscura fluidez relatora. Nada hay fácil en él, porque está concebido desde la más ardua y, por tanto, honesta de las exigencias: el respeto por el precedente y la rectitud de procurar justificación al nuevo viaje. A lo mejor, BLADE RUNNER 2049 es el mejor de los sueños eléctricos posibles que soñó ser BLADE RUNNER.

 

 

 

 

 

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