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Ovación para el notable documental del chileno Patricio Guzmán

KNIGHT OF CUPS, de Terrence Malick

Nota: 3

Malick sigue encantado con ser el poseedor de la llave de su laberinto. Nada nuevo en el camino o en lo que queda de él. La inercia prorrumpida en EL ÁRBOL DE LA VIDA parecía haber sido obligada al nivel máximo de incomunicación con lTO THE WONDER. KNIGHT F CUPS parece concebida para dejar claro que no existe, por parte del autor de MALAS TIERRAS, voluntad alguna de virar hacia otro sitio que no sea el de esa obcecación en la quiebra absoluta del relato. Su última obra es un persistente paseo por el estallido del más mínimo atisbo de narrativa clásica.

Desde luego, no vamos aquí a desdeñar la intención de este mayúsculo cineasta por postular esa negación como cauce mediante el cual (des)vertebrar un lenguaje propio. Ni muchísimo menos. Sin embargo, sí debe ser permitido expresar que hasta la militancia en la más cruenta subjetividad puede dar muestras de agotamiento: KNIGHT OF CUPS es la prueba irrefutable de que Malick se ha acomodado en el fervor de la opípara militancia de su propia vacuidad.

Como en TO THE WONDER, la excusa argumental apenas tiene consistencia. Es lógico. Para un ejercicio estructurado en torno al caos, la crisis y la vacilación, el planteamiento de un argumento de partida sería empezar con el pie equivocado. Volvemos, por tanto, al arte cinematográfico concebido como un acto reflejo, como borbotones de intuición, como libérrimo bullicio de trazos. La cámara, en manos de Malick, es una brocha impaciente, febril y empeñada en bregarse con la lógica. No debe extrañarnos, pues, que las criaturas que convoca este alboroto de pretendidas sensorialidades desdeñe, desde el principio, la mediación del protagonista clásico.

El personaje, como la narración, ya no es una concreción, sino un fluido de requiebros. En esta ocasión, nos hallamos frente a un profesional del cine que va a ir revelando el  enmarañado universo existencial que, como no, lo mantiene en un hirsuto estancamiento de confusiones e inestabilidades. Su vida afectiva pasada y presente, entrelazadas bajo la impronta del caudaloso desconcierto incesante. Malick, para ello, para situarse a la altura de ese traumático revuelo, recurre a la consabida polifonía de voces desenmascaradoras de los pensamientos íntimos, al incuestionable talento para regalar a cada plano una inesperada fractura lirica, una imagen nueva que expande, obstaculiza y regenera las expectativas de la anterior, en definitiva, al emplazamiento de la ley de la fuga continua como único mandato que acatar.malick

El problema de KNIGHT OF CUPS es que, a fuerza de persistir en esa desapacible evasión infinita, Malick se muestra incapaz de reconocer que su estilo se ha convertido en intransferible manual de urgencia, iterado hasta la extenuación. Al creador de LA DELGADA LÍNEA ROJA le conocemos el truco, le sabemos la aplaudida función. Se ha quedado convertido en un mago sin magia.  La película no es la reiteración de un estilo personal: es la clonación de los mismos planos que ya hemos visto en el segmento central de EL ÁRBOL DE LA VIDA y, fundamentalmente, en TO THE WONDER.

KNIGHT OF CUPS decepciona porque muy pronto se constata la nula capacidad de regeneración. El cineasta  no tiene ningún pudor en proclamarse calco impecable de lo ya concretado. Mismos encuadres, mismos movimientos, mismos lugares,  y, lo peor de todo, mismos desvaríos espirituales. Más aún, el film no deja de autoreiterarse sonrojantemente en su empeño de contraponer la angustia del hombre contemporáneo a la frialdad de las construcciones arquitectónicas: causa hartazgo los continuos devaneos por las casas, las piscinas y las playas vacías. No hay peor mal en un poema que el que sus versos estén dichos. La suya queda degradada  en lírica pirata. Duele ver convertido a Malick en un Godard pijo.

EL BOTÓN DE NÁCAR, de Patricio Guzmán

Nota: 7.5

BOTONSobre el agua y los líquidos misterios que acumulan su vasta inmensidad nos habla uno de los auténticos maestros y teóricos que mantienen en activo el género documental. El chileno Patricio Guzmán traza un personalísimo recorrido sociológico-histórico, imponiendo como eje central la importancia que, en su país, posee la presencia del hábitat marino. Claro está, EL BOTÓN DE NÁCAR en modo alguno se postula como un documental naturalista, de interés científico, dedicado a calibrar etnográficamente la preponderancia del agua en un Chile que, entre otras características, posee más de 2.600 kilómetros de costa y el archipiélago más grande del mundo. Resulta muy fácil predecir que el interés de el autor de LA BATALLA DE CHILE es muy otro.

Tras un arranque en el que se define esta particularidad geográfica, el film, poco a poco, va a ir revelando su interés. Y así, desde un tratamiento que transcurre desde lo paleontológico (el trozo de cuarzo que es analizado en el primer plano) hasta lo astronómico (los impresionantes telescopios que han descubierto agua en recónditos espacios estelares), el hilo de concatenaciones significativas que establece Guzmán se da de bruces con el peso luctuoso de la historia que la infamia del hombre ha lanzado al mar.  El océano, como aliado inocente de genocidios cometidos en el nombre del interés todopoderoso; el agua, como cementerio y como patria arrebatada a quienes la poblaron hace siglo. En definitiva, el consabido relatos de vilezas y oprobios que han ocupado con demasiada persistencia el relato de la historia del hombre sobre la faz de la Tierra.

En ese sentido, la firmeza narrativa y la cruda elegancia expositiva de las que hacen gala los dos últimos tercios convierten a el EL BOTÓN DE NÁCAR en un muy interesante documental. boton1Percibimos en ellos a un Patricio Guzmán dominador absoluto del tempo y la dosificación de  los datos. Tanto el apartado dedicado a la denuncia de las tropelías cometidas contra los indígenas que poblaban las costas chilenas hace siglos, como el que nos relata la forma en la que más de 1.200 cadáveres de prisioneros políticos fueron lanzados al agua con un trozo de raíl de hiero atado a su cuerpo (impresionante la carga simbólico-denunciativa que logra con el plano del hierro lleno de impurezas marinas) se revelan como un material de una pertinencia documental absoluta.

A EL BOTÓN DE NÁCAR le mengua la magnitud de su pegada un arranque acaso desorientador en exceso, un acabado formal nada innovador, aunque eficacísimo siempre, y el desnivel evidente a los distintos personajes entrevistados. La fuerza de los testimonios y los rostros de los indígenas vivos (impagable el momento de la mujer que confiesa que la palabra dios no existía en su lengua porque no tenían), obviamente, ensombrecen las excesivamente aclaratorias aportaciones de los poetas e historiadores convocados, excepción hecha del que ayuda en la excelente y brutal recreación del encapuchamiento de cadáveres antes de ser subidos al helicóptero). Con todo, la película supone una estimulante muestra de necesario documental político.

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MR. HOLMES, de Bill Condon

Nota: 5.5

Poco hacía presagiar en un debut tan prometedor como el de DIOSES Y MONSTRUOS que su director, el estadounidense Bill Condon tuviera una deriva tan poco estimulante que lo ha llevado hasta a ser el perpretador de las dos últimas entregas de la saga de Harry Potter y de productos tan prescindibles e impersonales como EL QUINTO PODER. La elegancia y la capacidad para la turbiedad expositiva dirimida en la primera ha ido decayendo, poco a poco, hasta quedar convertida en mero profesionalismo todoterreno al servicio de la industrial causa.  Lo mejor que se puede decir de un producto como MR. HOLMES es que, aunque en modo alguno alcance los bríos de su primer largometraje, sí cabe constatar un modesto viraje hacia el gusto por un producto artesano, modesto, diametralmente alejado de la fanfarria de la mentada franquicia.

La película, como ya apercibe el título, plantea el reencuentro con una de las figuras más carismáticas de la literatura y la cinematografía: ese hito del género detectivesco o policíaco que es Sherlock Holmes, la genial criatura salida de la pluma de sir Arthur Conan Doyle sin la que la deducción razonada de hechos homicidas no sería lo mismo. Sin embargo, y ésta es la razón de ser del producto, MR. HOLMES no aborda ningún relato basado en los escritos del autor inglés, sino que viene a ser una libre adaptación de una novela de Mitch Cullins (A SLIGHT TRICK OF THE MIND), en la que, muy atractivamente, se desarrolla una interesantísima idea: el reencuentro con un anciano Holmes, bien alejado del mito que todos conocemos.

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MR. HOLMES nos presenta a un hombre anciano que acaba de regresar a su país tras una estancia en Japón. Contra lo que pudiera intuirse, el famoso detective no vuelve a Londrés, sino a Sussex, en donde vive en una casa de campo dedicado a la apicultura, con la sola compañía de la propietaria de la casa y su pequeño hijo, a quien Holmes trata de iniciar en la pasión por el cuidado de las abejas. El meollo narrativo del film lo centran los esfuerzos de Holmes por tratar de escribir el relato de uno de los últimos casos que tuvo como detective: el peso del recuerdo de la mujer que centraba esas pesquisas y, sobre todo, los problemas de memoria que acucian al viejo hombre.

Lastimosamente, la magnífica idea, en manos tan pulcramente aplicadas como las de Condon –hubiera hecho falta el aliento enfermizo, arriesgado y sombrío con el que estaba perfilada DIOSES Y MONSTRUOS- evitan una reflexión mucho más honda, tenebrosa y lúcida sobre el peso del mito y la vejez del héroe. El creador de DREAMGIRLS resuelve con cuidado academicismo un relato –y un personaje principal- que hubieren exigido un acercamiento a la decrepitud del mito mucho más afilado, exigente y siniestro. MR. HOLMES no lo ofrece y se consuela con no superar jamás la consabida ceremonia de proponerse como escueta dignidad al servicio de una eminencia interpretativa. Huelga decir que Ian Mckellen está sencillamente perfecto.  Su mirada propone una aviesa negrura que no posee la cámara que lo encuadra a él.

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