Chica Y Araa 1

Título original: Das Mädchen und die Spinne

Año: 2021

Dirección: Ramon Zürcher, Silvan Zürcher

Guion: Ramon Zürcher, Silvan Zürcher

Música: Philipp Moll

Fotografía: Alexander Haßkerl

Reparto: Liliane Amuat, Yuna Andres, Henriette Confurius, Lea Draeger, Ivan Georgiev, Ella Gfeller, Flurin Giger, Dorian Heiniger, Andre Hennicke, Ursina Lardi, Dagna Litzenberger-Vinet, Birte Schnoeink, Philippe Schuler, Sabine Timoteo

Nota: 8.3

Comentario Crítico:

EL 2021 nos ha deparado la gozosísima confirmación de varios creadores cinematográficos que habían llamado con anterioridad la atención de la mano de esa clase de debuts, mucho más que prometedores, que rápidamente permiten apostar por el advenimiento de un universo creativo propio, dotado desde su mismo inicio de una sólida, desmarcativa singularidad, llamada a no quedar convertida en flor de pocos días contados. Nos estamos refiriendo al georgiano Alexandre Koberidze (LET THE SUMMER NEVER COME AGAIN) y a los hermanos suizos Ramon y Silvan Zürcher (THE STRANGE LITTLE CAT).

Lo curioso del caso es que, pese a que las películas de uno y otros son diametralmente opuestas en modos, intenciones y protocolos desarrolladores del empeño, llama poderosísimamente la atención que en las dos obras que han estrenado este año (ambas lo hicieron, además, aunque en secciones distintas, dentro de la espléndida última edición de la Berlinale) destaca una meticulosa obsesión por un mismo elemento de puesta en escena: el mimo por el encuadre de los objetos que aparecen visualizados.

Tanto en ¿QUÉ VEMOS CUANDO MIRAMOS AL CIELO?, el prodigioso film de Koberidze, como en LA CHICA Y LA ARAÑA, el segundo largometraje de los hermanos suizos, el espectador es emplazado a un absorbente y cuidadoso escrutinio efectuado sobre los objetos que rodean, tocan, ven y puntualizan a los personajes que los emplazan con su mirada.

La diferencia entre ambos la define precisamente las características de esa mirada y la retórica que cada realizador impone para configurarla. El lirismo ensoñador y hechizado que posibilita Koberidze poco o nada tiene que ver con la tensión acuciosa y ausentante que emplazan los Zürcher.Chica Y Araa 2

Y, centrándonos ya específicamente en el film de los realizadores helvéticos, sí, hablamos de una tirantez y de una ausencia, porque el núcleo argumental que espolea el devenir de los acontecimientos narrados, centrando la casi totalidad del metraje, es una mudanza un tanto aviesa. Una mudanza en la que hay una persona que ha decidido dejar un piso y otra que tiene que apechugar con esa decisión.

Son dos amigas, Lisa y Mara. La primera es la que ha decidido establecerse en otro domicilio. Mara es la que le ayuda en el traslado y va a quedarse sola. La película desarrollará tantos hilos narrativos como personajes participan en ese cambio de vivienda en Berlín, centrándose con un recelo especial en el duelo de observaciones mutuas que van a infligirse las dos compañeras.

Esta recíproca vigilancia en apariencia amable y resuelta define la camaradería tonal que persigue el ladino posicionamiento de una cámara siempre sometida a un imperativo espacial tan determinante como provocador de la particularidad del film: los acontecimientos encuadrados tendrán lugar, todos, en el interior de las dos viviendas: primero, en la que principia la mudanza; después, a la que van a parar los enseres embalados en aquella. Esta decisión (la total preeminencia de espacios cerrados, habitacionales y vacíos) podría acarrear el riesgo de una teatralidad provocada por esa cerrazón, por ese privilegiar un espacio bien definido por cuatro paredes.

El mérito mayor de LA CHICA Y LA ARAÑA es comprobar que este aprieto queda proscrito por la pormenorizada inteligencia escénica que los realizadores esgrimen en todo momento sin que el conspicuo deleite, el misterioso reconcomio, la agazapada intencionalidad última que disimulan todo el rato cada uno de los personajes vea desligada la armoniosa fluidez con la que están convertidos en misterio de toma y daca, en improvisación a la desesperada.

Cada plano significará una tentativa. Cada objeto, un deseo cabizbajo o una exclamación ahogada a fuerza de lengua mordida entre dientes. Cada hueco vacío reportará una significación convertida en aleteo sobrevenido. Cada espacio repentinamente vacío, un cúmulo de presencias que acaban de irse pero que se muestran esquivas a abandonar el peso fantasma de la apariencia en la que han estado. Esquiva, ligera, angulosa, entreabierta, ratoncita y ordenadamente caótica, LA CHICA Y LA ARAÑA teje a cortante contraluz una picuda reflexión sobre las cosas que nos habitan y sobre las habitaciones sin muebles que somos. Moscas capturadas, luego existimos.

 

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